Por Alejandra Matus.

*José Bustamante y Leo Piagneri contribuyeron a la realización de este reportaje.

A fines de 2001, Gerhard Schrandt Ferrada escuchó a los capitanes Francisco González Carvallo, entonces a cargo de la Subcomisaría de Alto Hospicio, y al capitán del GOPE Julio Reyes Ponce, quien encabezaba la búsqueda de víctimas del sicópata de Alto Hospicio, discutir a orillas de un pique minero la naturaleza de un hallazgo sorprendente y sobre qué hacer al respecto. Schrandt estaba parado detrás de ellos con colaciones y baterías para los equipos de radio que le habían pedido y los escuchó hablar por alrededor de un minuto y medio, mientras se pasaban una cámara con que habían filmado el fondo del pique. Escuchó que los oficiales hablaban de cuerpo o cuerpos, de la posibilidad que fueran pirquineros, de que no sabían qué hacer con lo que habían visto. Intrigado, Schrandt, junto a un compañero de servicio, le preguntó después al chofer de González Carvallo de qué se trataba el descubrimiento. El carabinero, apodado “El Hocicón” por su incapacidad de guardar secretos, les dijo a cambio de un sándwich y una bebida, que el hallazgo correspondería a víctimas de la dictadura. Y les pidió que no le contaran a nadie.

Schrandt quedó atento a los acontecimientos posteriores, pero pasaron los días y se dio cuenta de que no hubo ninguna denuncia judicial sobre el hallazgo, faltando al deber de informar que tiene la policía. Lentamente, la duda comenzó a corroerlo. De origen judío, el joven policía había conocido a través de los relatos familiares la historia de una tía que murió en Polonia en mano de los nazis.

-Yo no estaba muy al tanto de lo que había pasado en Chile, pero por los valores que me entregaron mis padres, sentía que cualquier persona que hubiera muerto injustamente había que ayudarla, defenderla, darle auxilio. Para mí eso es básico. No se necesita ser un sabio para hacer el bien. No entendía por qué se estaba callando esto. Yo pensaba que si ellos no habían sido los autores de esto, por qué no informar lo que encontraron.

Con su compañero de pieza, cuenta, pasaban largar horas en las noches conversando del tema. “El Gato”, un carabinero de apellido Hidalgo, le decía que lo que sabían de oídas no era suficiente para presentar una denuncia. “Me decía que, además, él estaba pololeando y quería casarse. No quería meterse en problemas”, recuerda.

-Pero para mí no fue fácil. Viví semanas, meses, años con esto y me empezó a hacer mal. Tenía que decírselo a alguien y no sabía a quién recurrir. Yo tuve siempre una carrera calificado en lista 1 por entrenamiento, rescate y mi comportamiento policial. Nunca delinquí, nunca robé, nunca hice cosas que me pudieran traer una consecuencia negativa como hombre o como funcionario. Pero con este secreto, me sentía como culpable. En las noches no podía descansar. Me quedaba pegado, dos, tres horas y no podía dormir y al otro día andaba desganado. Entonces un día se me ocurre ir donde una psicóloga institucional, al consultorio de Carabineros en Iquique y a ella le conté, por primera vez, lo que me pasaba. No se lo había dicho a nadie, ni siquiera a mi familia. Ella me dio una licencia por 11 días, pero no me sugirió ningún camino para canalizar la denuncia.

No obstante, la licencia no alivió su malestar.

-Yo siempre fui bien paco para mis cosas: me sentía orgulloso de salir impecable a la calle, pero de repente me miraba el uniforme, los zapatos, la placa y me pesaba. Me miraba al espejo y pensaba que tal vez gente con uniforme igual que yo quizá mató a esas personas y me daba vergüenza. Era un dolor terrible vivir esa cuestión. Es como si llevaras una mancha y no sabes por qué. Te sientes manchado no más.

Buscando una segunda opinión, pidió hora con una siquiatra externa, no ligada a Carabineros. “Le dije que había perdido la motivación, que me sentía cargando con esa miseria, que no era por mí, sino que culpas de otra generación y que no sabía qué hacer con eso”, cuenta. La profesional, recuerda, hizo ver que su cuestionamiento era legítimo y que su problema era profundo, pues su sistema de valores estaba en contradicción con el oficio que había escogido y lo puso en la disyuntiva de tener que resolver su permanencia en la institución.

Desde ese momento, afirma, comenzó a preparar su salida con un emprendimiento que, pensó, podría permitirle subsistir fuera de Carabineros y el 29 de mayo de 2004 presentó su renuncia voluntaria. En el expediente de salida, se señala que la conducta del funcionario hasta entonces era calificada como “Buena” y que por no haber cumplido veinte años de servicio, no le corresponde pensión alguna.

