Cuentan que hace años, en una lejana costa africana, después de miles de kilómetros recorridos por tierra, huyendo de las devastadas tierras de Zaire, actual República Democrática del Congo, zarpaba rumbo a Europa la familia Mamumbva Lago. Zarpaban en patera: un barquito sin vela, ni fuerza, ni motor, ni seis metros de largo, ni cuatro remos, ni motores, ni energía, ni luces que ayudaran a ver algo de lo que ahí, en la nada misma y en plena noche, sucedía. El infierno es, dicen, un parque de diversiones al lado del mar abierto en que esa patera navegaba, entre África y el primer mundo. La muerte era tan clara como oscura esa noche sin luna.

Si el mar abierto es el lugar donde la muerte te acaricia segundo a segundo, eso lo era. Dicen que la muerte estaba ahí, en la balsa, muerta de miedo.

La familia Mamumbva Lago huía de Zaire en el medio de los enfrentamientos entre los rebeldes de Katanga, refugiados en Angola, y el ejercito belga, defensor del gobierno de turno. Jusef Mamumbva Lago, el padre de la familia, había jugado años atrás en la primera división de Angola y había compartido equipo con varios rebeldes de Katanga, con quienes había forjado une eterna amistad. Los rebeldes de Katanga entraban desde Angola para liberar a Zaire del títere y tirano Mobutu Titsè Sekkèko, y Jusef, entre morir y matar a sus amigos, optó por irse de ahí.

Jusef y María Mamumbva Lago, su mujer, salieron de Zaire caminando, haciendo dedo, con sus dos hijos a cuestas, Ste y Nge. María estaba embarazada de su tercer hijo. Caminaron por las terrosas rutas centroafricanas, bajo el sol durante el día, bajo la nada durante noche. Algunos esporádicos autos que pasaban por ahí los acercaban, poco a poco al destino final, las costas del Mediterráneo argelino. Cuarenta y siete días tardaron en llegar al mar, veintidos únicamente en atravesar el desierto del Sahara, el resto, cruzando los calores de Camerún, Nigeria, Níger y Argelia.

Desde Argelia zarparon hacia Francia. Dos días y dos noches de viaje. Abrazados a la vida y esperando el amanecer, viajaban más de treinta personas donde cabían quince. Al segundo día y al asomar el sol con sus primeros rayos, en el medio del mar y la costa francesa a la vista, María dio a luz a su tercer hijo, otro varón: Omar Mamumbva Lago. Fue el 17 de mayo de 1978.

Al llegar a tierra firme, la balsa de la muerte fue recibida por la policía y por los vecinos de aquel costero pueblo francés. Del infierno a la comisaria. Días más tarde fueron puestos en libertad y arrojados a la vida real, abandonados a su suerte y las exigencias del capitalismo salvaje. Solos e indocumentados, pero vivos. María llevaba en brazos al diminuto Omar, con menos de un mes de vida. Un vecino bondadoso y rebelde frente a las autoridades, que prohibían ayudar a los inmigrantes africanos, los llevó hasta su ciudad. Así, fueron azarosamente adoptados por la ciudad de Bordeaux.

A sus cuatro años Omar Mamumbva Lago comenzó a jugar a la pelota en un club de barrio donde había sólo inmigrantes, árabes y negros. “¿De dónde sos?”, le preguntaban sus compañeros, “del mar” respondía él, siempre calmo y pausado cual ola cercana a la costa. A los trece años jugaba entre jóvenes de 17 y 18 años. Fue siempre el número cinco del equipo de Bansellers, de la tercera división. Su tranquilidad en el medio campo recordaba al mar cuando amansa al llegar la mañana. Su visión de juego era propia de quien había nacido en mar abierto. Jugaba como había nacido. El calmo hijo del mar, el astuto hijo del océano. Sus pies se movían al ritmo de la marea y el equipo jugaba armónico cual embarcación en aguas mansas. Cuando los partidos se ponían difíciles Omar Mamumbva Lago se convertía en tormenta y ocupaba toda la cancha cual trueno nocturno.

