Hace algunas semanas, el periodista Eneas Espinoza (44) recibió una llamada en su domicilio en Buenos Aires. Al otro lado de la línea, un comisario de la Policía de Investigaciones (PDI) le informaba que debía presentarse en Santiago para declarar. Por fin, luego de meses de espera, había llegado el momento de volver a Chile.

En octubre de 2017, Eneas se convirtió en uno de los tres primeros relatos que acusaban públicamente a un religioso marista de haberlo abusado sexualmente cuando era un niño. En el reportaje “El oscuro sótano de los maristas”, publicado en The Clinic, Eneas contó cómo el hermano Adolfo Fuentes lo obligó a practicarle sexo oral en los pasillos del Instituto Alonso de Ercilla, cuando tenía sólo siete años.

Desde Argentina, y junto a otros denunciantes del Caso Maristas, creó una agrupación que decantó en la recientemente creada Red de Sobrevivientes de Abusos Eclesiásticos de Chile, la que representa a decenas de hombres y mujeres de todo el país. Algo impensado sólo unos meses atrás.

— Cuando hice mi denuncia pública me sentía feliz de saber que había al menos otra persona como yo. “Wow”, me dije, ya no estaba solo—, recuerda.

Hoy, en compañía de su familia -Alma, su pareja, y sus dos hijos-, Eneas repasa cómo ha cambiado su vida en los últimos ocho meses. Las fantasías que tenía antes de denunciar, los miedos de hacer pública su vida y cómo el Caso Maristas aportó, en parte, a la actual crisis de la Iglesia católica en Chile.

— Sabía que algunas cosas iban a cambiar. Pero nunca imaginé estar en este momento de Chile en el que estamos—, reflexiona.

Cuando hablábamos el año pasado, antes de que saliera el reportaje, sentí que había una especie de ansiedad de tu parte. ¿Lo recuerdas así?

– Es que ahí hay un antes y un después, porque cuando uno está pensando en denunciar tienes un montón de fantasías acerca de lo que va a ocurrir cuando lo digas. Pero, además, no es que yo haya recordado lo que me ocurrió y a los dos meses estaba en la prensa. Tardé meses en salir, literalmente, de debajo de mi cama. Primero tuve que estar lo suficientemente fuerte para poder pararme en mis dos patas y hablar. Me costó muchísimo dar el paso de salir públicamente.

¿Crees que es igual para todos los sobrevivientes de abuso sexual en la infancia?

– No creo que todas las personas que han pasado por esto tengan que ir a los diarios o salir en la prensa, pero en mi caso me sirvió mucho. Fue como agarrar un fantasma que tenía adentro y ponerlo a la luz.

¿Qué vino después de la publicación del reportaje?

– Me sorprendió mucho la cantidad de personas que me felicitaban por mi valentía y me contaban que ellos habían pasado por lo mismo.

¿Esperabas que eso ocurriera?

-No en el volumen en que llegaron. Sabía que me podía escribir alguien, pero no esa cantidad. Al principio me dije “¡Ah, mira! Me escribieron, cinco, diez personas”. Pero en un momento ya eran cien mensajes en un día. Tuve la fantasía de que iba a poder contestarlos todos y ni siquiera llegué a eso.

¿Cómo fuiste procesando eso?

– Yo, por suerte, tenía la cordillera de por medio, entonces, mi familia estaba protegida del acoso mediático. Eso me dio un poquito de distancia. Tuve la capacidad de respirar y de decir: “A ver ¿cómo avanzamos?”.

¿Y cómo avanzaste?

– Rápidamente armamos un grupo de WhatsApp con los sobrevivientes maristas. La idea era ver cómo íbamos a enfrentar esto. Aunque muy precariamente, nos pudimos organizar. “Tú hablas con esta radio, yo hablo con este diario” y así.

Una especie de precedente de la Red que fundaron ahora…

– La Red se concretó hace un mes. Tiene una estructura horizontal, y suma gente de todos los colores políticos, profesiones y orígenes socioeconómicos. Pensamos que, si bien el Caso Maristas sirvió para destapar una olla, hay historias que no han tenido la visibilidad necesaria. ¿Por qué? Porque están en regiones, o porque son personas con una vulnerabilidad social muy grande. Como Red necesitamos que ellos tengan la misma visibilidad que tuvimos nosotros los maristas, o por lo menos el mismo trato igualitario que tuvimos en la justicia.

