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El día en que Elena Donaire supo que su madre había muerto, dos desconocidos llegaron a recogerla al convento donde vivía para llevársela a vivir con ellos. “Yo no los conocía, pero no quedó otra que partir, apenas tenía 11 años”. Hasta entonces, Elena había soñado con ser Amelia Earhart, la primera mujer en pilotear un avión a través el Océano Atlántico. Así no resultó su historia. Hoy está muy delgada y tiene ojeras de cansancio. Es la huella que deja una vida explorando mundos ocultos, invisibles y marginados, entre la pobreza, la cárcel, la dictadura y el padre Hurtado.

“Mi mamá nos internó en un convento cuando yo tenía cinco años, no podíamos salir, vivíamos encerradas. Lo único que hacíamos era limpiar las cosas de las monjas. Ahí estuve hasta que ella murió y dos extraños -mis abuelos- me pasaron a buscar. Así los conocí. Y como no tenían dinero para criarme, me hicieron trabajar en un puesto de flores en Mapocho”, cuenta.

-¿Y tu papá dónde estaba?

-Cuando pregunté solo una tía se atrevió a decirme la verdad. Resulta que mi madre también estuvo internada en un convento. Y pasó que a los 16 años la fue a buscar el hermano de mi abuela, su tío, con la excusa de llevársela para ayudarlo con la pega. Puras mentiras: él abusó de ella y de ese abuso nací yo.

Elena es franca, directa e irreverente. Conversar con ella nos transporta al Chile de los años 40, el de los más excluidos. Partió como voluntaria en la Fundación del Padre Hurtado, más adelante, su interés se volcó en las personas privadas de libertad en la cárcel. Cuando se produjo el golpe militar, siguió como voluntaria clandestina. “Como había toque de queda, salía con un pañuelo blanco a repartir medicinas a los campamentos”, recuerda.

Fue a mediados de la década del 40 cuando llegó al Hogar de Cristo, para hacer catecismo a niños abandonados en la calle. Les llevaba pelotas de fútbol y dulces. Entonces tenía 15 años. “En esa época conocí al Padre Hurtado, cuando lo recuerdo, lo primero que se me viene a la cabeza es verlo recogiendo a niños abandonados que vivían a orillas del Mapocho”.

-¿Qué recuerdo tienes de él?

-Que era bueno para conversar con la gente. Hoy dirían que era un gallo medio hiperkinético porque siempre andaba haciendo algo, no paraba. Me acuerdo de una vez que fuimos a buscar niños al Mapocho, pero la camioneta se quedó en pana. Al final, todos tuvimos que empujar la camioneta, pero él se lo tomaba con humor -recuerda, entre risas.
A los 19 años, la historia de Eliana dio un giro inesperado. Con el tiempo, logró comprarse una máquina de coser e hizo un curso de costura, y cambió su rumbo. “En esa época yo me daba un beso y pensaba que estaba embarazada. Imagínate lo asustada que andaba. Finalmente, quedé esperando guagua, eso lo cambió todo”.

-¿Qué pasó?

-El papá no apechugó. Al contrario, se fue a vivir con una niñita que en esa época tenía 14 años. Entonces tuve que dejar de coser porque no me alcanzaba la plata. Esa fue la gota que rebalsó el vaso. Y como ya había sido carga de mis abuelos, no quería volver a ser carga de nadie, ahí me dije a mi misma “aunque sea limpiando baños, voy a salir adelante”.

Y así fue, pero no como en las películas. Su hijo creció en un ambiente incierto de amores contrariados. Al final, como su padre, él tampoco estuvo ahí para sus propios hijos. “Mi hijo nunca se preocupó de sus niños, por eso cuando mis nietos crecieron también cayeron en el alcohol y las drogas. Uno falleció, el otro estuvo durante años preso. Por eso empecé a visitar la cárcel como voluntaria”, dice Elena.

-¿Fue por tu nieto?

-Claro, esa fue la única forma de tenerlo cerca mío. ¿Y sabes qué es lo más divertido? Que al final casi ese esfuerzo no resultaba, porque los gendarmes se quedaban con todo, eran bien sin vergüenzas.

-¿Se quedaban con las cosas que le llevabas a los reclusos?

-Tal cual. Como en esa época llegaban muchos libros donados al Hogar de Cristo, se me ocurrió hablar con los de la Fundación para llevarlos a la cárcel. Mi idea era armar una biblioteca, pero, al final, no funcionó, los gendarmes se quedaron con todo, cientos de libros, los únicos libros que cruzaron obviamente fueron los peores, los que apenas se podían leer.

Después de 10 años de voluntariado en la cárcel, cuando su nieto salió en libertad, Elena le ofreció irse a vivir con ella. Pero al poco tiempo, él empezó a robarle cosas de su departamento. Sin otra alternativa, le tuvo que pedir que se fuera. “Para mí es un tema muy doloroso. La droga lo cambió entero, ahora él vive en la calle… Me pasa que aún lo busco en las noches, le doy comida, le llevo frazadas, pero él me gritonea, me llega a dar susto”.

Testigo de los excluidos

Hace unos días, Elena alcanzó medio siglo de voluntariado en el Hogar de Cristo. “¡He visto morir a tanta gente pobre! Si te contara las veces que me he tenido que ir a conseguir cajones, no terminaríamos nunca. Han sido 50 años de buscar ataúdes para personas que, de muertos, siguen siendo pobres, para qué te sigo contando, en la época de la dictadura fue peor”.

-¿Por qué?

-En esa época se hacía desaparecer a la gente pobre, los hicieron volar de los lugares públicos, porque lo que no se ve, no existe. Entonces no me quedó otra que ser una especie de voluntaria clandestina. Como había toque de queda, salía con un pañuelo blanco a repartir medicinas a los campamentos. Ahora, por lo menos, los pobres pueden ir a la Posta Central. Se puede decir que en algo a cambiado la pobreza en Chile.

-¿En qué ha cambiado?

-Ahora es más oculta, menos evidente. Pero siempre se jode primero a las mujeres y a los niños. Por ejemplo, en Renca, hace más de 10 años, a una jovencita le quitaron su guagüita, se la llevaron al Sename. Después de ese abuso no volvió a ser la misma, se trastornó. Tú la veías siempre cargando una muñeca, iba para todos lados con ella en brazos, como si fuera su hija. Fue muy injusto porque muchos hombres abusaron de ella, se aprovechaban de que ya no le importaba nada. Por años la fui a ver, debe haber tenido como 25 años.

-¿Nadie la pudo rescatar?

-No, la encontraron muerta… Aún me pasa que cuando salgo a ruta calle con los del Hogar de Cristo, me imagino verla caminando con su muñeca, sentada al lado del kiosco donde se ponía a llorar la pérdida de su guagüita.

En la actualidad, Elena vive de una Pensión Básica Solidaria, poco más de cien mil pesos mensuales. Dice que debe elegir entre pagar la micro o comprar sus remedios, así de dramático. A ella no le importa. Ahora está preocupada de llegar a los 100 años porque aún le faltan muchas cosas por hacer en esta vida. Y amable, pese a todas las cosas, nos regala un consejo: “Si la gente está ocupada trabajando todo el día para gastar la plata que no consigue, ¿cómo nos va a quedar tiempo para pensar en los demás?”

-¿De dónde sacas tanto aguante?

-Del flaco de arriba.