Las autoridades no le otorgaban la nacionalidad: ni la francesa los francesas ni la congoleña los congoleños. Cuando Omar cumplía 18, Zaire, el país de sus padres, no existía más. Ahora era la República Democrática del Congo. Y en Francia, otorgan la nacionalidad por filiación, ius sanguinis, de manera que los hijos de padres extranjeros deben nacer en suelo local para que, una vez cumplidos los 18 años, se le otorgue la nacionalidad automáticamente. Omar no cumplía ningún requisito. Su pasaporte decía “nacido en el mar”. Su situación no se adaptaba a ley alguna.

Un día llegó al entrenamiento del Bansellers un observador del FC Bordeaux, equipo campeón de Francia en esos años. Era un sábado cualquiera y los ojos de ese observador capitalino alteraban el presente y el destino de ese pequeño barrio inmigrante. Bastaron 15 minutos de partido para que él preguntara por los padres de ese número cinco. El ritmo marino de sus movimientos causaba una alteración del tiempo y el espacio en todos los demás. Era una influencia hipnótica. Jean Michelle Fournier habló ese mismo día con Jusef y María, ofreció unos pocos francos mensuales y se llevó al hijo marítimo a jugar a la primera división. A los pocos meses, Omar Mamumbva Lago, el 21 de agosto de 1995 y con escasos 17 años debutaba en primera división contra el Mónaco a estadio lleno. Era el joven número 5 de un equipo que tenía de media punta a un tal Zinedine Zidane.

En el FC Bordeaux compartió varias tardes y varios partidos con el joven Zidane, a quien observó y escuchó con atención y de quien aprendió que en la sangre de los migrantes vive el ritmo de las olas y el poder del océano, que hay que aprender a afinar los sentidos para sacarlos a la cancha. Ellos tenían un don, solo había que afinarlo. A los pocos meses Zidane se fue a jugar a la Juventus de Turin y Omar se convirtió en el referente del equipo.

Meses más tarde, Omar fue convocado para la selección Sub 17 francesa pero no pudo jugar por no tener nacionalidad. Tenía problemas de papeles. Sus amigos se reían y le decían “papel mojado”.

A los 20 años, sin país, ni papeles, ni nacionalidad, Omar se fue a jugar a España fichado por el Villarreal, equipo en el que jugaría al lado del mismísimo Juan Román Riquelme, otro hombre con ritmo de mar.

“Omar Mamumbva Lago, el hombre nacido en el mar, jugará en el Villarreal” anunciaban los diarios españoles. A los pocos meses ya era “Lago, el cinco del mar”. El año siguiente, el Villarreal llegó a la final de la Copa de la UEFA donde perdió contra el Liverpool inglés. En ese momento, Raymond Domenech, entrenador de la selección francesa lo volvió a convocar para defender los colores de la camiseta nacional. La Federación de Fútbol movió algunos hilos, algunas influencias y le consiguió la nacionalidad. A sus 21 años, Omar Mamumbva Lago era, finalmente, francés.

Omar no estaba del todo convencido de la decisión, respetaba su historia como a su madre, pero siguió adelante. Faltaban pocos días para la Eurocopa del año 2000 cuando Omar salió a la cancha, por primera vez en su vida, vestido de azul. Tenía el 5 en la espalda, como siempre había sido, pero su semblante era otro. Caminaba diferente. Jugaban un amistoso contra Alemania, empezó el partido, recibió la pelota y se sintió incomodo. Sus piernas no le respondían, su visión de campo había perdido amplitud, a sus movimientos le faltaban ritmo. Mamumbva Lago había dejado de navegar. El suelo estaba quieto por completo, el oleaje había cesado y el ritmo desaparecido. “El cinco del mar” era un ser terrenal. Jugó dos partidos más y abandonó la selección. Sabía que no era su equipo.

