En el Cementerio de Playa Ancha de Valparaíso se constituyó este jueves el ministro de la Corte de Apelaciones Jaime Arancibia, un equipo especial del Servicio Médico Legal; una delegación del Programa de Derechos Humanos del Ministerio de Justicia, encabezada por el procurador Felipe Alemparte, y otra de la Oficina de Derechos Humanos de la Corporación de Asistencia Judicial de Valparaíso, dirigida por el abogado Pedro Contreras. El propósito: abrir el nicho en que se encontraban sepultados Guillermo Pineda Garrido -quien fue mayordomo y chofer del almirante y excomandante en jefe de la Armada, José Toribio Merino- y su esposa Gladys Sotomayor Núñez.

La diligencia, una de las más inusuales patrocinadas por los organismos de Derechos Humanos del Estado, se realizó en presencia de la hija mayor del matrimonio, Marianela Pineda, y de Haydée Oberreuter, exprisionera política que fue víctima de torturas precisamente en uno de los cuarteles de la Armada, a quien recurrió la querellante hace algunos años para plantearle las dudas que tenía sobre la muerte de sus padres.

The Clinic confirmó que entre las personas que han prestado declaración en la causa y que han cuestionado la versión de la muerte accidental se encuentra una de las hijas del propio almirante, Carolina Merino. Su testimonio, no obstante, es por ahora secreto del sumario.

El ministro Arancibia, si bien advirtió que la investigación del caso es reservada, confirmó que la diligencia busca establecer si los restos que permanecían en ese lugar corresponden al matrimonio y determinar si la causa de muerte fue accidental o si hubo participación de terceros.

Marianela Pineda recuerda que su padre ejercía como mayordomo de Merino desde los años 60. No solo era su chofer y encargado de realizar todos los trámites personales del comandante en jefe de la Armada. También pasaba largas horas conversando con él y se encontraba en muchas de las reuniones que éste sostenía, con esa actitud de presencia invisible que se esperaba de los sirvientes, especialmente en una institución tan jerarquizada y estratificada como la Armada.

“Mi padre sabía mucho”, recuerda hoy. “Supo que venía el Golpe con unos tres días de anticipación y sabía también, por ejemplo, que (el general Augusto) Pinochet se sumó a última hora a la conspiración para derrocar a Allende”.

Pineda estaba al tanto de que uno de los principales gestores del golpe era el propio Merino, pero a él eso no le parecía reprochable, pues compartía las ideas políticas de su jefe. Su hija recuerda que tanta era la confianza que Merino le tenía a su padre, que éste cargaba a toda hora un maletín que llevaba atado a su muñeca con esposas.
“Mi papá era su brazo derecho, hombre de confianza. Su trabajo era preocuparse solo de él. Le veía la ropa. Él también era banquetero y preparaba banquetes para sus visitas. Hablaba idiomas, era muy culto, buen lector, conocía de música clásica. Ambos Compartían largas charlas. Yo creo que era como el hijo que no tuvo, porque él solo tuvo hijas”.

“Después del Golpe, mi papá llegaba a la casa escoltado por dos jeep y él en un vehículo al medio, con su maletín James Bond amarado a la mano. Quizás qué maldades llevaría ahí. El día que murió iba con el maletín, yo lo vi. Esa mañana del primero de enero de 1974, a las 7:20, salió con mi mamá a ver a una familia amiga a Placeres, por el Año Nuevo, porque después tenía que volver a Santiago. Mi mamá me dijo: ‘Marianela hace una carbonada porque vamos a estar de vuelta a las 12’. Los diarios dicen que iba borracho, pero yo que los vi le aseguro que no es así”.
Cuarenta y cinco minutos más tarde el papá de una amiga suya llegó tocando la puerta con culatazos y le dijo que mis padres habían tenido un accidente y estaban muertos.

“El almirante Merino se preocupó de todo. Lo hizo pasar por muerte en acto de servicio y le rindieron honores. Cercaron casi toda la ciudad. Había guardias con metralletas por todo Pedro Montt. A la misa llegó gente que yo ni conocía y no me dejaron acercarme a los ataúdes, que estaban sellados y con una bandera encima. Nadie de mi familia pudo ver los cuerpos”, recuerda.

Marianela, de 17 años, y sus tres hermanos menores quedaron huérfanos y cada cual enfrentó sus propios calvarios. En el caso de Marianela, y a pesar de que reconoce que Merino siempre se preocupó de ellos, vivió una vida de marginación y drogas que solo superó con el paso de los años. “Yo sé que Merino es un genocida, pero fue bueno con nosotros. La señora nos iba a ver para Navidad, nos llevaba regalos. Nos protegió, porque él también sabía que le habían matado a su mayordomo”, afirma.

Con los años, Marianela, llegó a la convicción de que sus padres pudieron ser asesinados, porque cuando vio las imágenes de televisión que mostraban el accidente, aparecía el vehículo desbarrancado y a un costado los cuerpos de sus padres, casi tocándose las manos, sin muestras de sangre ni evidencias de haber estado en el accidente. “Parecía como si los hubieran puesto allí”, dice. Además, el Fiat 125 blindado que usaba su padre (y que era de aquellos que había usado la guardia de Allende) fue “desvalijado” por órdenes desconocidas y no fue investigado como ocurre comúnmente en los accidentes de tránsito.