Regreso a Carabineros

Schrandt cuenta que un teniente que recibió su renuncia en Alto Hospicio trató de persuadirlo, proponiéndole que postulara a cursos de formación en el GOPE o alguna otra brigada especializada, pues pensaba que era la falta de horizontes lo que había desmotivado al carabinero. Pero el policía mantuvo su decisión y volvió a casa de sus padres. Tres años estuvo desempeñándose en distintos oficios, sin encontrar alguno que se comparara a lo que sentía en Carabineros, antes del hallazgo en el pique minero.

-Mi papá me decía: “Hijo, recapacita. Tienes una buena carrera institucional, por qué no postulas de nuevo”. Y de tanto escuchar a mi viejo, a mi familia, al final le escribí una carta al General Bernales, diciéndole que extrañaba mi institución, que había salvado personas, que me sentía bien por eso, y que quería volver. Me respondió que me aceptaba, pero que debía comenzar desde cero. Que los años de servicio previos no serían considerados y yo acepté. Hice todo de nuevo: rendí los exámenes físicos, el de conocimientos y los tests sicológicos. Entonces me reincorporé y fui destinado a la Primera Comisaría de Santiago, como motorista.

En 2008, Schrandt postuló al GOPE y no fue aceptado, pues le faltaba condición física, especialmente para el nado. Determinado, se preparó un año completo, con la ayuda de una entrenadora personal, y postuló nuevamente en 2009. Esta vez sí pasó la “prueba del agua” y una nueva ronda de tests sicológicos y de conocimientos, aún más exigentes que los que rindió antes para ser carabinero.

-Normalmente postulan unos 500 hombres, de los que se seleccionan 50 para el curso de un año y al final egresan entre 6 y 12. Yo fui seleccionado y, por notas, quedé entre los diez mejores postulantes-, afirma el expolicía.

El entrenamiento, relata, da para otro capítulo de su historia, porque incluía someter a los postulantes a distintos tipos de tortura. “Es toda una locura de adentro a la que uno se somete por un poco más de plata, por tener una mejor carrera, y por la parte de rescate, que para mí es una de las cosas más maravillosas que puede haber”, dice.

De los cincuenta postulantes iniciales, la mayoría fue saliendo porque no soportaba el entrenamiento, cuenta Schrandt. “Yo solo pensaba que no me podían matar y por eso pude soportar, pero varios compañeros, que de hecho estuvieron a punto de morir ese año, se retiraron. Nos quedaba un mes para egresar y nos llevaron a una de las últimas pruebas que es la campaña en el desierto”, narra.

El entrenamiento contemplaba, por ejemplo, soportar el hambre. Les tiraban comida a los perros y los aspirantes debían competir con ellos por el alimento. O, rastrojear sobras en basureros. “Y así, cuando quedaban pocos días para terminar, se produjo una situación azarosa, que volvió a cambiar el rumbo de mi vida”, recuerda.

El comandante que debía concluir la última fase de la campaña fue herido en un procedimiento y Carabineros debió nombrar un reemplazante. La designación recayó en Julio Reyes Ponce, el mismo oficial a quien Schrandt había visto a orillas del pique minero, en 2001.

-Quedábamos 17 aspirantes, que en el día 10 de campaña estábamos bien desgastados, flacos, barbones y estábamos reunidos en torno a una pequeña fogata, con mucha hambre y frío. De repente de las carpas que tenían los de planta, sale este hombre y cuando lo vi, me dije: “¡No puede ser! Encontrarme con él de nuevo”, y en mi corazón brota nuevamente esa necesidad de preguntarle directamente a la cara: “¿Quiénes son las personas que estaban en el pique?” El se nos acerca y nos dice: “Ya chicos, esto ya va a terminar. Es una pesadilla, lo sabemos, pero quedan tres o cuatro días. Aguanten, ustedes han sido los mejores. Han soportado hasta el final. No se pueden rendir ahora. Vienen un poco de cosas fuertes ahora, pero tienen que soportarlas porque ya vamos a terminar”. Y, después, como para subirnos el ánimo, nos empieza a contar su carrera: “Yo he hecho cosas que como civil nunca podría haber hecho”, y ahí comienza a contar historias tipo G.I. Joe, que el buceo, que el paracaidismo, que el helicóptero, todo lo que se vive adentro y luego dice: “He estado en cosas históricas que nadie ha visto” y agrega: “Yo estuve en el caso del psicópata de Alto Hospicio, que es un caso único en Chile”.

