@Benjailustrador

Las amistades son un bien, una suerte, y eso es todo lo que puedo decir de aquella que me une a la filósofa española Adela Cortina. Ella ha estado varias veces en Chile, una de ellas en 2004, cuando dio una conferencia en el Patio de las Camelias de La Moneda, como parte de las Conferencias Presidenciales de Humanidades, el mismo programa en que estuvieron José Saramago, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, Claudio Magris, Fernando Savater, Gianni Vattimo, Alain Tourraine y Manuel Castels. En otra oportunidad, de 2016, conversamos ante el público de Puerto de Ideas en Valparaíso. Ahora me llega un video en el que ella explica el fenómeno de la “aporofobia”. El fuerte de Adela es la ética, ese viejo capítulo de la filosofía que sobrevive más robusto que nunca, y no porque nos estemos comportando mejor que antes, sino porque gracias a autores como ella, entre otros, se sigue pensando, escribiendo y debatiendo sobre asuntos éticos, es decir, sobre problemas en los que se trata de esclarecer qué es el bien y lo que debíamos hacer para realizarlo. Sus textos sobre ética política y sobre ética empresarial son imperdibles, aunque algún lector podría sonreír con alguna ironía ante(s) esas expresiones. Ética política, ética empresarial, ¿qué es eso?, cabe preguntar con algún escepticismo, aunque no tanto como para negar que una y otra existan realmente. Tanto existen que cada vez que se pasa por encima de ellas saltan los ciudadanos y saltan también los medios de comunicación

“Aporos” quiere decir pobre, sin recursos, y “fobia” es animadversión, rechazo, de manera que “aporofobia” significa rechazo al que es pobre, y se trata de un término que Adela Cortina usó por primera vez hace 22 años y que propuso incorporar al Diccionario de la Lengua Española. No es una expresión de uso habitual, pero el 20 de diciembre del año pasado la Academia aceptó incluirla en nuestro Diccionario. Nueve días después, una fundación española la eligió como “palabra del año”. Independientemente de su mayor o menor uso, un vocablo tiene derecho a existir si designa una realidad tan efectiva de la vida social que esta no pueda entenderse cabalmente sin contar con ella.
Aporofobia designa algo muy real en el mundo social, aquí y en todas partes, puesto que existe el rechazo al pobre, la desconfianza y aun la hostilidad hacia quienes carecen de los medios necesarios para llevar una existencia digna y autónoma. No es mi ánimo sumarme a la creación de nuevas palabras, pero he aquí otra para designar una realidad distinta y en cierto modo complementaria de la aporofobia: la “plutofilia”, o sea, la veneración del rico, el atractivo y seducción por aquel que tiene recursos en abundancia y que atrae como un imán a quienes caen rendidos ante el exceso de confort y la opulencia. Si aporofobia es rechazo al pobre por confundir pobreza con defecto, plutofilia es amor al rico porque confunde riqueza con virtud. Para “plutofilia” yo he hablado otras veces del síndrome Casa Piedra: pocos políticos visitan ya las sedes de los sindicatos, pero corren a ese recinto de Vitacura si los invitan a un seminario o desayuno empresarial.

Adela Cortina publicó este año un libro que tituló “Aporofobia, el rechazo al pobre”, y que subtituló, correctamente, “Un desafío para la democracia”, en el que no se demora prácticamente nada para ilustrar aquella palabra con el hecho de que a España llegan cada año casi 70 millones de turistas extranjeros, recibiendo el eufórico aplauso del gobierno, los comerciantes y los medios de comunicación, un fenómeno que contrasta con la xenofobia, es decir, con el miedo y aversión al extranjero pobre que arriba a ese mismo país, o a cualquier otro de la Unión Europea, y que, sin equipaje ni euros en sus bolsillos, busca oportunidades de sobrevivencia y de trabajo que el suyo no le brinda. En el caso de España, esos forasteros pobres provienen de Siria, Libia, Afganistán, Nigeria, Albania, Somalía, Irak, Bangladesh, mientras que en el caso de Chile lo hacen de Haití y naciones de América Latina. Así las cosas, por un lado entusiasta acogida a los turistas extranjeros ricos y, por el otro, rechazo inmisericorde a la oleada de extranjeros pobres. Dicho de otra manera: xenofobia para los primeros y plutofilia para los segundos.

Lo bueno de las palabras es que hacen notorio aquello que se alude con ellas. Si perder palabras equivale a extraviar las cosas que designamos con ellas, ganar un término –en este caso “aporofobia”- sirve para hacer más visible el fenómeno que se menciona con él. Ese hecho es aquí la molestia que suele causar la súbita, inesperada y en ocasiones masiva presencia en nuestro medio de personas que carecen de los recursos materiales suficientes, a quienes se ve como una amenaza para nuestros trabajos, nuestra seguridad, nuestra propiedad y nuestra cultura. Aplaudimos la globalización del comercio y la libre circulación de los productos que nos interesan, celebramos también el libre movimiento del dinero a escala mundial (algunos lo celebran incluso cuando va a paraísos fiscales), pero desconfiamos de las personas que llegan con lo puesto y caemos con facilidad en el discurso de la sospecha, la aversión y el rechazo.

Es probable que nuestros cerebros reaccionen biológicamente contra el extranjero y, particularmente, contra el extranjero pobre, pero el cerebro humano es plástico y, como tal, puede ser entrenado para modificar sus propios condicionamientos biológicos, y ese entrenamiento se llama “simpatía”. Preparados biológicamente para el egoísmo, podríamos adiestrarnos, educación mediante, para el altruismo y la cooperación, haciendo trabajar para ello nuestras neuronas espejo. El mismo Adam Smith estaría de acuerdo en esto si uno se atiene a su “Teoría de los sentimientos morales”.

¿Cómo estamos manejando nuestra aporofobia local, enfocada en los chilenos pobres, y cómo lo estamos haciendo con la que con mayor fuerza aún rechaza al pobre que es extranjero? ¿Cuánta aporofilia estamos los chilenos dispuestos a desarrollar en nombre de la justicia y no solamente de la caridad?