Por Alejandra Matus

*José Bustamante y Leo Piagneri contribuyeron a la realización de este reportaje.

Gerhard Schrandt Ferrada es hijo de funcionarios judiciales. En su familia nunca hubo carabineros, pero a él le atraía el oficio. Ayudando a sus padres después de salir del liceo, conoció varias investigaciones criminales. “Empecé a leer expedientes y me daba impotencia no poder hacer nada, no poder ayudar. Eso me motivó a postular a Carabineros, después de un tiempo en que mochilié, estudié y trabajé en distintas cosas”.

En 1997, tras rendir exámenes físicos y sicológicos, fue admitido en la Escuela de suboficiales de Arica y egresó con el grado de carabinero en 1998, a los 24 años de edad. Sus calificaciones estaban entre las diez mejores de su generación.

-Por estar entre los mejores, tuve la posibilidad de elegir mi destinación. Solo no podía ir a la región donde vivía mi familia, así que averiguando con mis compañeros e instructores sobre los mejores lugares, opté por Iquique, porque me decían que era un buen lugar para trabajar y que también pagaba un buen porcentaje (extra de sueldo, por el concepto) de “zona”. Entonces, salí destinado a la Subcomisaría de Alto Hospicio. Era una unidad bien tranquila, con poquitos funcionarios y yo era el nuevo.

Alto Hospicio se estaba recién creando como comuna en ese tiempo
-Claro, la gente llegaba de distintos lugares y era bien especial porque había también mucha gente que se escondía allí, personas con antecedentes penales, y como era un pueblo prácticamente sin ley, como del Oeste, se refugiaban allí, confiando en esa poca fiscalización. Había tres grandes tomas, con gente de mucho esfuerzo, en que las casas eran de autoconstrucción y que ni siquiera tenían agua: tenían que esperar que un camión aljibes les llevara una vez a la semana. Los problemas que veíamos eran principalmente violencia intrafamiliar, drogadicción, alcoholismo, niños abandonados, muchos hurtos y robos de menor cuantía. Como recién llegado, mis primeros trabajos fueron limpiar calabozos y ordenar, lo típico, y después de eso pasé a la guardia. Como tenía buena comunicación con la gente, primero me pusieron a cargo de la pequeña central telefónica -que era la “3 Brown Juliet”- y después pasé a la guardia.

Como se aburría detrás del escritorio, Schrandt le pidió a un cabo que lo preparara como motorista.

-Era un cabo de apellido Lara, que me tomó harta estima a mí y a otro compañero de apellido Hidalgo. Lara nos convirtió en motoristas a lo compadre. Nos entrenó, nos sacó la mugre y aprendimos bien y después postulamos al curso. Nos fue bien y empezamos a salir a trabajar en las motos verdes y, paralelamente, también fui conductor policial y empecé a trabajar en los carros de radiopatrulla y en las camionetas grandes.

Y cuando empezaste a conducir autos y motos ¿qué otras responsabilidades asumiste?
-Yo me daba cuenta de que con psicología se podían solucionar muchos problemas y empecé a caerle bien a la gente. Me decían “el care’ guagua”. Sabían que yo era corazón de abuelo y si no era necesario, no me los llevaba detenidos. Me cargaba que me exigieran pasar infracciones en las ferias. A veces te exigían: “Oye, tráete tantas infracciones, ahí está el talonario y tienes que llegar con diez, por ejemplo”. Yo respondía: “¿Pero, por qué? ¿Y si no hay diez infractores, de dónde voy a sacar diez infracciones?” Y me decían: “Ah no sé. Tienes que llegar con eso o pierdes tu franco”.

Entonces yo empezaba con el cuestionamiento porque lo encontraba injusto, irrisorio a veces. La unidad estaba a cargo un capitán y un teniente que eran los dos oficiales. Después venía un sargento, que era suboficial. No había rangos más altos. Los carabineros éramos pocos y salíamos súper motivados a la calle. También rescatamos a mucha de gente. Había muchos accidentes en la ruta de conexión que iba a Arica y en la bajada del zig-zag a Iquique. Ahí salvé vidas.

