Me cuesta mucho entender por qué para algunos el color amarillo resulta nefasto. Los incendiarios lo ven como un rojo frío, como una pasión desenergizada, una lava que se vuelve agua. Y es verdad: nosotros los amarillos apreciamos la calma. No creemos que las ideas arrolladoras sean más virtuosas que las atentas. Los amarillos creemos en la compasión, en la confusión, en las medias tintas. No somos estrictos; preferimos las mangas anchas. Los amarillos tenemos muchas convicciones frágiles, pero no transamos en la defensa del pluralismo. No aceptamos ninguna verdad capaz de acallar a todas las otras.

“Los amarillos –me dijo una amiga- somos sentimentales y reminiscentes”. Nos cuesta odiar de buenas a primeras y procuramos no despreciar, aunque cuando un fanático entra en escena respiramos hondo, porque sabemos que matará la fiesta. A los amarillos nos gusta más descubrir las posibilidades que las imposibilidades, lo aprovechable que lo inhabilitante, lo feliz que lo desdichado. No se trata de candidez, sino de instinto de sobrevivencia. Digámoslo claramente: de interés por el acontecer. Los amarillos nos doblegamos ante la evidencia, jamás ante una imposición. No somos cobardes, porque podemos hasta dar la vida por el diálogo. Nos aburren los gritos del arrogante, y disimulamos el orgullo de saber que la inteligencia es compañera de nuestras dudas.

Por supuesto que los amarillos tomamos partido, es más, nos importa tanto el partido que tomamos que nuestra preocupación es hacer viable sus propuestas. A los amarillos nos interesa mucho que nuestras causas funcionen, y no tanto lo admirables que suenen al predicarlas. El amarillo mira de frente los riesgos, calcula, medita, pregunta, tantea. Trata de nunca subir demasiado la voz y evita las hipérboles. Concluye en el mismo momento en que comienza a cuestionar su conclusión. Los amarillos disfrutamos los argumentos que problematizan lo que creemos, porque nos entusiasma más la respuesta correcta que nuestra respuesta. Los amarillos somos pudorosos y antiheroicos. Enemigos de la grandilocuencia, el dedito parado, las condenas fáciles. Creemos en el perdón y en el olvido. Nos dan pena los caídos, entendemos el error, menospreciamos la perfección. No perseguimos la santidad. Los amarillos nunca somos ejemplares y creemos que el otro posee una historia más interesante que la nuestra. El amarillo ilumina sin encandilar y calienta sin quemar: si cada color tiene su gracia, la del amarillo es la curiosidad.