Hace algunos días se supo de la condena a prisión de nueve ex uniformados del Ejército por el secuestro y asesinato de Víctor Jara. Han pasado 45 años desde este espantoso homicidio y sin embargo, a pesar del pacto de silencio sostenido por las Fuerzas Armadas, algo de luz se ve al final del túnel.

La dictadura dejó más de 40 mil víctimas de tortura y privación de libertad y más de 3 mil desaparecidos (Informes Rettig y Valech). Sin embargo, sabemos que más allá de las cifras y las vidas humanas que nunca son recuperables, el régimen de Pinochet intentó establecer un propósito hegemónico. Este buscará erradicar de su camino no solo a sus adversarios políticos, sino también a cualquier expresión que no esté acorde con lo que el régimen entenderá por “idiosincrasia chilena” y que en algún momento un matutino de circulación nacional denominó como “elementos indeseables”.

Afirmaciones de este tipo, que al calor de su tiempo, serán propios de un sector de ultraderecha golpista, serán también el aliciente para aplicar una política de represión brutal e insospechada hasta ese momento en Chile. Acción que contará además con un sector colaboracionista en sus inicios de la Prensa que festinará con la tragedia y el dolor de muchos chilenos.

Todos estos, serán signos de un período, en donde la intolerancia y la impunidad con la que operó el régimen militar a través de sus aparatos represivos, tendrá también entre sus objetivos al mundo cultural, y fundamentalmente a los artistas populares, a los folcloristas, a representantes de sectores indígenas, del campesinado pobre y por cierto a escritores y poetas disidentes.

El homicidio de Víctor Jara, representa a un sinnúmero de creadores. Simboliza y encarna la muerte de un proyecto cultural y social reivindicativo que crecía y tomaba fuerza. Los creadores, que en su mayoría se identificaban con ideas de vanguardia popular y abrazan las banderas de la izquierda, serán censurados, perseguidos y/o aniquilados mientras se intenta instalar un patrón cultural nacionalista y repleto de fetiches patrióticos.

Como todo Estado represivo que deviene en el control social, la cultura en Chile sufre durante la dictadura un abandono que es casi terminal, además de una desarticulación prácticamente completa. Hay que pensar que el país se encuentra bajo un estado de excepción a partir del año 1973 y se pasa desde un estado reivindicativo como ya se mencionó (muchas veces polarizado) a un estado vigilante y policíaco en el campo cultural. Sin duda, este fenómeno generará una enorme merma en cuanto al patrimonio creativo de la esfera social.

La dictadura cívica – militar, nótese ya no solo militar, sostuvo que “el marxismo en Chile tenía el control de los medios culturales”. Discurso que ojo, hasta hace poco tiempo se ha escuchado en personeros de gobierno que dicen por ejemplo que la cultura no tiene ideología o que la cultura no le pertenece a la izquierda. En realidad es una discusión algo odiosa. Por un lado el arte tiene una dimensión política y la cultura es un asunto más amplio que abarca diferentes sectores y prácticas humanas.

Otro asunto es el control de una hegemonía cultural, fantasma que ha perseguido a los sectores de derecha desde siempre, pero que en realidad, no es otra cosa, más que el miedo a perder el control y el poder sobre la producción a través de sus aparatos de mercado en la actualidad.

Quizá uno de los acontecimientos simbólicos y también político administrativos más evidentes de la dictadura en el campo de la cultura, ocurre cuando por Decreto Ley el Centro Cultural Metropolitano Gabriela Mistral (actual GAM) se convierte en la sede de la dictadura bajo el nombre de Centro de Convenciones Diego Portales en donde funcionó hasta el año 1981 la junta militar y el Ministerio de Defensa. Hay que decir que el grueso de su colección de arte fue desperdigada. Colección que en parte, hoy administra la ex Dibam y actual Servicio del Patrimonio y el Museo de la Solidaridad Salvador Allende.

Este no es un hecho menor puesto que marcará el imaginario y el relato discursivo del régimen a través de un acto de ocupación. Así como La Moneda y la Universidad Técnica del Estado en donde Víctor Jara trabajaba son acribilladas y bombardeadas, el edifico construido en tiempo récord por el Gobierno de Allende para la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo del Tercer Mundo (UNCTAD III), se convertirá en el centro de operaciones de la Junta Militar.

Pablo Neruda muere el 23 de septiembre unos días después del golpe. Hasta donde se sabe los exámenes científicos realzados recientemente revelan que no habría fallecido de cáncer como figura en su certificado de defunción. Como sea, la muerte del Premio Nobel y su funeral también son parte de una cartografía de víctimas y desaparecidos. Con la muerte de Neruda y de Víctor Jara sin duda una parte de este país se hunde. Pero lo que hay que comprender es que se hunde una época completa.

Sin embargo, cuando se trata de Víctor Jara, hablando simbólicamente se abre un territorio cultural que aún está en disputa. Si bien la dictadura ensombreció parte de ese proyecto que por cierto reclamaba mayor justicia, hoy también lo hace la maquinaria neoliberal que tiraniza al arte a través del mercado y desdibuja la creación con tipologías asociadas al consumo.

La memoria como territorio cultural, cuando se pretende relativizar, es una memoria sospechosa y frágil porque es a su vez una parte de una cultura que también se relativiza. Es el tipo de memoria que fomenta el enclaustramiento personal. La memoria neoliberal que agudiza el narcisismo, las contorsiones del lenguaje y el ausentismo frente al otro. Una suerte de desmemoria escurridiza y acuosa, menos aún vigilante ante la locura humana que puede estar teñida de odio e intolerancia, que son los signos de cualquier forma fascistoide. Una des-memoria que en muchos casos es un des-clasamiento. Ambos fenómenos, también sintomáticos de un capitalismo egocentrista y ávido de sí mismo.

Patricio Guzmán, documentalista conocido mundialmente por la titánica Batalla de Chile lo dice bien a mi parecer: “un país sin cine documental es como una familia sin álbum familiar”. Creo que el cineasta resume de manera ejemplar con esta metáfora la idea de la memoria como una familia que tiene su propia historia, su propio derrotero y a la vez una identidad. Un vínculo de origen que es difícil de romper y que hace que permanezcan en el tiempo como grupo humano una generación tras otra.

Este fallo del Poder Judicial y el trabajo del Ministro Miguel Vásquez significan una derrota importante para quienes se empecinan en su intento por borrar la memoria con un dedo o negar una parte de la historia. Hoy a pesar de los 45 años que han pasado de este brutal crimen, se está haciendo justicia y hay culpables con nombres y apellidos.
Se demuestra de esta forma que la justicia en Chile puede terminar con la impunidad y llevar a delante procesos en forma objetiva e imparcial y asumir que no deben existir casos no resueltos, como lo ha dicho Nelson Caucoto, uno de los abogados de la causa. Hoy en Chile existen más de mil procesos aún abiertos y no cerrados por la Justicia. Todos estos casos son imprescriptibles por terrorismo de estado y exigen justicia y reparación por parte de las familias involucradas.

Víctor Jara fue torturado y asesinado el día 15 de septiembre en el primer campo de concentración de la dictadura que fue el Estadio Chile. Sus canciones que son parte del movimiento popular y político de su época explican también el ensañamiento por parte de la derecha golpista en su contra y en contra de una parte importante del mundo cultural y popular del país.

Sin duda este acto de Justicia reivindica a la Memoria, y a la figura de uno de los creadores más grandes y significativos de Chile y América Latina.