¿Por qué nos decías que todos los curas eran degenerados cuando éramos chicas?, le pregunté a mi mamá por teléfono. Porque a los 6 años un cura me hizo “tocaciones” y ahí aprendí que nunca debía confiar en ellos y ustedes tampoco.

A pesar de eso mi mami describe sus recuerdos de la religión como “lindos”, porque los entrelaza con su amada abuela que preparaba niñas para la primera comunión y con sus primos llenando bolsitas con dulces y chocolates que un cura alto y colorín llevaba cada semana a su casa, para repartir a los niños al finalizar la misa dominical. Hasta que ocurrió lo de las “tocaciones”.

¿Y por eso dejaste de ser católica? le pregunté. Sí. No nos casamos por la Iglesia, no las bautizamos y no hicieron la primera comunión. Pero nos pusieron en colegios católicos, le interrumpí. Sí, me dijo, porque eran más seguros que los liceos y sólo había monjas, no curas.

Después llamé a mi papá. ¿Cómo fue tu experiencia con la religión cuando eras chico? Fue agradable, me contestó. Con mi hermana mayor acompañábamos a nuestra abuela a la iglesia todos los domingos porque era muy devota y le costaba caminar. Ella ponía un billete en el sobre que entregaba el cura y eso nos daba el privilegio de pasar a la biblioteca después de la misa, que para mí eran latosas. En la biblioteca nos daban chocolate caliente y galletas y mi abuela entregaba el libro de la semana anterior y retiraba otro que nos leía por las noches, clásicos de la literatura universal, lo que cultivó mi afición por la lectura. Cuando murió mi abuela no fui más a la iglesia pero no dejé de leer y de comprar libros usados.

Mis padres fueron católicos por amor a sus abuelas que los criaron y yo estudié en cuatro colegios de monjas. De primero a cuarto básico soñaba con ser igual a Sor María, una monjita gordita y bonachona que me enseñó castellano y coro. En cambio Sor Raquel, flacucha, seca y odiosa, era de esas insoportables que nos buscaba cerumen en las orejas y que me hizo odiar las matemáticas, pero nada más terrible que eso.

Las monjas que conocí en la enseñanza media eran unas españolas antipáticas que me retaban por el jumper corto, y otras más choras, de izquierda, que trabajaban en poblaciones y nos mostraban videos de detenidos desaparecidos. Una de ellas colgó los hábitos, se casó y ahora está en el wasap de las excompañeras. Las monjas nunca fueron peligrosas para mí. Eran raras, porque igual son raras las monjas. Esas túnicas negras hasta el suelo, sus velos en la cabeza, tener todas éxtasis con un mismo hombre dios espiritual, orar todo el día y vestirse igual en invierno y verano… raro.

De adolescente terminé haciéndome atea gracias a una compañera inteligente (ahora psicóloga) que me explicó cómo el Vaticano era un estado millonario y machista y porqué todo era una farsa.

Pero los curas son peor que raros. Primero, son hombres. Segundo, tienen poder, credibilidad, y están protegidos por otros curas más importantes y por todo un imperio. Y tercero, como decía mi mamá, son todos unos degenerados. Bueno, no todos, pero son tantos que dan ganas de generalizar.

La pedofilia es un delito horrendo y estos depravados que los llaman “padres” o “hermanos” se aprovechan de la inocencia de los niños y los utilizan como objetos de sus deseos reprimidos, que la Iglesia les prohíbe consumar físicamente. Por esos actos, deberían ser juzgados y castigados como delincuentes comunes y no aislados en cómodas casas con patios y salas de estar donde pueden ver tele, jugar a las cartas, orar, recibir visitas y comer galletitas con mermelada hechas por las monjitas de turno.

Hace 5 años que hago talleres de cómic para niños. Estas semanas he compartido con muchos de ellos y puedo decir que la infancia es un motor de energía pura, de amor total, de confianza e instinto, entusiasmo y emociones sin filtro. Y me cuesta tanto imaginar a los curas pedófilos llevando a sus alumnos a salas vacías para manosearlos, practicarles sexo, violarlos en sus colegios, destruyéndoles la inocencia, apropiándose despiadadamente de sus almas, de sus espíritus y de sus cuerpos (leí con detención y horror las acusaciones a los curas maristas y casi vomito).

Es un hecho más que comprobado, el celibato del clérigo católico es un imán de pedófilos, pero aún hay personas que confían sus hijos a estos religiosos porque creen que así estarán más cerca de Dios, cuando en realidad los están metiendo en la boca de un lobo asqueroso y maloliente. Un niño merece tantas cosas: amor, cariño, un hogar, estimulación, contención, comprensión, cuidado, salud y educación. Todo. Menos que un cura degenerado lo abuse.