Recuerdo que en una oportunidad, rescaté a una persona que estaba colgando, a punto de de caer, en una de las vueltas del zig-zag. Llegué de los primeros y le pedimos un cordel a un camionero. Me decían: “¿Qué vas a hacer? ¿podís chiporro (apodo que le dan a los carabineros nuevos)?” Y yo les decía: “Sí, puedo. Confíen en mí”. Me amarré la cuerda a la cintura y me colgué hasta donde estaba el caballero y lo logré salvar. El señor lloraba de desesperación y temblando me dio las gracias. Nunca olvidé su expresión. Me sentí más carabinero, porque eso era lo que soñaba hacer. Después de eso salvé a una bebé y a otras personas más y me gané algunas anotaciones positivas. Ahí entendí el rol del carabinero y eso me ayudaba a equilibrar las cosas malas que veía.

EL CASO DE ALTO HOSPICIO

Schrandt llevaba poco más de un año en Alto Hospicio cuando se recibieron las primeras denuncias por la desaparición de adolescentes en la comuna.

-Los jefes no le dieron importancia. Había un cabo segundo de apellido Villagra, que era buen papá, buen amigo, buen compañero, muy cariñoso, y cuando me tocaba salir con él me decía: “¿Qué pasará con estas niñitas? ¿Dónde estarán? Casi todos los demás opinaban que andaban “puteando”, pero Villagra decía: “Compadre, cada vez que salgamos a la calle, averigüemos, preguntemos cosas”. Con él y otros estábamos atentos por si veíamos algo raro, pero no teníamos más antecedentes para seguir una línea investigativa, y, por el otro lado, hubo desinterés del Alto Mando, que no dispuso un grupo de investigación serio, altiro. Tampoco se fiscalizaban las calles principales, que eran paso obligatorio de los vehículos y una medida mínima si se hubiera creído a las familias que denunciaban el posible secuestro de sus hijas. Nunca se les creyó, no se les dio importancia, porque eran pobres. Yo encontraba eso injusto y triste, pero como funcionario sin grado lo único que podía hacer era ir a ver a las personas y escucharlas. Yo veía la pena en sus ojos, y era súper triste porque pensaba qué haría yo si la desaparecida fuera mi hermana. Daba impotencia. Cuando ya había como tres chicas perdidas, y se denuncia una cuarta, te das cuenta de que aquí la cosa va como en serio, que era imposible que desaparecieran de la nada. Pero el gobierno de turno no pescó tampoco, ni el Alto Mando de Investigaciones.

Las familias denunciantes se organizaron y comenzaron a protestar frente a la Subcomisaría.

Schrandt recuerda que recién entonces sus superiores designaron a un equipo especial, “multidisciplinario”, pero que viajó a Tacna y a Bolivia porque la única alternativa que les parecía plausible era que se hubieran fugado de sus casas o que formaran parte de alguna red de prostitución o trata de blancas. Las desaparecidas llegaron a ser doce adolescentes y dos mujeres adultas.

-Tú escuchai muchas tonterías que no vale ni la pena replicar, pero era doloroso saber que las personas por ser pobres no eran consideradas. Sí recuerdo que en un momento el capitán Francisco González Carvallo, que era el que estaba a cargo de la subcomisaría, nos instruyó para que pusiéramos atención, fiscalizáramos más vehículos, e hiciéramos más controles preventivos. A veces entraban llamadas anónimas que decían haber visto un cuerpo en tal parte del desierto, pero no se indagaban porque pensaban que eran pitanzas. Se empiezan a buscar en basurales y sí se encuentran cosas, pero nosotros no estábamos preparados para hacer pericias. De hecho había un perro, un pastor alemán, que no estaba entrenado ni nada. Solo era un perro grande que cuidaba la unidad. Era Zeus, nuestra mascota. Lo llevamos a los basurales a ver si por casualidad, con su instinto, detectaba algo. Yo lo tomé y le bajaba el cuello para que olfateara, pero salió en la tele como si hubiera sido un recurso que puso la institución para búsqueda especializada. También encontramos una mochila, con rollos fotográficos y vestimentas que pertenecían a una de las niñas desaparecidas, pero se perdió porque nadie la resguardó y quedó tirada en un calabozo y luego un funcionario, sin saber de qué se trataba, la botó a la basura. La contradicción era esa pantalla institucional de generales diciendo: “Estamos preocupados, tenemos un equipo multidisciplinario”, cuando en realidad estaba compuesto por carabineros cualquiera, y te das cuenta que muchas veces la institución es una pantalla no más. Y no lo digo con odio, porque tengo amigos en Carabineros que son gente muy entregada y muy noble.

