Después de haber exhibido en China y Corea, me encuentro naufraga en la isla de Phu Quoc, al sur de Vietnam, a la espera de saber si podré presentar mi obra en este país o no, ya que por asuntos de fuerza mayor los permisos han tardado en ser resueltos.

Las cosas en oriente, a pesar de ser extremadamente inspiradoras, no son fáciles. Desde las barreras idiomáticas y las radicales diferencias culturales, hasta llegar el hecho de habitar (desde la ignorancia del forastero) regímenes socio-políticos y socio-culturales que, aun siendo sumamente respetables, para nosotros podrían resultar prácticamente incomprensibles. Lo interesante de desafiar tus prácticas poniéndolas en situaciones extranjeras es, entre muchas cosas, que en estos desconocidos contextos uno valora lo propio desde una óptica menos “personal”. Es por esto que hoy, desde la salvaje lluvia de la isla vietnamita, y a pesar de seguir insistiendo en que las políticas de uso del espacio público en Chile son muy poco serias, agradezco con frenesí que al menos existan. Y no solo existan, sino que tengan una pseudo organización que funciona.

En virtud de lo anterior, es que ardo de júbilo viendo como los largos años de dictadura no dejaron nuestro territorio infértil por demasiados años y hoy, los nietos de la generación castrada de libertad, alzan la voz para decir lo que SÍ y lo que NO van a aceptar. Así mismo, años atrás quería yo alzar mi obra en la calle para decir: mi arte no se muestra solo a los pocos que lo legitiman (o no), sino que se muestra a todos, sin distinción. Ya que lo que más necesita nuestra sociedad es educación y ahí está la experiencia artística para brindar la más profunda: la del corazón. Sin embargo, mis ímpetus siempre se veían aguados por “seguridad ciudadana” que tironeaba de las piezas hasta sacarme fuera del espacio (que nos pertenece) y con los fragmentos de obra destruidos. Así fue como un día decidí que, como rendirme no era opción, mejor me unía al plan burocrático y daba por cerrado el capítulo de anárquica revolución.

Mi experiencia exponiendo en el extranjero me dice que lo que yo llamaría “privacidad :”/ privatización del espacio público” no es una cuestión local. El uso del territorio que nos pertenece por derecho, en general, es restrictivo y engorroso. Y en este caso quizás aún más, porque no estamos hablando de un muro para pintar (que es lo que generalmente se entiende por arte urbano o arte público) sino de un suceso expresivo que envuelve al transeúnte desde su cuerpo / psiquis y que evidentemente genera un movimiento explícito que, al parecer, confronta los miedos y las emociones de las prácticas sociopolíticas de algunos países más que de otros.

En China, por ejemplo, pensar en exponer “en calle” (al menos para una artista sin poder como yo, los chinos soy muy jerárquicos) es algo impensado. A pesar de lo anterior, gracias a las inteligentes gestiones de la embajada, en Beijing pudimos exponer en una instancia público/privada que convocó un gran número de pekineses quienes, a la hora de ofrecerles declararse abiertamente a través de un secreto que reivindica su rol de confidencialidad exhibiéndose como una obra de arte, se manifestaron muy interesados. Es así como en Beijing logramos recolectar más de 120 secretos.

En este escenario Seúl se ha mostrado como la ciudad más activa en cuanto a declaraciones públicas. Durante toda mi estadía vi grupos de personas manifestándose con carteles y canciones que, a pesar de no entender, podía intuir estaban reclamando algún derecho. Así mismo tuve la oportunidad, gracias a las gestiones del consulado, de presentar “Secreto” en el Puente Mojeon, ubicado en uno de los barrios más concurridos de la ciudad y donde pude observar que muchos artistas y vendedores vivían con naturalidad el derecho básico a la libre expresión y el uso del espacio público sin restricciones ideológicas. Y a pesar de que al momento de traducir al coreano secretos escritos en otras lenguas, con el fin de que ellos al escribir su secreto pudieran leer uno de otra persona (tal como propone la dinámica de la instalación), se me intentó prevenir de no mostrar a los coreanos los secretos más fuertes (ya sea de corte sexual, abuso o violencia explícita) ya que podían sentirse violentados, aquello no pasó. Es más, la mayoría de los coreanos que participaron de la acción se atrevieron a contar sus más íntimos secretos confiando en esa red de familiaridad colectiva y universal que la obra ofrece.

Cuando ironizo con mi naufragio en Phu Quoc, Vietnam es porque nos tienen a la espera de saber si podremos realizar la obra o no. A pesar de las habilidosas gestiones del cónsul, ha sido difícil explicarles que tiene que ver mi proyecto con el arte y porque se invita a la gente a contar sus cosas íntimas y leer las del resto. No los culpo, la discusión acerca de si esto es arte o no lo es, es una cantinela que se repite mucho en países donde lo que se entiende por arte son cuadros, fotografías, esculturas y todo lo que se legitimó como arte en el siglo XIX.

Y me quiero agarrar de esto último para manifestar una idea que sólo se fundamenta en mi experiencia como artista expositora en países asiáticos y, por tanto, pido la tomen con la ligereza de leer a otro que habla sin plantear una verdad. Lo advierto porque siempre me ha fastidiado mucho la gente que viaja diez días a un lugar y luego va levantando testimonios inquebrantables que pasan a convertirse en uno más de los mitos que corren, de boca en boca, por los paisajes del fin del mundo. Tengo la sensación de que el ambiente social de los países asiáticos que he visitado está acalorado. Tanto leyendo secretos, como conversando con prensa, otros artistas y público general de la obra, he podido deducir que las nuevas generaciones están empezando a cuestionar los inquebrantables paradigmas que estas civilizaciones han defendido por años. Es así como hay una pugna silenciosa entre una cultura que se quiere mantener apegada a sus creencias, ideologías, tradiciones y una juventud globalizada que está empezando a hacer consciente ciertos temas que durante miles de años descansaron tranquilitos en el inconsciente del pueblo oriental.

Mis días en Asia pasan impetuosos, cada esquina de estos parajes aún exóticos es una obra en potencia, sobre todo cuando se pone en espejo hacia occidente que finalmente es donde yo pertenezco. La verdad, no sé cómo terminará esta travesía, ni cuál será finalmente el gran secreto que aquí se revelará. Sólo sé cómo esta itinerancia comenzó; con un gran letrero de neón que decía “Welcome to exhibit in Asia” (y, en fucsia, un corazón). Es que aquí gozan mucho del neón.

El año 2016, en Valparaíso, partí con este viaje. El mismo año me trasladé a Barcelona, donde presentando la obra en los recovecos escondidos de la ciudad, descubrí su universalidad. Es así como “Secreto” ha recorrido más de trece ciudades donde ha recolectado un aproximado de mil quinientos secretos escritos en quince idiomas diferentes y, si les soy honesta, espero que la obra jamás deje de itinerar. Es más, quisiera que siga viva hasta después de mi muerte, ya que la vida no me alcanzará para ir a todos los parajes que el mundo me ofrece.