Pensé en la novela de Alejo Carpentier, “Los pasos perdidos”, donde su protagonista ingresa a un mundo “otro”, signado por la extrañeza, la diferencia, un mundo construido por signos asombrosos que provocan una ineludible fascinación. Mientras leía “Cuba, viaje al fin de la revolución”, pensé, a partir de Carpentier, en el barroco del XVII como el gran patrimonio del “Siglo de Oro” de la literatura española. Una corriente en la que el lenguaje en tanto generador de realidad se desplegaba de manera extrema, cifrada, laberíntica, dislocada. Una tendencia discutida y olvidada, retomada y alabada. Una fuerza disruptiva. Recordé también, constantemente mientras leía, el neobarroco, uno de los más importantes aportes de la gran literatura cubana al Continente. Pensé en Lezama Lima. En Severo Sarduy.

“El neobarroco trabaja en la desublimación de lo sublime y penetra en lo que Rosenskranz llamó el infierno de lo bello”, afirmó Christine Buci-Glucksmann. Sí, porque el neobarroco incursiona en el exceso, la exaltación y especialmente, en el artificio. Todo confluye vertiginosamente de manera caótica para recubrir un vacío, diferir, mediante una extrema decoración, la ausencia de sentido. El neobarroco es máscara y erotismo. Conflicto. Es pose. Porta el espesor de una estética recamada y subversiva en su irregularidad.

Pensé que el libro de la revolución cubana, la de Patricio Fernández, se articula en una pluralidad de voces, de estilos: ensayo, crónica, procedimientos literarios, afirmaciones y negaciones y extiende su relato mediante viajes intempestivos para conseguir el ingreso, tal como en la novela de Carpentier, a un territorio radicalmente otro. Solo que este espacio, advierte el autor, está amenazado por fuerzas que podrían degradarlo y degradar la consistencia de las hablas, al punto de presagiar una futura Cuba común y corriente, ajena al concepto aura pensado por Walter Benjamin: “la aparición irrepetible de una lejanía por cercana que pueda hallarse”. Una Cuba idéntica a geografías súper objetualizadas (como la nuestra) e invadidas por la monotonía depresiva de otros salarios igualmente insuficientes.

Patricio Fernández, entra a la revolución cubana para ponerle fin. Pero ¿le pone fin? Me hice esa pregunta mientras leía y leía y, en cierto modo, escuchaba las voces que poblaban el libro, hablas, formas, estilos que asimilé al neobarroco, relatos contradictorios en su complejidad, extensos, provenientes desde distintos espacios pero, afines. Voces que se interrogan a ellos mismos. Cuerpos que se quedaban o se quedaron en la isla para pensarla o vivirla o criticarla, odiarla, lamentarla o adorarla. Pero se trata de hablas no solo densas en su espesor sino completas porque existe en ellas lo que llamaría una poderosa condición de la lengua que es perceptible de testigo a testigo y consigue provocar admiración por la consistencia conceptual de sus tramas.

El neobarroco, según Severo Sarduy es un “reflejo necesariamente pulverizado de un saber que sabe que no está apaciblemente cerrado sobre sí mismo. Sitio del destronamiento y la discusión”. Así la revolución escrita y descrita por Patricio Fernández, llegó para acabarse y para quedarse, para discutirse, ajena a cualquier signo apacible. Sí, porque de manera simultánea, desde mi perspectiva, se acaba y se queda. La Revolución. Su artificio. Su mito.

La otredad cubana, ese vivir en los mismos tiempos que el resto del Continente, pero a su manera o de otra manera, provoca en Patricio Fernández el tránsito de su viaje de mochilero a periodista. Un joven mochilero no común gracias a su tío y sus influencias (capital simbólico lo llamaría Pierre Bourdieu) que le permitió entrar “desde arriba” a la isla. Pero se trata de otro arriba, desde donde baja sin la menor lesión cuando su tío se va y entonces, sin familia, se abre a sorprendentes diálogos, experimenta una efectiva y afectiva erótica, visualiza la forma de una diversa plataforma cultural. Empieza allí su proceso de lectura de los signos que conforman el transcurso social, siempre difícil por las vueltas y revueltas en que se articula el sistema.

