En las últimas semanas hemos visto como el Alcalde Joaquín Lavín ha hecho noticia por su anuncio de viviendas sociales: reuniones con Diputados y Alcaldes para mostrar una espectacular maqueta de departamentos; desfile por noticiarios y en comentario obligado en la discusión de cada programa radial, matinal o editorial de diario. Nadie se atreve a cuestionarlo ni a contradecirlo, todos lo aplauden.¿yCómo no hacerlo, si la derecha vio la luz y ahora tiene “conciencia social”?

Sin embargo, hay quienes creemos que esta arremetida comunicacional de Lavín tiene peligrosas consecuencias, algunas de las cuales ya podemos apreciar.

La primera de ellas, es la inevitable ilusión que genera en miles de familias, la posibilidad de acceder a uno de estos millonarios departamentos ubicados en un sector privilegiado de Santiago. Por fin, dicen, se les presenta una solución habitacional viable, en un buen barrio de Las Condes y con múltiples facilidades y subsidios. Una vivienda social VIP. Es lo que los allegados de Villa Los Jardines de Ñuñoa, quienes lejos de seguir esperando en la fila, se tomaron una cancha y se instalaron con camas y petacas a esperar la solución del Municipio de Ñuñoa. “SOS Lavín” decía uno de los carteles, esperando la intervención mágica del héroe de Las Condes.

Es, quizás, la cara más dolorosa de la jugada política de Lavín. Porque su solución habitacional es inviable para la generalidad de los casos, y solo funciona en un municipio que cuenta con los recursos de Las Condes. Sostener una política habitacional de esa magnitud a nivel nacional es absolutamente inviable o lo podría ser, hipotecando las arcas fiscales y dejando rezagadas otras urgencias sociales mucho más indispensables.

Existe una segunda consecuencia de los actos de Lavín, más profunda y peligrosa, y es que contradice totalmente nuestros ideales y nuestro mensaje para el mundo popular. Elevar a la “integración social” como un bien en sí mismo, y por tanto como algo deseable al punto de justificarse hacerlo por la fuerza, es tomar una bandera de la izquierda, con todo lo malo que ello implica.

En la derecha siempre hemos creído que el esfuerzo personal es la mejor forma de salir adelante, que el emprendimiento y el trabajo duro son más efectivos que cualquier política asistencialista, y los últimos cuarenta años de historia nacional lo demuestran, con una reducción de la pobreza como no se ha visto en Latinoamérica, y una reducción gradual de la desigualdad intergeneracional (aunque la izquierda ideológica no quiera reconocerlo) que son la envidia de nuestros vecinos. Y esto no se logró con bonos, se logró con un mercado abierto y un sistema de libertades.

Decirle a las familias más vulnerables que sus problemas se solucionan viviendo cerca de familias más acomodadas es igual de nefasto que decirles que sus hijos serán mejor educados si estudian en los mismos colegios que los hijos de familias más adineradas; esta es la lógica detrás la Ley de inclusión que nos legó la tómbola en los colegios, retórica tan arraigada en el discurso de Michelle Bachelet.

Quienes han salido adelante, no han necesitado cambiarse de casa para hacerlo, ni cambiarse de colegio, ni atenderse en una clínica privada, sino que solo ha bastado con que tengan la determinación suficiente y las oportunidades para lograrlo. Igualar la cancha no es poner a una familia pobre al lado de una rica, es esta quizás la forma más burda de equiparar oportunidades; igualar la cancha es lograr que dé lo mismo donde naciste, sea en la rotonda Atenas en las Condes o la Pablo de Rocka en La Pintana, si te esfuerzas y eres trabajador, cumplirás tus sueños.

Esta verdadera integración se logra con mejor transporte público, con mejor atención de salud, con mejor educación pública, en fin, con una real preocupación por los barrios hoy marginados. ¿Qué le diremos a los vecinos que siguen viviendo en aquellos barrios periféricos abandonados?, ¿Que deberán seguir esperando mientras miran con ilusión los departamentos de 100 millones?

La política habitacional de Lavín nos propone una solución utópica para el problema habitacional del país, ilusiona a las familias más vulnerables y les entrega un mensaje completamente erróneo. Para nosotros es un deber enfrentarlo.