La querella que presentó Marianela Pineda en 2015 afirma además que no existió en ese momento ninguna investigación que diera cuenta de lo que había pasado ese día, que señalara el lugar y momento exacto del fallecimiento, o la realización de pruebas periciales que descartaran la intervención de terceros. En el proceso, según antecedentes obtenidos por este medio, el ministro Arancibia recibió sólo un certificado de defunción -el de Guillermo Pineda-, pero el de su esposa se encuentra extraviado.

La ayuda de una exprisionera

Haydée Oberreuter, destacada activista defensora de los derechos humanos y de las organizaciones de exprisioneros políticos y sobrevivientes de la tortura, era, antes del golpe, una joven porteña más que, a pesar de su militancia en movimientos de izquierda, mantenía una amistad muy cercana con una de las hijas del almirante Merino, Carolina Merino. “En aquel tiempo, esas amistades eran corrientes”, relata.

Por eso conocía a Guillermo Pineda y varias veces le tocó viajar con él, acompañando a su amiga. “Él no era un borracho. Bebía en ocasiones sociales, como cualquier chileno medio, pero era un conductor extremadamente prudente y riguroso. Se pasaba de la raya, diría yo. Manejaba tan lento y con tanto cuidado, que llegaba a ser irritante”.

Cuando Marianela la contactó hace algunos años para expresarle sus dudas sobre la forma en que habían fallecido, “me pareció que sus sospechas eran razonables, comenzando porque no me imagino a un hombre que conducía de esa manera desbarrancándose con luz de día y en un sector que conocía perfectamente bien. Yo me puse a investigar las informaciones de prensa de la época y constaté que ella estaba en lo cierto respecto de otro punto: la inmediatez del funeral, que se hizo en forma express, al día siguiente de las muertes. También me di cuenta de que lo que ella recordaba de niña, como que se le hubiera hecho un gran funeral, era aún más fastuoso. Pineda tuvo funeral de héroe, al que asistió toda la alta oficialidad, al que llegaron ministros de la Armada que formaban parte del régimen y que estaban en Santiago. No son consideraciones que la Armada haya tenido jamás con un mayordomo. Eso me hizo pensar el funeral y la ostentación estaban dirigidos a otro público”.

-¿Cuál es tu hipótesis? ¿Por qué alguien habría querido asesinar al mayordomo de uno de los gestores del Golpe en esos primeros meses?

-Ya existe más de una investigación académica que revela las tremendas tensiones que existían entre las diferentes ramas de las Fuerza sArmadas. Una vez concretada la conformación de la Junta, entraron en una disputa feroz respecto de cuál iba a ser la rama preminente. En vista del grado de compromiso que le cabía a Merino, por organizar la conspiración para el Golpe, era lógico que la Armada sintiera que tenía el papel principal asegurado. Entran, sin embargo, a poco andar a competir Pinochet, diciendo que el Ejército era la rama más antigua, y la Aviación, que también tenía una opinión de cómo repartirse el poder. Yo he llegado a la convicción y es la razón por la que apoyé en esta denuncia, que la muerte de sus padres merece al menos ser aclarada en tribunales. No tengo una teoría sobre el presunto autor, pero sí creo que dado el contexto histórico, la muerte de Pineda y su esposa es una expresión más de la lucha de poder al interior de Junta Militar”.

Es decir, alguien habría asesinado a Pineda para enviarle un mensaje a Merino.

Los cuerpos fueron sepultados originalmente en el panteón en la Armada, pero una hermana de Gladys Sotomayor los trasladó luego al nicho común 447 en el Cementerio de Playa Ancha. “Es otro misterio averiguar por qué lo hizo, si en el Mausoleo de la Armada las sepulturas estaban protegidas y libres de pago. Es algo que tendrá que investigar el juez”.

Marianela reconoce que cuando supo que se iban a exhumar los cuerpos, pensó que tal vez las urnas estarían vacías. “No dormía en las noches, soñaba con eso”, cuenta.

Tras la exhumación, una perita del SML se le acercó para preguntarle si quería las placas con la inscripción de los nombres de sus padres, que se desprendieron de los féretros carcomidos por el tiempo. Marianela entonces lloró las lágrimas que se había estado guardando. “Sentí angustia, porque fue revivir el dolor de antaño. Pedí después que me permitieron ver los cuerpos y vi sus cráneos y sus huesitos hechos polvo. Me dio algo de tranquilidad ver que ahí estaban. Ahora me llevo las plaquitas, a esperar el resultado: saber cómo los mataron y por qué”.

♛ The Clinic: La exhumación del mayordomo de Merino – The Clinic Online

Según la versión oficial, Guillermo Pineda y su esposa Gladys Sotomayor murieron en un accidente automovilístico el 1 de enero de 1974. Más de cuarenta años después, la justicia ordena periciar sus restos para determinar si el matrimonio fue asesinado, en medio de las feroces y silentes disputas entre las cuatro ramas de las Fuerzas Armadas que tomaron el poder en 1973.