Hace un tiempo, el PNUD (Informe sobre Desarrollo Humano, 2012) diagnosticó que Chile enfrenta una divergencia. Según esta idea, los chilenos estaríamos simultáneamente satisfechos con nuestra vida privada y la de nuestras personas cercanas, a la vez que sumamente disconformes con nuestra esfera pública (incluyendo, evidentemente, la vida política). Esta interpretación parece haber sido tan exitosa que pasó a estructurar nuestro vocabulario político. Si desglosamos ese discurso, vemos que lo público es cuestionado de forma permanente, y juzgado a la luz del abrumador bienestar que experimentamos en privado. El último libro de Carlos Peña, por ejemplo, puede ser leído desde ese punto de vista.

Al mismo tiempo, ese diagnóstico no nos dice lo suficiente sobre las fuentes de nuestra disconformidad con lo público, y en particular con la política. Concebimos la política como una manifestación más de la voluntad individual. En el análisis negativo, la consideramos como el culmen del “pituto” y los “favores”, y en el análisis positivo (incluso benevolente) como una profesión, un “sistema” cuyas operaciones no remiten a nada fuera de sí mismo. Pero no vemos la política como un plano donde se expresan las dimensiones colectivas de la agencia humana. ¿Pero no hay ahí una pérdida? ¿No falta algo por considerar?

Sabemos que en la sociedad chilena existe una especie de cuestionamiento, pero no sabemos bien a qué. Una parte de la izquierda identificó ese reclamo con el rechazo a la desigualdad (aunque en el camino descubrió que buena parte de esa desigualdad económica está bastante legitimada). Parte de la derecha, de modo semejante, vio en esta reivindicación una lucha contra el dinero y la economía de mercado, desestimando que en realidad ambos son positivamente valorados.

Una hipótesis distinta es que este descontento tiene que ver con un cuestionamiento al poder o la autoridad. En el país el poder descansa en una asimetría, una diferencia demasiado marcada entre la “élite” y los demás, una estructura cuya rigidez se vuelve aún más patente ante una “sociedad de mercado” que juzgamos capaz de hacer de nuestras relaciones algo más fluido, algo que se suspende y se relativiza en cada decisión individual. Cuando el mercado se encuentra con un núcleo de vínculos y prácticas arraigados, los hábitos propios de la “élite” y la “clase política”, que no se dejan someter sin más a las pulsiones del sistema, los resiente. El mercado, entonces, se ve forzado a convivir con una herencia de la que no puede dar cuenta, una facticidad incompatible con sus categorías fundamentales.

El discurso que devino hegemónico en Chile es, precisamente, liberal e igualitario: el lenguaje idóneo para esta sociedad meritocrática. Pero ese discurso se funda en categorías que apelan principalmente al plano individual, y tienen poco que decir sobre nuestra vida en conjunto. Es por eso que este discurso es insuficiente si lo interrogamos desde otro punto de vista.

¿Qué hacer? ¿Cómo destrabar esta situación? Pienso (aunque no tengo certezas) que la opinión pública alberga una posibilidad de encauzar expectativas derivadas de este diagnóstico: hacer de ese sentimiento que sostiene la crítica contra la política algo operativo y eficaz, entendiendo que esa percepción va más allá del rechazo al pituto y el deseo por más meritocracia. Todavía no tenemos las herramientas o el lenguaje para hacer esto (nos falta tomar distancia), pero es un proyecto que debiéramos tener en el horizonte. Si el lenguaje de los liberales se revela insuficiente para explicar nuestra situación, una mirada más detenida de esos límites puede ayudarnos a dar los primeros pasos.

*Investigador del Instituto de Estudios de la Sociedad