Podría ser esa memoria la que impulsa al mochilero, ya convertido en periodista, a retomar el viaje o los viajes, varios años después, para encontrarse y encontrar en el libro su única y tal vez última salida. Un corte. El fin de la revolución. Quizás un homenaje al mochilero que fue. Es una conjetura lectora. Tal vez no. Quizás sea solo un fuerte imperativo político. Lo importante es que el autor busca y consigue recursos diversos para su libro, mueve la sintaxis, organiza hablas provenientes de distintos espacios y les da a cada una de ellas idéntico valor, más allá o más acá de la importancia política y social de sus interlocutores. Es indiscutible que las relaciones sociales cubanas no son jerárquicas, están democratizadas y eso lo internaliza y lo repite el autor en la repartición de espacios de voz, en el reconocimientos del otro, de la otra.

El fin de la revolución ocupa una parte de los discursos locales. Las fechas se suceden. El fin de la revolución ocurrió, según las hablas que el libro consigna, en un pasado incierto, móvil, ese fin está inscrito tal vez en una diáspora interminable, en la caída del muro, en el fin de la Unión Soviética o en la melancolía de los que se quedan, o en hechos políticos internos o en el traumático período especial. La revolución está terminada o terminando. Pienso que quizás terminó en el exacto minuto en que triunfó la revolución que Patricio Fernández vuelve a rememorar en su trabajo.

Pero, sin embargo, de acuerdo a la intensidad del libro, se puede pensar en la muerte de Fidel como un previsible punto final. En el relato el pueblo cubano se vuelca a las calles, lloran, lo despiden para glorificarlo. Patricio Fernández viaja el viaje de la muerte de Fidel y es testigo de la conmoción masiva que suscita. Es en este escenario donde adquiere verosimilitud la afirmación del autor que asegura que Yoani Sánchez no es en absoluto relevante o que la disidencia ciudadana es casi inexistente. Que la batalla se genera en las cúpulas, que el ejército y sus privilegios son lo que garantizan el curso del sistema y que, desde luego, la mayoría de los jóvenes habitan una posrevolución sin mística alguna. Pero es precisamente la muerte de Fidel la que proclama el multitudinario e indudable afecto del pueblo cubano a su líder y la duda ante el porvenir: “Raúl no es Fidel”, dicen.

Y en otro registro lector, considero importante consignar la sexualidad como un hecho completamente integrado a la vida cotidiana. La sexualidad se ejerce de manera consensuada despojada de discursos que la ideologicen. Una sexualidad, que en el texto de Patricio Fernández, pone a la mujer en un ámbito más poderoso como es el espacio de una libertad lúdica sobre su cuerpo y sus deseos. Y aun en la prostitución, que en Cuba tiene particularidades distintas a la tradición de este oficio, ingresan también elementos inesperados. El cuerpo se despliega y se desplaza, las eróticas están siempre activas, la fidelidad está en duda porque, aunque existen privaciones en la isla, al parecer los cuerpos no se privan de ellos mismos como suplemento. El texto muestra que el acto de vivir cubano está marcado por una particular organización en la que eros ocurre y transcurre, por decirlo de alguna manera, “a flor de piel”.

Finalmente, más allá de las diferencias que mantengo con algunos segmentos del recorrido, por cierto contundente, del autor, me parece necesario señalar que pienso que una parte importante de Patricio Fernández se enamoró de Cuba, Y como afirmó José Martí fue ese destello el que le permitió “saludar al sol y acatar al monte”.

Diamela Eltit

*“Vas bien Fidel”, le contesta Camilo Cienfuegos a Fidel Castro el 8 de enero de 1959.