-Cuando dijo eso mi corazón se aceleró. Yo tenía una dupla (compañero) adentro, que estaba a mi lado. Una dupla es como tu hermano, que los dos siempre se apoyan, duermen en la misma carpa, hacen todo juntos. Y el comandante sigue: “Yo estuve en Alto Hospicio y yo fui uno de los que les tocó revisar los piques. Lo que vi ahí, nunca nadie lo ha visto, no se lo pueden siquiera imaginar. Son unos hoyos de 200 metros de profundidad. Algunos eran tan profundos que abajo había afluentes de agua”. Y yo pensaba: “Es ahora o nunca, pregunto o no pregunto”. Yo sabía que me podía traer consecuencias y mientras pensaba qué hacer, alguien dice:

-“Mi comandante, Gerhard estuvo en Iquique, en el norte”.

-“¿Quién es Gerhard?”, pregunta él.

-“Yo, mi comandante”, digo y él me mira.

-“¿A ver cabro? No me acuerdo de tu cara ¿estuviste en Iquique?”

-“Sí mi comandante y yo sí me acuerdo de usted”.

– “¿Y cómo?”

-“Yo me acuerdo porque fui el encargado de entregar las colaciones y el equipo radial. Yo les cambiaba las pilas cada ocho horas y les llevaba la colación con otro compañero”.

-“¡Ah!”, me dice, “El Flaco. Tú te peinabai en la moto por los cerros, sí me acuerdo. Tú fuiste el que una vez se cayó en una quebrada para abajo”.

-“No. Ese fue mi compañero”.

-“Pero sí me acuerdo”, me dijo y hasta ese momento todo era buena onda y me pregunta: “¿Y de qué más te acordai?”. Yo le dije que recordaba todo el procedimiento, que estuvieron trabajando ahí con jaula, con equipos y era harto trabajo y me dice: “Sí, harta pega” y yo le digo: “Y encontraron algunas cosas en unos piques…” Ahí me queda mirando y me dice: “¿Sí? ¿y qué cosas encontramos?” Yo le recordé que había aparecido un fuelle gigante, que tenía como 200 años de antigüedad, de esos que usaban los herreros, que lo sacaron de uno de los piques y que lo dejaron sobre una carretilla, como reliquia, en la Unidad de Cavancha. “¡Ah! Sí”, me dice, “ese quedó en la comisaría y después llegó un general, que no puedo decir el nombre, y se lo llevó para la casa, así que hasta ahí no más llegó el fuelle. Tienes buena memoria”. “Sí mi comandante… Mi comandante ¿Le puedo hacer una pregunta?” Y mi dupla miraba con cara de asombro. Pasaban los segundos. Era terrible. Tomé aire y le dije: “¿Qué hay de cierto, en lo relacionado con los cuerpos que se encontraron en Alto Hospicio, en los piques, pero que no era de las niñitas. ¿Era un pirquinero? Y todos en silencio, empiezan a agachar la cabeza, porque, claro, después nos venían los aporreos por cualquier tontera, por las preguntas que uno hacía, pero esto no era cualquier tontera. Entonces me mira y me dice: “Y voh huevón, cómo sabís tanto?” Así, de una. Y le digo: “Mi comandante, recuerde que yo era el que le llevaba la colación”. “Sí sé, pero ¿cómo sabís tanto?” Y le digo: “Bueno, el trabajo mi comandante. Yo tuve la oportunidad de estar cuando ustedes estaban con la cámara con el video, mostrándoselo a mi capitán González y estaban hablando de los cuerpos, por eso pregunto si es el cuerpo o los cuerpos, nada más”.

La confesión del comandante

Gerhard Schrandt recuerda que en ese momento recibió codazos de sus compañeros, que hubieran preferido que no continuara el diálogo. Pero entonces, el capitán les confesó lo que había visto:

-“No eran pirquineros”, nos dice. “Eran varios. Al menos 16”. No estoy muy seguro de si dijo 6 o 16, pero yo entendí que dijo 16. Y ahí se meten el teniente teniente (Carlos) Weibenger Stange y el teniente (Sergio) Gutiérrez Eggers que hacen otras preguntas y Reyes Ponce dice que por las características (los cuerpos) son del período del ’73. Weibenger pregunta: “Pero mi comandante ¿por qué dice las características?” Y él responde: “Por las características de la ropa, la vestimenta. Estaban amarrados y cubiertos con sacos; como que les tiraron sacos desde arriba”. Y después dice: “¿Alguien tiene una pregunta más puntuda?” Y todos callados y yo le digo: “Mi comandante ¿y dieron cuenta?” Y me dice: “No poh huevón. Cómo se te ocurre que íbamos a dar cuenta (informar a los tribunales)”. Entonces, Gutiérrez, que era más antiguo, le dice: “Pero comandante, ¿Esa información no se pudo entregar a tribunales?” Y vuelve a decir: “¡No! ¡Cómo se te ocurre! ¡Estai más huevón! Si estábamos con la escoba con lo de Alto Hospicio, estábamos cuestionados como policías y más encima ¿hacer aparecer esto? No, lo dejamos ahí. Lo que sí tengo son los videos cuando bajamos. Tengo esas cosas guardadas y eso nadie lo ha visto “Bueno, ya”, dice. “Muchas preguntas. Hasta aquí no más llega el tema. Prepárense para lo que viene mañana, y esta conversación queda aquí”.

-Ahí se da la media vuelta y se va con las manos atrás, medio agachado, caminando. Y algunos después me dicen: “Puta huevón, cómo se te ocurre andar preguntando eso”. Mi dupla me dice: “Qué te pasó huevón” y yo le respondo: “Puta, compita, tengo esa duda desde hace años, y no es una duda, estoy corroborando algo que yo ya sé, nada más”. Y me dice: “Puta, ahora nos van a sacar la cresta”. “Y ¿por qué nos van a sacar la cresta? Si es una pregunta, nada más. Ustedes mismos dijeron que es parte de la pega, ustedes mismos dijeron que yo estuve en Iquique y se dio la conversación y todo fluyó” “¿Pero no le viste la cara? ¿Cómo se puso?”, me decían. “Ya, pero no por eso nos van a sacar la cresta ¿De qué estamos hechos? Y empecé como a huevearlos, porque tenían susto ¿De qué tienen miedo? ¿Cuánto aporreo hemos aguantado?” Ya teníamos los puños hecho pedazos, pelados, y le digo a uno: “Mira tus manos, ¿Cuánto has aguantado? Un aporreo más, un aporreo menos ¿Qué tiene?” Y me dicen: “Es que este va a ser por tu culpa”. Hasta ahí yo nunca había tenido problemas así, que me culparan por un aporreo, entonces fue súper penca recibir esa carga. Aunque hubo otros compañeros que me defendieron.

De regreso de la campaña, en el norte, los entrenamientos de los 17 aspirantes continuaron en Santiago.

-Yo siempre tuve mucho aguante y psicológicamente ayudaba mis compañeros que se caían o se desmayaban, pero empezaron a darme duro. Por ejemplo, me ponían máscaras de oxígeno para los gases (lacrimógenos) y la máscara fallaba. O amarrado y afirmado, me ponían mangueras para adentro para ver cuánto aguantaba. Me hacían una señal de la cruz y me decían: “Tú estai muerto. Tú no vai a terminar el curso. No te vamos a dejar egresar”. Y les decía que lo iba a lograr y estuve hasta el final, siempre firme, pero los cabros me decían: “Te están cargando la mata, viejo. Se nota. te están mojando mucho, te corrigen por cualquier estupidez que a nadie corrigen. Tienes que andar con cuidado. Algo hay”. Y yo les respondía: “Pero viejo, si yo no le he hecho mal a nadie”.

ESTE LUNES: TERCERA PARTE Y FINAL DEL TESTIMONIO EXCLUSIVO DE GERHARD SCHRANDT.

Exclusivo: Excarabinero acusa a capitán del Gope de encontrar osamentas del ’73 y callar – The Clinic Online

Gerhard Schrandt Ferrada denunció a este medio y ante la justicia que dos capitanes de Carabineros -el capitán del Gope Julio Reyes Ponce y el capitán Francisco González Carvallo, entonces a cargo de la subprefectura de Alto Hospicio- buscando en 2001 a víctimas del sicópata de Alto Hospicio, habrían encontrado, inesperadamente, cuerpos que corresponderían a “víctimas del 73”, al fondo de un pique minero.

PARTE I: Del arresto del sicópata de Alto Hospicio al hallazgo de cuerpos en un pique – The Clinic Online

El carabinero que denunció a dos capitanes de encontrar y ocultar osamentas que corresponderían a víctimas de la dictadura, cuenta en esta primera parte de su testimonio cómo entró a la institución, los entretelones del arresto de Julio Silva Pérez y cómo su confesión llevó a sus superiores a un inesperado descubrimiento, que luego decidieron callar.