La polémica se instaló en la prensa y en la opinión pública. El ultraderechista Jean-Marie Le Pen dijo que todo el resto de negros y árabes de la selección debían tomar la misma decisión que Omar. Omar le respondió que “su abandono no respondía a cuestiones políticas, aunque era cierto que Francia ya no era el país blanco que él quería que fuese”. Sin embargo, aceptaba que era injusto que la nacionalidad se la hubieran otorgado solo cuando la selección lo necesitaba. Dijo que muchos franceses querían a los negros solo para salir campeones.

Un día, Mamumbva Lago se iluminó. Pensó que si cada día llegaban decenas de pateras desde África a Europa y que si los inmigrantes ya eran varios millones llegados por mar, él no podía ser el único hombre nacido en el mar. A partir de ese día comenzó a recorrer todos los registros civiles de Francia, Portugal, España y Italia, en un pequeño auto con sus dos hermanos, día por día, ruta por ruta, pueblo por pueblo. Un año después, había encontrado más de veinte jugadores nacidos en el mar. Estaban en condiciones de declarar la existencia oficial de la Selección del Mar.

Omar había encontrado su lugar en el mundo, una identificación real, sin Estado, ni idioma, ni bandera. La identificación de la marea, del derecho a existir sin imposiciones. La Selección del Mar fundó su club en Asilhá, un pequeño pueblo costero del norte de Argelia y comenzó a jugar partidos amistosos contra cualquier equipo que se lo propusiera. No era un equipo especialmente bueno, pero no era malo. Un día se dieron cuenta que los jugadores nacidos de noche eran fuertes, veloces, intempestivos, y los nacidos en la mañana, como Omar, eran calmos, armónicos y omnipresentes. Cada uno era y jugaba con el carácter del mar a la hora de su nacimiento. Mamumbva Lago volvió a ser nuevamente “el cinco del mar”.

Poco a poco fueron encontrando equipos sin Estado, de naciones desaparecidas, de etnias no reconocidas, de movimientos autonomistas, de territorios ocupados, de lenguas en desuso, de historias devastadas, de esperanzas intactas. Ganaron algunos partidos, siempre a nivel del mar y perdieron otras tantos, siempre en la altura. Cuanto mayor era la altura al nivel del mar, mayor era la goleada en contra. La peor de todas fue en Bolivia a 4500 metros de altura. Perdieron once cero y fueron muy felices. Perder así, entre pueblos hermanos, solo podía ser un placer.

En el año 2005 y con 27 años, Omar Mamumbva Lago jugó su primer Mundial. Era el Mundial de las Naciones sin Tierra donde participaron kurdos, mapuches, pehuenches, palestinos, vascos, asirios, lapones, padanos, así como la selección del archipiélago de Zanzíbar, los nacionalistas de Tamil Eelam del noroeste de Ceilán, la selección de la región de Absajia, arrinconada al este de Georgia, la británica Isla de Man y la de Nagorno, territorio disputado por Armenia y Azerbaijá, entre otras naciones sin tierra o tierras sin nación.

El Mundial se jugó cerca de las montañas de Georgia y la selección de Mar no pasó a la segunda ronda. De cualquier manera, la felicidad fue inenarrable. La de ellos y la de todos los demás. El éxito y la repercusión del Mundial de las Naciones sin Tierra fue tal que, a riesgo de que se multiplicaran en el mundo los movimientos autonomistas, la ONU y la FIFA intentaron darle estatuto oficial a varios territorios como los palestinos, los kurdos, los vascos, los mapuches, los aimaras, entre otros. Ninguno aceptó jugar mundiales oficiales.

En 2009 se jugó el segundo Mundial de las Naciones sin Tierra en las costas africanas de Angola. El nivel del mar hizo lo suyo y, a sus 31 años, Omar Mamumbva Lago, el cinco del mar, fue campeón del mundo.

Actualmente vive en Argelia, fue nombrado Director Técnico universal de los apátridas. Despierta cada día con el mar a un lado y una cancha de fútbol al otro y se dedica a entrenar a miles de niños de todo el mundo que no son aceptados es esos extraños lugares llamados país.