Además de escribir relatos notables como Otra vuelta de tuerca o Retrato de una dama, Henry James fue un lúcido ensayista literario. En uno de sus textos señala que aquello que diferencia a las grandes novelas de las del montón es que estas últimas privilegian la trama por sobre los personajes. Por el contrario, toda obra maestra se estructura en torno a un carácter profundo que genera un argumento memorable. Sus obras, por tanto, suelen estar protagonizadas por personajes complejos cuyas aristas se demoran en aparecer, pero que hacen inmortales sus novelas. Piénsese, para ilustrar el punto, en aquellos best sellers que en el cine o en la literatura se siguen uno a otro sin perdurar más que una pequeña temporada: tramas complicadas que mediante secretos, conspiraciones, crímenes o traiciones no dan respiro, pero cuyos personajes son poco más que excusas para llevar la acción de un lugar a otro, desde su principio a su final.

La idea de James puede ilustrar algunos rasgos de nuestra sociedad. Al prevalecer el sentido de la trama por sobre todo lo demás, perdemos de vista el cultivo de ciertos rasgos de la personalidad. La vida demasiado acelerada impide detenerse en el sentido más profundo de las experiencias que conforman un relato vital, y parece perderse algo esencial en esa alta velocidad. Si en el campo de la novela podríamos resumir la tesis jamesiana diciendo que, a mayor complejidad de los personajes, mayor será la calidad de la obra, podemos preguntarnos qué precio estamos pagando por una vida que se pasa demasiado rápido.

Se trata, a fin de cuentas, de demandar mayores espacios de contemplación y de gozo, incluso de cierto hedonismo con cosas valiosas y deleitables.

He recordado esta célebre tesis del novelista inglés al leer el reportaje acerca de los “ladrones de tiempo”, con motivo del documental de la alemana Cosima Dannoritzer estrenado por estos días en Barcelona. La directora intenta mostrar cómo, a pesar de las diversas tecnologías, servicios y plataformas que aspiran a volver más sencilla nuestra vida diaria, cada vez tenemos menos tiempo libre. Este diagnóstico, sin embargo, no es del todo novedoso: menos tiempo fuera del trabajo, aumento del burn out laboral y una vida sin espacios para el ocio. Suponer que la prosperidad que traería la tecnología y el desarrollo redundaría en más ratos libres parece ser una quimera que se aleja cada día. Sin embargo, ¿no es este un diagnóstico demasiado fatalista? ¿No tenemos acaso cientos de distracciones en nuestro día a día que nos permiten alejarnos de ese enorme ajetreo? ¿Las redes sociales o los espectáculos no hacen de nuestra vida algo más sustentable, donde el hombre es más que un engranaje del mundo del trabajo y del consumo?

Aquí se hace necesaria una distinción fundamental: las distracciones son algo muy distinto al ocio. De hecho, la mayor parte de las veces nos alejan de nuestras obligaciones cotidianas y nos entretienen un momento; pero no contribuyen a ponernos en una disposición distinta, donde importa disfrutar en sí mismo aquello que se hace. No se trata de abogar por una desintoxicación tecnológica, sino más bien de apuntar a algo diferente. Se trata, a fin de cuentas, de demandar mayores espacios de contemplación y de gozo, incluso de cierto hedonismo con cosas valiosas y deleitables. Las experiencias, de ese modo, se buscan por sí mismas, y no por su función o por el beneficio que nos pueda traer a posteriori. Dicho de otra manera, de buscar la lectura, el deporte o una buena conversación no para adquirir conocimientos o para estar en forma, sino por puro placer de hacer algo que valga la pena.

* Joaquín Castillo es Subdirector del IES
@jcastillovial