Morir es un proceso paralelo a vivir, que comienza cuando nacemos. Ambos estadios trabajan en conjunto, complementándose como procesos necesarios, como la mayoría de la naturaleza es parte de una interminable entropía, un ciclo de flujos constantes de energía y modificaciones donde nos esforzamos por mantener el cuerpo, nuestra máquina, “sana” para continuar con el asombro de vivir sin la existencia de un mañana certero. Así, nuestra emocionalidad fluctúa con una ilimitada y rizomática configuración de sensaciones que nos permite dilucidar nuestros estados.

Muchas veces caemos en estados de ceguera de nuestra propia emocionalidad y culturalidad, la que nos limita a estar en una polarización entre un “bien y un mal”, estando la vida en el lugar del “bien” y la muerte en el lugar del “mal”. Sin embargo aquella dicotomía es falaz, pues ambas son una sola forma temporal que abarca la conceptualidad de la brevedad y futilidad de la vida. Así, la certeza de la muerte y da origen constantemente a características de amplios matices.

Por un lado, está nuestra mente en un mundo como el de hoy, donde se rechaza y resiste toda emocionalidad aflictiva, donde este sistema político, económico y moral, ni su sociedad, educación y cultura, no permite encarnar el proceso de conocimiento y reflexión profunda de nuestro sentir y comprender que los estados aflictivos son una forma de sentir distinto que no necesariamente tienen que caer en el reduccionismo del “mal”. Por otro lado, nuestros cuerpos se enferman y nos fuerzan a buscar todas las formas para mantenerlo vivo, joven, resistente y sano, para su funcionalidad y prolongación en el tiempo, la ilusión de eternidad. Así intervenimos nuestros cuerpos con químicos y múltiple medicina con el fin de “estar bien”, pero en un mundo donde se exige, muchas veces, estar “sanos” y “funcionales” para la vorágine de lo cotidiano, de la rutina, del estrés, y la explotación del todo. De paso, resistimos al “mal” y lo llamamos “mal” solo porque desconocemos que hay más allá, porque nos aferramos y apegamos a todo lo que tenemos, del pasado y el presente, y a nuestras propias proyecciones del futuro.

Así, morir para la actual concepción de mundo no es opción, sino el resultado trágico del agotamiento de la máquina, de la funcionalidad productiva, la vida, la forma de vivir se convierte en un fin en sí mismo, autómata, mecánico y pervertido en proceso de evaluación moral impuesto por la mirada occidental y su religión hegemónica.

De este modo nos atemorizan con una moralidad y sus verdades, y de paso, no nos permiten decidir desde nuestra propia libertad, porque, según el credo impuesto, simplemente estamos en proceso, no son dicotómicos, procesos que son inevitable que sucedan y que en cada forma encierran su propia belleza.

La Muerte no es natural, intervenimos -y nos intervienen- para que esta suceda “naturalmente”, consumiendo medicinas, ciencia, concientizados a que debemos seguir, eso a pesar de la fatiga, a pesar de lo que nuestra individualidad requiera, extendiendo la vida y utilidad para que un ente, no uno sino un externo invisible, decida lo que es propio. Para ello, cada enfermedad tiene un tratamiento, no así cura, y en ciertos casos existe solo mecanismos paliativos para mantener el funcionamiento y, en ciertos casos, bajar el dolor hasta que el cuerpo no es capaz de reaccionar a ningún tratamiento, deviniendo en sufrimiento que se hace parte de un extenso momento que desconocemos su temporalidad hasta no resistir más, ¿y si el dolor, el sufrimiento y la no funcionalidad de su mecánica en los cuerpos, solo nos permite prolongar un estado vegetativo, autómata y sufriente? Nada, tu cuerpo y dignidad está arrancada, no es tuya, no es propia, es de un otro.

¿Acaso aquello no viola la ideología occidental, religiosa, moral y política de la libertad (elección individual) e integridad de nuestros procesos?

No, sólo queda la condena a muerte sin fecha de ejecución, la medicina que ya no calma, resignados a esperar en el pasillo de la muerte, en una cama paralizados en la profunda incertidumbre y despojados de dignidad y voluntad propia.

¿Y es que podemos llamar vida a esos estados de tránsito que implican un sufrimiento innecesario?

¿Podemos señalar como proceso natural a la pantomima paliativa para resistir al dolor con la incertidumbre de que el cuerpo termine su funcionalidad de vida en fechas que van de una semana, 5 años o temporalidad incierta?

Forzados y sin opciones, solo queda la subsistencia artificial, una especie de simulacro de vida, un sucedáneo doloroso, sin belleza, condicionado por medicamentos que no calma ni pueden devolver vitalidad, convertidos en pasajeros en tránsito en un limbo de vida sin vida esperando un vuelo que no llega, un estado de tránsito permanente, ni un nacer, ni un vivir ni un morir, un estado doloroso acompañado de un sufrimiento innecesario, esperando el milagro donde el altruismo de una sociedad queda habilitada para cumplir su función empática y de compasión, un pasaporte fuera del limbo, a cualquier lado menos la quietud que lacera el cuerpo y la mente.

Pero no, hoy la vida se ve despojada de naturalidad, revestida de tecnología y conocimiento científico que busca la utopía esquizofrénica de perpetuar la vida, creando prótesis en nuestros cuerpos para la búsqueda de la eternidad prometida y falsa, alejándonos de paso de aquella naturaleza, que es tan usada para limitarnos a decidir a dar un paso hacia el descanso del sufrimiento y del dolor innecesario.

Eso porque prolongar esos estados llamándole irónicamente naturaleza, cuando el capitalismo ha transformado nuestro sociedad y vida en una ficción plástica, para que nuestras vidas se enfermen, consuman y se extiendan, limitando nuestros derechos a la sin vida, despojada de dignidad y libertad, convirtiéndola en una obligación para ser un número en un sistema de producción, explotación y destrucción.

Nadie muere por un acto mágico, todos y todas morimos debido a que nuestro cuerpo deja de funcionar en su variabilidad de lo que llamamos vida, pero que negamos y amarramos incluso cuando siendo un simulacro de la misma, ya no reviste vida. Solo queda ahí la empatía y la compasión como armas de resistencia, lo suficiente como para comprender al otro, sentirlo y amarlo, cuando no es autovalente, cuando sufre y ya no vive salvo en el decreto de un otro que no lo considera como un igual. De este modo, la salvación misma radica en la naturaleza de lo humano, de la entropía y el propio caos, donde no existe ni muerte ni vida, ni un bien ni un mal, solo conciencia plena.