El estreno de la célebre obra de teatro Los invasores, de Egon Wolff, fue hace más de medio siglo. En ella, el dramaturgo chileno puso en escena un crudo enfrentamiento entre Lucas Meyer, un próspero industrial santiaguino, y el China, un indigente que invade su casa junto a un grupo de marginados. Meyer y el China lideran los dos grupos antagónicos: por un lado, la familia del empresario, comprendida por su mujer y sus dos hijos; por otro, los invasores, todos ellos identificados con seudónimos propios de la vida callejera, sin nombres propios. La escena transcurre en el living de Meyer, lugar que comienza pulcro y elegante para ir cayendo, a medida que avanza la obra, en la decadencia, suciedad y destrucción. Al igual que en Flores de papel, esta obra de Wolff muestra una tensión social violenta, donde los espacios privados —y por tanto, íntimos y seguros— son amenazados por personas que viven en los bordes de la sociedad: delincuentes, locos y vagabundos. Sin embargo, una de las preguntas que el autor logra plantear es qué grado de responsabilidad tiene la misma sociedad con esas personas que ha excluido de ella.
La reacción suscitada hace unos días por la decisión del alcalde Joaquín Lavín, de construir viviendas sociales en los alrededores de la rotonda Atenas, en Las Condes, me recordó el argumento de la obra de Wolff. Si bien puede existir una preocupación legítima, de parte de los vecinos, por las inversiones inmobiliarias o por la seguridad ciudadana, aquí parecen haber bienes más profundos en juego: mejorar las condiciones de casi un centenar de familias de la comuna, dándoles una solución habitacional de calidad. La protesta de quienes que, con el ruido de las cacerolas y globos negros, se oponían a la construcción, fue duramente criticada. Una vez más el edil logró llevar el agua a su molino y suscitar el apoyo de la opinión pública, hablándose incluso de una posible incursión presidencial de una figura política que se creía en retirada.

Más allá de la disputa contingente, la polémica de las viviendas sociales, ¿no termina apuntando acaso al tipo de ciudad que queremos construir? En Los invasores el nivel de segregación urbana es tan alto que termina estallando en una especie de crisis revolucionaria, personificándose en esos pobres que cruzan el río y se toman las casas del barrio alto (y eso que la obra es de principios de los sesenta). La inesperada visita, sin embargo, obliga a personajes y espectadores a enfrentarse a preguntas incómodas sobre la desigualdad, la justicia y la política. A medida que va escalando la tensión entre ambos personajes, las respuestas se hacen cada vez más urgentes.

A pesar de los años transcurridos desde su estreno, la obra de Wolff sigue interpelándonos: en el Chile de hoy la segregación sigue siendo un problema, y el alto crecimiento de la clase media no parece redundar en una ciudad más integrada. La realidad de comunas como Lo Espejo o Renca dista enormemente de la vivida en Vitacura o Lo Barnechea. Es deseable, por tanto, que medidas como las del alcalde de Las Condes —sobre todo aquellas que apuntan a una mayor integración— no se limiten al nivel municipal, sino que puedan pensarse de cara a toda la ciudad. Pero, sobre todo, cabe esperar que la búsqueda de integración no genere reacciones que condenan a los pobres por ser pobres y así se pueda avanzar en el desarrollo de una comunidad menos excluyente.

*Subdirector IES / @jcastillovial