LA CAÍDA DEL SICÓPATA

Eso estaba sucediendo cuando un día, apareció en la guardia una joven desfalleciente, golpeada, sobreviviente de secuestro y violación, y relató que un sujeto había tratado de matarla. La joven recordó que el atacante la trasladó en un auto blanco, con sillines de color rojo aterciopelado y que sobre el espejo retrovisor colgaban unas figurillas de “bananas en pijama”. El capitán González reunió a una docena de funcionarios, les dio armamento UZI y les ordenó controlar a todos los vehículos que pasaran por una intersección clave entre la ruta que venía desde Arica (A616) y otros caminos principales de Alto Hospicio, buscando un auto de esas características y a un hombre robusto, de entre 38 y 48 años, de cara redonda como el que recordaba la víctima.

-Nos levantamos de madrugada y salimos a la calle súper motivados. Los carros llenos de combustible, las motos, las radiopatrullas y todo lo que teníamos como vehículos de la Unidad, que tampoco era tanto: eran dos radiopatrullas, dos zetas, y dos motos. Se dio encargo del vehículo a Iquique también. Recuerdo que estaban el suboficial mayor Lobos con el carabinero Marcelo Nenén Ule, que era chilote, que paraban a todos los autos, especialmente si eran blancos. Tienen que haber sido entre las nueve y media o diez de la mañana cuando de repente vemos bajar un auto blanco desde la autoconstrucción. El sargento y el Nenén lo paran. Yo estaba dentro del radiopatrulla: y le digo al Limón (apodo del conductor de su vehículo): “¡Las bananas hueón, las bananas!” y él también se da cuenta y quedamos en éxtasis ¡No puede ser, no puede ser! Con el corazón acelerado nos bajamos a prestar cooperación. El Nenén mira al sargento y ahí todo se empieza a revolucionar, pero la idea era que no se notara. Tenía que parecer fiscalización normal. El Nenén dice: “Caballero, por favor, detenga el motor del vehículo y el hombre, me acuerdo, muy tranquilo dice ¿Qué pasa?” Y el sargento por el otro lado le responde que estamos buscando un vehículo con encargo por robo, le pide los documentos y le dice que como no se ve bien la inscripción del motor, tendrá que acompañarnos a la comisaría. Avisamos por radio a la subcomisaría y el capitán Francisco González llegó hecho una bala en un jeep Galloper con baliza. Cuando vio las bananas en pijama colgando sobre el retrovisor y los sillines aterciopelados, empezó a hacer un movimiento característico, que era un tic nervioso que tenía.

DEL CASO ALTO HOSPICIO AL HALLAZGO DE CUERPOS

Julio Pérez Silva fue subido a uno de los carros policiales, mientras otros funcionarios condujeron su vehículo a la subcomisaría. Unos quedaron a cargo de su custodia, mientras otro grupo, comandado por el capitán González y entre los que también estaba Schrandt, inspeccionaban el vehículo. La chapa del portamaletas estaba estropeada y no se pudo abrir con las llaves del auto. El capitán les dijo a sus hombres: “O nos llenamos de gloria, o nos llenamos de mierda” y los instruyó para que lo abrieran con un destornillador. Dentro encontraron evidencias clave: dos cuchillos viejos, amarras, una polera con la inscripción: Ilustre Municipalidad de Iquique (IMI), un par de botas industriales salpicadas de gotitas de sangre y unos jeans doblados que también parecían manchados con sangre.

