La Iglesia Católica en Chile vive uno de sus periodos más tristes y oscuros. Habría que precisar: la jerarquía de la Iglesia y no tanto el Pueblo de Dios que mantiene su fe, compromiso y esperanza contra todo -porque así han resistido siempre. Se ha dicho bastante. Se ha analizado y motivado a las y los laicos a seguir con fuerza en el camino, a denunciar, tomar las riendas, reinventar, reformular… sin embargo, sabemos que no es tan simple. Que hay una historia que pesa harto y como si fuera poco, una doctrina y una enseñanza que pesa más. Creo y lo hemos leído en otros lugares, que es un tiempo único -un tiempo interrumpido- para realmente poner muchas cosas en cuestión, ser lúcidos y críticos, y desde el Evangelio (aquí yace la clave de todo) atreverse a lo que Cristo invita. Sin miedos, sin vergüenzas, pero también sin venganzas ni francotiradores. En este tiempo interrumpido, que puede llamarse «la hora de los laicos», fórmula que me parece precaria y panfletaria, podemos volver a ese Evangelio de cenizas. La Iglesia está hecha polvo y las enseñanzas de Jesús nos invitan a ser gente que se instale lejos del poder que domina y muy lejos de relaciones interesadas en el dinero, las influencias y la autoridad.

¿Qué autoridad tiene Jesús? -preguntaban los fariseos y hombres de su época. Valdría la pena preguntarnos lo mismo de nosotros, jerarquía y laicos. ¿Con qué autoridad bendecimos, acompañamos, profetizamos? ¿Bajo qué autoridad hablamos de Dios y oramos por la justicia y la paz, la verdad y la fraternidad/sororidad? ¿Con qué derecho? Si nos olvidamos de Cristo (no de la Iglesia), vanos serán nuestros intentos de salir del polvo. Si nos acordamos de sus palabras, transgresiones y mandatos, de sus hechos concretos -su praxis liberadora- quizás podamos retomar la olvidada senda de las catacumbas, de la Iglesia de cenizas, de la comunidad preocupada por las víctimas de la historia (la Iglesia de víctimas desde el justo Abel), de la Iglesia servidora y compasiva. Estar en el suelo y quedarse ahí hasta que dure puede ser la hermosa oportunidad esperada. Pero si no permanecemos cubiertos de polvo escuchando al pueblo sufriente es probable que continuemos enceguecidos por triunfalismos, poderes, políticas y economías que poco o nada tienen que ver con el Cristo de cenizas.

*Teólogo y poeta.