Dicen que al momento de la entusiasta presentación de los Zeppelin a principios de siglo XX, varios escritores ingleses comprendieron ahí que su país iría a la guerra. Como siempre, se trata de eros y tánatos que van imbricados: el ser humano es capaz de volar, pero al mismo tiempo de destruir.

Simone Weil escribió que todos los movimientos naturales del alma se rigen por leyes análogas a las de la gravedad física. La única excepción la constituye la gracia. Todo lo que se considera bajeza es gravedad. Gracia es ir en contra de esa inercia.

Gravedad es la fuerza que hace que inventos como Twitter, que democratizan la palabra, se convierta cada tanto en un basurero. La empresa a cargo reconoció que parte de su fracaso comercial tuvo que ver con el tono de odiosidad frecuente y decidió incorporar el corazón como botón de aprobación y extender la cantidad de caracteres. Apostando a que la palabra mediatice la ferocidad del cuerpo anónimo.

Gracia es el acto del médico que recibió a la pequeña Ámbar, la niña violada y asesinada por quien estaba a cargo de cuidarla. Ante su cuerpito desgarrado, frente a la evidencia del punto cero del pacto de la tribu, la bendijo. Quizá para darle dignidad a esa carne, quizás para redimirnos a todos. El médico realizó un acto, que cobra toda la potencia que la institución religiosa perdió al cristalizar la espiritualidad.

Es lo que suele ocurrir con lo que se cristaliza: la gravedad. Por ejemplo, con el paso de la potencia creadora a discurso moral. Hay quienes piensan que algo así ocurrió con la liberación sexual, que del entusiasmo pasó al hastío del sexo de farmacia, que lo sitúa como una obligación sanitaria: el sexo para ser feliz, exitoso y saludable. El sexo pasa de lo reprimido a lo obligatorio, que no es sino otra forma de represión del deseo.

Ocurre también con herramientas cuya potencia política se ve trasformada en asfixia. Pienso en el vigor de “lo personal es político” proclamado a fines de los sesenta, desafiando a una izquierda que concebía los asuntos privados como algo relativo a lo terapéutico antes que como materia de la revolución. Fueron mujeres las que levantaron la proclama, para evidenciar como el cuerpo es un territorio de batallas ideológicas. Pero el vigor de este dispositivo queda banalizado cuando aborda toda demanda como si se tratara de un hecho político.

La gravedad crea héroes. Pero la historia nos recuerda que tantas vidas han sido víctimas de lo heroico. Por eso es preferible sospechar de quien no reconoce a tánatos en sí. Publicitarse del lado de luz, tiene la misma propiedad que la arquitectura de materiales transparentes: suponer que el bien se establece por decreto, tapando la historia con un dedo. Un contraejemplo es el del memorial de Auschwitz. Ahí cada decisión de conservación y restauración es ética. Una de ellas, fue qué hacer con los fardos de pelo humano que quedaron en el campo de concentración. Fue un sobreviviente quien dejó la recomendación de no hacer absolutamente nada: que cada generación se las arregle con ese vestigio del mal radical.

Para no olvidar, porque se olvida con demasiada prisa.

Ya ven, luego de que incluso la derecha chilena dejó de hablar de Pinochet por vergüenza, estos días aparece otra vez su nombre, incluso a través de gente joven: la trivialización de la tortura en boca de rostros de matinal, poleras estampadas con la caravana de la muerte a la venta por internet.

Simone Weil dijo que la gracia es la excepción. Pero diría que es antes excepcional que excepción. No reconocer a eros es tan fatal como no advertir la presencia de tánatos. La gracia es excepcional porque se resiste a los saberes completos. Es un destello, una parcela de humanidad que aparece en las solidaridades inesperadas, en la piedad, la amistad, el deseo y el amor. La gracia tiene la lógica del deseo, que no es nunca sustantivo sino verbo, es nómade. Y si persiste, es porque el deseo, como lo humano mismo, es obstinado.

La gracia coincide con el acto de amor, que no puede ser más que un resplandor; ponerlo bajo el lente de la explicación lleva a perderlo. Ocurre en los intersticios de las cosas, por eso el amor nunca cabe en una palabra y menos en un regalo. Se declara, pero hay que seguir probándolo. Aunque la política o la terapéutica insistan en formular qué es y no es amor; el amor cuando es gracia y no gravedad no puede ser más que un poquito, un instante que lo es todo. Para Weil amar (a otro o a una causa) con vehemencia y bajeza: frase posible. Amar con profundidad y bajeza: frase imposible. No hay bajeza en lo que es profundo.

La gracia no se captura. Habita en los bordes de las imágenes, nunca en el cliché, (Didi-Huberman). La gracia no puede ir acompañada del: yo soy, yo quiero, me gusta, no me gusta.

Si el mundo humano se acabara, quedarían los discursos, nuestros registros virtuales. Pero de la gracia se sabría a través de cómo habitamos las cosas, las sábanas usadas, la boca marcada en la taza, la palabra escrita en el muro, todos aquellos objetos que nos duelen cuando alguien parte, porque hay humanidad ahí. A veces algo en nuestros actos, que no sabemos bien qué es, que no es un programa, sino algo más parecido a lanzar un mensaje en una botella al mar; permite liberarse de uno mismo y dirigirse a la especie.