-El capitán gritó: “¡Este hueón es! ¡Bien cabros!” Y ahí, todos eufóricos, nos abrazamos, nos emocionamos. Fue súper especial, porque sentimos como estábamos devolviendo la rabia, el dolor de la gente, con un bien mayor. Realmente nos sentíamos policías y que estábamos haciendo lo correcto.

Julio Pérez Silva quedó detenido y la justicia dictaminó un plazo de detención, durante el cual confesó sus crímenes. Frente a la fotografía de cada víctima, señaló su nombre y la fecha en que la había asesinado. Todos los días los agentes lo llevaban a Iquique para que el Servicio Médico Legal constatara que no presentaba lesiones.

-En un turno me tocó custodiarlo dentro del calabozo. Yo aproveché de preguntarle por qué lo había hecho, por qué había matado a esas niñas inocentes. No reaccionaba, hasta que le toqué el hombro y le volví a preguntar. Él levantó la cabeza y me dijo: “Por fin me saqué el perro que mordía mi conciencia”. Quedé sin palabras. Fue tan impactante su respuesta, que nunca la olvidé.

El detenido relató mansamente sus crímenes y la justicia instruyó que equipos policiales lo acompañaran para que señalara los lugares donde había arrojado los cuerpos. En algunos casos, dijo, los lanzó dentro de los profundos piques mineros abandonados en los alrededores de Alto Hospicio. En esas tareas, a Schrandt, como motorista, le correspondía llevar colaciones y elementos técnicos al equipo policial que tomó la tarea: un Copo, en la jerga policial, compuesto por cuatro hombres: un capitán, un sargento, un cabo primero y un cabo segundo, dependientes de la Patrulla de Acciones Especiales (PAE), asentada en Iquique y dirigida por el entonces capitán Julio César Reyes Ponce. La PAE, explica Schrand, recibe ese nombre solo por su tamaño, pero estaba integrada por agentes de la unidad de elite de Carabineros, el GOPE.

-Se estima que hay unos 600 piques. La institución ha dicho que por orden de la justicia se revisaron más de 200, pero tampoco fue así. De hecho, se tuvo que hacer una jaula especial como la que se ocupó cuando rescataron a los mineros, con capacidad para tres hombres. Esta jaula tenía la finalidad de llevar equipo radial, iluminación, tubos de aire comprimido para que pudieran bajar los funcionarios y que grababan con cámara su trabajo. Eran esas cámaras de video pequeñas. Como los recursos institucionales no alcanzaban, se pidió ayuda a la empresa privada y creo que fue una pesquera la que facilitó una grúa oruga, con un brazo pluma, que permitía enganchar la jaula a cierta distancia de los piques, pues había que evitar el riesgo de derrumbes. Los que bajaban eran especialistas del GOPE que llegaron de Iquique y empezaron el registro de pique por pique. Nosotros, los carabineros de Alto Hospicio, no ingresábamos a los pique, sino que estábamos para resguardar los anillos de seguridad, para que no pasara la prensa u otros civiles. Yo podía acercarme más porque era motorista y conocía el terreno. Como era soltero pasaba citado (de turno) prácticamente todos los días. En esos días me tocó hacer los traslados de agua, las colaciones (sándwich y jugos) y las pilas para los aparatos de radio, porque se agotaban rápido por tanta comunicación. Esa era mi misión y la de un carabinero de apellido Hidalgo, a quien le decíamos “El Gato”. A él no le gustaba acercarse a los oficiales de alto rango, como que se achunchaba, y siempre me decía: “Pucha, anda tú”. Entonces en la práctica, mi capitán (Francisco) González Carvallo, que estaba a cargo de las diligencias y acompañaba al equipo del GOPE, me daba las instrucciones a mí de lo que necesitaba.