Entre tu denuncia y tu regreso a Chile pasaron muchas cosas. La visita del Papa, la renuncia de los obispos…

– Bergoglio es un especialista en marketing, pero la verdad es que, si midiéramos su visita en parámetros de un recital de rock, esa banda no viene nunca más. Es una gira que fracasó. Ahora, lo de invitar a los obispos a Roma me parece otro acting suyo. “A ver si hago esto y los fieles se quedan tranquilos”. Desconfío de la renuncia masiva de los obispos, porque no ataca el problema de fondo. Pero me alegra el momento que está viviendo Chile en términos de que la sociedad está perdiendo el miedo y denunciando estos delitos.

¿Por qué es tan importante la imprescriptibilidad para los delitos de abuso sexual infantil (ASI) que se discute en el Congreso?

– Como dice James Hamilton, el ASI es un crimen que sigue ocurriendo y la prueba de eso somos nosotros, sobrevivientes de 45 años y que vivimos en el presente con todas las secuelas que nos dejaron siendo niños. Cuando hablamos hace ocho meses el proyecto de imprescriptibilidad estaba dormido, y hoy está a punto de aprobarse. Eso te habla de la importancia de denunciar: no sólo tiene que ver con la justicia para uno, sino que con la de todas las otras víctimas que no lo pueden hacer.

¿Qué cosas tenías pendientes en tu visita a Chile?

-Lo que más ganas tenía era mirar el barrio donde crecí. Ir a la casa de mis papás fue bastante fuerte, por más de 10 años evité ir.

¿Qué encontraste en tu antigua casa?

– Las puertas del clóset aún tenían pegados algunos adhesivos de mi paso por los maristas. Stickers del grupo de scout, lemas del Alonso de Ercilla y otros con el rostro de Marcelino Champagnat. Es fuerte recordar ese lugar y ese momento de la vida. Igual, creo que me hizo bien enfrentarlo.

¿Qué piensa tu familia de lo que te ocurrió?

– Mi papá estaba destrozado. Nos abrazamos y lloramos juntos. Me pidió perdón. Pasa que una de las primeras sensaciones que vienen es la de culpa ¿Qué es lo que no vimos? ¿Por qué no me di cuenta? Pero él no fue el único, toda mi familia fue manipulada. Adolfo Fuentes, mi abusador, era un tipo encantador. Tenía convencida a mi familia de que él era un hombre santo y bueno, que me cuidaría en el colegio y en los campamentos scout. Se ganó la confianza de mis padres hasta un punto en que, te digo, no me atreví a hablar porque sabía que si yo decía algo no me iban a creer.

En tu visita a Chile, pudiste verte con otros sobrevivientes a los que nunca habías visto, como Jaime Concha.

– Es raro, con Jaime hicimos juntos este camino pero no nos habíamos visto nunca.

¿Qué fue lo primero que se dijeron?

– Nos abrazamos, nada más. Luego nos pusimos a conversar de asuntos prácticos de la Red. Fue como continuar la misma conversación del Whatsapp. Días después fui con mi familia a su casa en Viña del Mar.

¿Fue emotivo?

– Sí. Por un lado, era un hombre al que yo nunca había visto, pero ¡es Jaime! Alguien a quien siento como de toda la vida.

Con todo lo que ha pasado ¿sientes que has ganado algo con esto? ¿Cuál ha sido el costo?

– No es fácil. El tema es escabroso y agota tenerlo sobre la mesa las 24 horas. En algún momento hay que desconectar y pensar en otra cosa; no solamente por tus fantasmas personales sino porque la vida debe seguir. El costo familiar es muy alto, pero nosotros decidimos pagar ese costo porque lo consideramos fundamental no solamente por mí, sino que también, por la sociedad chilena. O sea, es como te comentaba al comienzo: todo el costo ha valido la pena por lo que vino después. Sinceramente, nunca pensamos que íbamos a llegar acá.

El oscuro sótano de los Maristas – The Clinic Online

El escándalo que remece a la congregación marista suma sus primeros testimonios. Tras la primera denuncia dada a conocer en septiembre pasado, The Clinic recopiló testimonios que vincularían a nuevos hermanos, laicos y a sacerdotes de otras congregaciones en eventuales episodios de tocaciones, masturbación y sexo oral cometidos al interior de colegios maristas y paseos scout.