Se cumple por estos días un año de la entrevista fallida al ex Presidente de Gobierno de España, José Luis Rodríguez Zapatero, solicitada por el periódico La Tercera con el que colaboré por un tiempo desde Madrid.

He hecho cerca de un centenar de entrevistas y nunca las he inventado. No soy —como se ha publicado— la periodista que inventaba entrevistas. He desarrollado múltiples formatos a lo largo de mi extensa carrera: personalizadas, de semblanza, telefónicas, por email o fax. Nunca he inventado declaraciones de nadie. Soy una periodista responsable, respeto a todo tipo de personas, desde el rey a paje y hasta el bufón. Creo en el periodismo responsable, y lo he desarrollado toda mi vida en múltiples y conocidos medios de prensa escrita.

El error que casi me cuesta la carrera comenzó con un encargo desde Santiago de entrevistar al ex Presidente español, José Luis Rodríguez Zapatero. Él estaba viajando entre Madrid y Caracas, como mediador en el dialogo entre el Gobierno de Nicolás Maduro y una oposición bastante dividida. En su gabinete, donde solicité la entrevista, me dijeron que por el momento no era posible acceder y me mandaron un mail con la siguiente frase: “Te envío el link a la última entrevista concedida por el Presidente Zapatero y donde habla de Venezuela. Espero que te sea de utilidad”.

Puede ser discutible enviar una entrevista a los editores que ha sido tomada de declaraciones anteriores del entrevistado, pero no es estrictamente un error ni un plagio. Fueron declaraciones recientes —en ese entonces— sobre el mismo tema que se había pedido para la entrevista, las tomé de dos medios reales creíbles y no desmentidos.

Reconociendo mi resbalón –cualquiera puede caerse en un momento de la vida— le conté todos los antecedentes del caso al entonces sub-editor de La Tercera Pedro Schwarze, tal como me pidió que se lo enviara por email. Sin embargo no publicó nada de lo que le envié; por el contrario: tergiversó mis palabras y me impidió hacer mis descargos ante las autoridades del diario y ante los lectores. Tampoco contó que fue él quien cambió el título de la entrevista que envié, que fue lo que más molestó al político español, según me confirmaron en su gabinete.

No culpo al director, ni al diario mismo, al que respeto como periódico de calidad. No cabe duda que se produjo una mala interpretación de ambas partes en el episodio de la polémica entrevista, pero responsabilizo directamente al sub-editor de ese entonces, Pedro Schwarze, quien contó su versión e impidió que se diera a conocer la mía. Quedé totalmente indefensa. Estaba lejos de Chile y se jugó con mi honra y mi prestigio profesional. Desde España sin enterarme de la profundidad que se le estaba dando al tema, fui juzgada y condenada, sin derecho a mi defensa. Mi dignidad y credibilidad profesional fue basureada por un compañero profesional. Es doloroso porque le tenía estima.

Posteriormente enterada, nunca leí algo tan horrible como lo que se publicó de mí, hasta se llegó a poner en duda mi título periodístico obtenido en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid. Se intentó hundir mi carrera periodística que empecé tardíamente por asuntos familiares que me impidieron hacerlo antes. Mi vida por esa situación maternal no se iba a detener. En ese entonces como pyme —pequeña empresaria— más aún siendo yo el propio sustento de mis dos hijas. Yo no tenía que aceptar una “discriminación benevolente”, como hoy llaman los expertos en temas de género para poner un límite que frenara mis aspiraciones como persona. Corría con colores propios y hasta llegué a crear mi propia situación económica. Me sentía con fuerzas para abrir mi camino en la vida, mi propia maternidad me envalentonaba más. Incluso hoy sigo teniendo la misma fuerza para seguir adelante.

Posteriormente liberada de mi posición maternal, logré estudiar mi carrera universitaria que tanto anhelaba, Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid, aquí en Chile no me fue posible. Me costó construirla en un país que no era el mío, pero ahora lo es y me ha tratado mejor que Chile, mi tierra de origen. En España tengo un prestigio como periodista y corresponsal, habiendo sido incluso secretaria general de la Asociación de Corresponsales de Prensa Iberoamericana.

El daño que me crearon en Chile se extendió también por internet. Coincido con Mario Vargas Llosa en que esta plataforma “es la peste de nuestro tiempo, donde se lanzan mentiras y post verdades con un odio encubierto que es difícil desmentir o neutralizar”.

Los únicos medios que me localizaron en Madrid fueron La Segunda, que luego no publicó nada de lo que me pidió, y The Clinic que publicó una entrevista mía dándome la oportunidad para que mi voz se escuchara. Hoy, por segunda vez The Clinic me vuelve a dar la oportunidad de contar mi verdad, esta vez en primera persona, aprovechando mi estancia en Santiago por un breve tiempo. Quedo por tanto muy agradecida de que –aunque tarde— se me otorgue la posibilidad de limpiar mi nombre para continuar con mi profesión, que es la fuente de mi vitalidad.