¿Tu Capitán era el Jefe de la Unidad de ellos o de Alto Hospicio?
-Quien dirigía al Copo que entraba a los piques era el capitán del GOPE y jefe de la PAE de Iquique, Julio Reyes Ponce. Él tenía más antigüedad que el capitán González y sus hombres estaban entrenados en buceo, explosivos, paracaidismo y todas esas cosas, así que, aunque formalmente el encargado de las diligencias era González, en la práctica él tenía una actitud sumisa frente a Reyes. Como todo era prestado, y la grúa tenía un tiempo limitado para ayudar en las operaciones, aunque la justicia ordenó revisar todos los piques, en realidad se alcanzó a inspeccionar un número limitado. Entrar en los piques era muy riesgoso y se ponían mallas en los bordes, para evitar que cayeran piedras y golpearan a los carabineros que bajaban. En uno de esos procesos de búsqueda, me tocó turno con el carabinero Hidalgo. Estuvimos toda la mañana ahí, de punto fijo, y cerca de la hora de almuerzo nos mandaron a la unidad (la subcomisaría de Alto Hospicio) a buscar colaciones y equipos. Regresamos unos 30 minutos después, y mi compañero Higaldo se quedó más abajo, porque, como dije, no le gustaba acercarse a los superiores. Me saqué el casco, me puse el quepí verde y así mi vestimenta se parecía mucho a la del GOPE: una fatiga, una blusa, chaleco antibalas, botas, todo prácticamente igual. Me acerqué y vi al grupo de funcionarios conversando: el capitán González, el capitán Julio Reyes Ponce, el sargento y un cabo segundo al que le decían “Chicote”. Estaban como en semicírculo. Ellos estaban de espalda y para no importunar me quedé un ratito así parado, a unos tres metros de ellos. Francisco González por acá, que era más alto, y Reyes Ponce, pegado a su lado y le dice: “¡Mira huevón, lo que encontramos!”, mostrándole imágenes de la cámara de video. Y el otro empieza: “A ver, a ver, a ver”, como alterado. “No hueví ¿Y esto qué onda?”, dice González y el otro responde: “No sabemos qué pasa” “¿Pero hay más, huevón? ¿Qué onda?” “¿Qué hacemos?”, pregunta González y el otro responde: “No sé, no sé ¿pero qué pensai tú?” Y me doy cuenta que hay algo raro porque mi capitán empieza con su tic nervioso. Pedía retroceder la imagen y decía: “Puta huevón ¿Qué pensai?”. “No sé” decía el otro, “son varios cuerpos” o algo así. Y escucho que González pregunta: “¿No serán pirquineros?” Y en mi mente empiezo a relacionar a los pirquineros con las minas antiguas, pero la reacción era extraña y me doy cuenta de que no eran las niñas (del caso Alto Hospicio). Y ahí empieza uno a decir “¿Pero, qué hacemos?” “¡No sé! Analicémoslo después”. Uno decía: “¡Chucha huevón!” y se quedan ahí. En todo eso pasa un minuto, un minuto y medio y yo me quedo callado, no sabía si interrumpir o no y antes de decir permiso, que era la intención mía, Reyes me ve de reojo, se da vuelta y me dice: “¿Y voh huevón, qué estai haciendo ahí?” Y yo le dije: “Mi capitán, traigo las colaciones”, y me dice: “¡Ya! Déjalas ahí no más!” Y González, que era mi jefe directo, agrega: “Scharandt, déjalo ahí no más. Gracias compadre”. El del GOPE me dice: “¡Ya, retírate no más!” Dejé la mochila en el suelo y digo: “¡Ah! Y las pilas de las radios están adentro”. “Ya, ya, gracias. Retírate no más”, insiste y me voy. Entonces, camino como 30, 40 metros y me acerco al lugar donde me esperaba El Gato, quien me pregunta: “¿Huevón qué pasó, te retaron?” “No”, le digo “¿Qué pasó? ¿encontraron algo?”, me pregunta, como copuchando. “Sí, parece que sí, pero no sé si son las niñas, y me dice “Sí, caché algo, están con la cámara pasándosela uno a otro, algo encontraron poh”. Y yo le digo: “De que encontraron algo, algo encontraron”. “Ya, ¿pero escuchaste algo? Estabai ahí parado”, y le dije: “Sabís qué Gato, no tengo idea qué, pero parece que son pirquineros, pero no son los cuerpos de las niñitas”. “Está súper raro y no bajan de nuevo ¿qué onda esta cuestión?” “No sé poh” “¿Pero qué hablaron?”, y le dije: “Gato, lo único que dijeron es que cuerpos … y las niñas no son, porque dirían las niñas, mujeres, alguna palabra así. Eran cuerpos y como que de repente sale la palabra pirquineros”. El Gato me dice: “Oye ¿y no serán otros cuerpos?” Le dije: “¡No sé Gato, no tengo idea!” Yo en ese tiempo nunca me había preocupado del tema político y no me imaginaba qué otra cosa podía ser.

