“Encantado de conocerte,
espero que adivines mi nombre.
Pero qué es lo que te confunde
es la naturaleza de mi juego.”

“Sympathy for the devil”.
Autor: Mick Jagger, sempiterna mufa de la selección de fútbol de Inglaterra.

Sé que es de muy mal gusto lo que voy a hacer, pero antes de comenzar esta columna necesito pasar un aviso: Si usted ha visto un dron que anda perdido desde el domingo por favor escríbame a eltiomamo1973@gmail.com. No hay recompensa.

Dispénseme usted la rotería, ahora comienzo.

Chile cambió. Qué duda cabe.

¿Pero cambió para mejor? Por supuesto que no. ¿O me va a decir usted, amable lector de este pasquín zurdo, que el destape de las fechorías de nuestra élite es positivo para los ránkings de confianza y/o la inversión extranjera? La pregunta se contesta sola (ministro Varela, usted absténgase).

Nuestra clase política lleva los últimos años en estado de alerta. Con la llegada de la democracia (iugh) varios periodistas se han dado maña para no formar parte de los círculos de poder y, con una desfachatez impresionante, denunciar los errores involuntarios de connotados políticos de nuestro terruño.

El chivo expiatorio (porque claro, no iban a caer todos, jóvenes ilusos) fue Jaime Orpis. Un político de segunda línea y de intermitentes visitas al dentista, que pagó caro su falta de cercanía a los coroneles de la UDI.

Otro candidato al patíbulo fue (en similares circunstancias) ni más ni menos que Iván Moreira, alias “El Canuto Facho”. Que aunque más conocido que Orpis, no era mucho más cercano a las esferas del poder. Su crimen (haber sido pillado en sus chanchullos) lo convirtió en el primer exiliado del sur de nuestra derecha cavernaria. In your face Violeta Parra.

No obstante, Moreira, en un acto de justicia divina, se sobrepuso a la adversidad, y con la ayuda de Dios (transfigurada en una olla de dinero entregada por Penta) logró obtener la segunda mayoría en las parlamentarias de la región de Los Lagos, región a la que había sido enviado a morir. Fue acaso esa la mejor demostración de que al Dios de la Iglerecha poco le importan los métodos, siempre y cuando se logre el objetivo.

“El fin justifica los miedos”, solía decir Augusto.

Dada la impoluta altura moral del senador, era cosa de tiempo para que nuestro adalid de la palabra de Dios comenzara su arremetida contra la agenda anti-valórica de los activistas marxistas-feministas-mapuches–haitianos-progresistas-bolcheviques-manchesterianos que se han tomado los medios de comunicación. Porque no es suficiente que Kast invoque la Ley Zamudio, o que Carlos Larraín diga que hubo injusticias al castigar a los militares implicados en crímenes del Gobierno Militar. ¡No señores! El mensaje de Moreira es tan honesto como demoledor, capaz de opacar hasta la retórica del apóstol Pablo: “La izquierda en Chile, quiere destruir a la Iglesia Católica para imponer la agenda del Diablo”. Ha sido la voz que se ha levantado en este desierto marxista.

Porque sabemos que los crímenes de la Iglesia son fruto de la magia negra que practica Baradit (financiado por movimientos de ultraizquierda que buscan un tercer reich de Bachelet), y que la curia ha callado los abusos de las últimas 250 décadas solo para proteger el mensaje del Nazareno. Perdóneme, que llegado a este punto me emocione pero el pundonor y la generosidad del clero chileno parece no tener límites. A tanto llega la humildad de Ezzati que ha menguado en su función de dirigir el Te Deum de este año.

Por último, y para ir cerrando esta que será sin duda alguna, la mejor columna jamás escrita para este pasquín, no puedo dejar pasar la ocasión de referirme a uno de los pocos hombres de derecha que podría ser catalogado como “renacentista”. Un hombre que se hace llamar sociólogo sin haber terminado la carrera, un escritor con más faltas de ortografía que tuitero sin corrector ortográfico activado. Un adulador de mujeres cuya creatividad sólo es comparable con la de los obreros de la construcción. Un hombre que ha sido fustigado precisamente desde este medio y que, a mi parecer, merece una fe de erratas.

En el reportaje de Alejandra Matus se asegura que, por ejemplo, Fernando se propasó con la Doctora Cordero, lo cual es una verdad a medias. La parte que no se cuenta es que esa vez le aposté una luca a Fernando Villegas a que no era capaz de decirle a la Doctora Cordero que tenía buenas tetas. Lo sé, sé que estuvo mal. Debí apostar quinientos pesos no más.

La interrogante, entonces, salta a la vista ¿Es el Clínic parte del grupete que quiere imponer la “Agenda del Diablo”? Es un misterio que, ahora que estoy infiltrado, debo resolver.

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