Ni eran sólo anécdotas ni quedaron en el camino, como dijo el Presidente apenas en julio. Los cambios de gabinete, en general, no se avisan (a menos que sea vía Don Francisco). A cada declaración, palabras de menos y palabras demás, Sebastián Piñera fue poniendo un porotito en el cartón de sus ministros hasta completarlo. Le llenaron la paciencia.

Los cambios de gabinete a pocos meses de iniciado un nuevo gobierno ya no debieran sorprender y no dan para análisis comparativos respecto de qué gobierno hizo cambio a los 3, 4 o 5 meses. Lo que era un shock político en los 90 – desarmar el equipo de ministros a poco andar-, a estas alturas constituye una medida quirúrgica y de eficiencia: no dejar que la gangrena avance, no alimentar los argumentos de la oposición, no darle la oportunidad a la prensa de La Moneda de preguntar hasta el aburrimiento “¿y cuándo es el cambio de gabinete?”. Cuestión que sí hizo, por ejemplo, la ex Presidenta Michelle Bachelet al postergar lo inevitable hasta que el caso Caval le llegó casi a las rodillas a su ministro del Interior y cuando el torrente de críticas ya había barrido para siempre con su popularidad y credibilidad y había arrastrado a su hijo desde la Dirección Sociocultural hasta el lodo.

El Presidente Piñera es ducho en el cálculo rápido de costo-oportunidad, cuánto se pierde y cuánto se gana en una pasada. Hacer un cambio de gabinete a los 5 meses implicaba asumir que se equivocó en los nombramientos, pero es mucho mayor la ganancia de presentarse ante los chilenos como un Mandatario que no tolera estupideces, que está al mando, que hace lo que hay que hacer y lo hace rápido porque el mandato es corto.

El cambio de equipo ministerial se concretó hace apenas un rato (para efectos del cierre de esta columna) y sólo con el paso de los días sabremos con certeza qué fue lo que pasó con Gerardo Varela. Pero las preguntas y dudas en torno al personaje político y su sicología no dejan de ser interesantes.

Hay dos posibilidades para analizar esta desvinculación. La primera es la del suicidio inconsciente. No deja de llamar la atención la persistencia de Gerardo Varela por hacer declaraciones incómodas inapropiadas y polémicas un día sí y el siguiente también, exponiéndose temerariamente al desastre cada vez, como si anduviera buscando estrellarse. Un caso digno para un siquiatra político.

Cabe especular que al ministro Varela en realidad le haya horrorizado lo que vio en Mineduc cuando se instaló allí. Imaginar que quien se declaró a sí mismo como el hombre acertado para el cargo en la revista Capital, se decepcionó de un ministerio feroz, elefantiásico y complejo. Los desafíos políticos y programáticos en Mineduc son siempre enormes, las políticas que desarrollar son siempre macro. Y esa gestión hay que hacerla lidiando con un frente interno que deprime a cualquiera.

En Mineduc hay capas geológicas de funcionarios enquistados de gobiernos y administraciones anteriores. Hay áreas del ministerio donde habita gente que trabajó en el régimen militar. Si aplicamos carbono 14 encontraremos programas de Mineduc duplicados y triplicados en el tiempo y a cargo de gente que fue parte de la gestión de José Pablo Arellano, de Ricardo Lagos o de Pilar Armanet. Hay divisiones de Mineduc que son “propiedad” de distintos partidos de todo el espectro, y donde se enseñorean verdaderos caciques que en su tiempo trabajaron para Mariana Aylwin, otros que eran parte de la estructura partidaria del PPD y servían a los intereses de Sergio Bitar. Hay direcciones regionales manejadas por “amigos” de los sostenedores; programas a cargo de “amigos” de los salesianos o de los legionarios, iniciativas de las que se apoderaron un grupo de señoras esposas de dirigentes DC que con suerte egresaron de un curso del Carlos Casanueva, y también hay parcelas del Colegio de Profesores. Con toda esa fauna jurásica debe conversar y negociar cualquier ministro de Educación que quiera hacer algo en Mineduc. Los más sensatos se restringen a actuar en los límites de su gabinete en el séptimo piso y, no meten mano en nada. Sacan adelante uno o dos proyectos de ley que le haya encomendado el Presidente (a) y dejan que todo lo demás siga funcionando como siempre: los ministros pasan, la gente de Mineduc queda. Allí sigue impertérrito Pedro Montt, solo por citar un ejemplo.

Es imaginable que después de la zorronería de autodenominarse el hombre indicado, el desaliento se haya apoderado de Varela y haya comprendido que nunca podría hacer nada de lo que su ideario político le imponía. De hecho, Varela no hizo nada respecto a revisar la gratuidad, no avanzó gran cosa con el proceso de desmunicipalización, no logró adelantar en el Congreso el fin del CAE y aprobar el nuevo CAE. En esa situación, es probable que Varela, en su inconsciente, haya hecho nuevas declaraciones cada día buscado poner fin a la tortura y poder volver a su oficina especializada en fusión de empresas y a las columnas provocativas de El Mercurio. Hasta que lo logró. ¿Por qué no se fue antes y por su cuenta? Porque renunciar es para los débiles, no es de campeones.

La segunda posibilidad es que Varela no haya querido este final y que, efectivamente, fue el Presidente Piñera quien lo echó a su pesar. En ese caso, todo indicaría que Varela llenó su cartón de imprudencias este jueves por la mañana al salir a responder sin que nadie se lo pidiera la entrevista que la ex Presidenta Bachelet dio a The Clinic.

La ex Mandataria hizo declaraciones bastante controvertidas a The Clinic si la idea era cuestionarla políticamente. Partiendo por su análisis económico del gobierno de Sebastián Piñera. Puede ser que Varela no haya resistido la oportunidad de quedarse callado, y en vez de eso, y a propósito de la tontera de los bingos, cometiera el error político de darle a Bachelet la posibilidad de mostrar su gravitancia y el poder que ejerce aun desde su retiro. Un subalterno no puede validar el poder del adversario acusando recibo a gritos de los bofetones que le propinan a su jefe. Varela respondió este jueves a dos pesadeces que dijo Michelle Bachelet y, con ese gesto, confirió realidad política a todo el resto de lo que Bachelet planteó en la entrevista y le otorgó capacidad de incidencia en la gestión de Piñera. Cualquier jefe despide a un empleado tan torpe que atornilla para atrás solo porque es incapaz de morderse la lengua.

¿Quién sale ganando en estos momentos con este cambio de gabinete? No Cecilia Pérez. Como el Presidente no sacó ni a José Ramón Valente ni a Emilio Santelices, la estadística indica que ella tendrá que seguir dando explicaciones por las palabras de menos, las palabras de más y “las anécdotas” de ese par.

Hay dos ganadores a primera vista: Una es Michelle Bachelet, que demostró su poder para desconfigurar el gobierno de Piñera e impactar en La Moneda con una sola entrevista y sin moverse de su escritorio. Con todo lo que la han vapuleado, puede saborear ese gustito antes de irse a la ONU. El otro triunfador es Manuel José Ossandón. El no se ha cansado de decir que Piñera tenía que sacar a Varela, y a ese otro y a la de más allá también. Ahora puede vanagloriarse de su influencia y de visión política y si quiere, al menos por un tiempo, puede disfrutar de sentirse varios metros más cerca del sillón presidencial de lo que está su competidor José Antonio Kast.