No estaba en tu radar
-No. Para mí Carabineros era un aporte a la ciudadanía, hacía rescates, que era lo que me gustaba, salvar a la gente y prevenir el delito. Yo era súper inocentón, ignorante y creo que todavía lo soy en muchas áreas, pero para mí era un cuerpo o cuerpos, que significa que son personas, que tienen papás, tienen mamás, tienen hermanos, tienen derechos. Entonces con El Gato nos quedamos metidos y nos volvimos a la Unidad. Mi compañero me dice: “¿Sabis qué? Vamos a preguntarle al conductor de mi capitán González”, que era el cabo segundo Lara (otro Lara, no el que me enseñó a manejar motos), a quien le decían “El Hocicón” porque tenía ese defecto que si uno lo apretaba un poquito no se podía aguantar, no lo podía evitar. Era su manera de ser, era simpático y les caía bien a los jefes y siempre lo sacaban de conductor. Él era chofer de mi capitán González y cualquier cosa que uno quisiera saber, se la preguntábamos a él. Sabíamos que con un sándwich, una bebida, Lara la contaba toda: nos decía quién estaba citado, qué iba a pasar mañana. De repente decía: “Cabros solteros váyanse, apaguen los teléfonos y fondéense porque hay tal cuestión” ¡Sabía todo! Y a los que nos caía bien, después le llevábamos un sándwich, una bebida, en recompensa. Así que esa tarde, como a las 16:00 horas, bajó mi capitán González, después de almuerzo tiene que haber sido, y Lara entrega el turno. Entonces El Gato le dice: “Oiga mi cabo, ¿alguna novedad arriba?” Y Lara responde: “No, nada, todo igual. Ninguna novedad, todo sigue igual. Los cabros ahí metidos en el hoyo y todos empolvados, llenos de tierra” “Oye, pero Lara, tú hablas con mi capitán poh. No encontraste que estaba medio raro ¿tienes alguna información, ¿Encontraron algo?” ·Nooo”, dice, “¿Por qué? ¿Pasó algo?” Y le decimos: “Mira, nosotros sabemos que encontraron algo, pero no sabemos qué ¿Más niñitas o no?” Y empieza así: “Nooo, si no son niñitas, parece que son pirquineros” y nosotros insistimos: “Pero ¿pirquineros, Lara? Los pirquineros son de mucho tiempo atrás poh”. “Sí poh, eso es lo que me dijo mi capitán”. Como lo seguimos presionando, al final nos dijo: “Pa’ qué estamos con huevás. Sí, mira, pero huevón no le pueden contar a nadie de la Unidad, porque los únicos que saben son mi capitán, yo, el GOPE y ustedes”. “Sí poh -le dije para que agarrara confianza-, si yo estuve ahí y yo ya sé lo que me va a decir” Al final suelta: “Parece que son del ’73 compadre, por la vestimenta, pero no sabemos qué va a pasar con eso. Está la cagá, porque no saben qué hacer. Yo creo que esto lo van a dejar ahí no más. Y ya, no se habla más del tema, quedémosnos piola. Ustedes no han hablado conmigo y no saben nada. Y ya saben cabros, eso era por la bebida y el sándwich”.