Por Rafael Otano

Si algún atributo propio posee la política moderna es su condición persistente de crisis. Todo es motivo de fragilidad e incertidumbre. Las palabras, los gestos, los silencios, las iniciativas de los actores más significativos se convierten al instante en combustible ante esa hoguera 24×7 que es hoy la opinión pública.

Piñera entró con ganas de velocidad. Aquellas reuniones antes de asumir el cargo, lápiz y papel en mano, con los altos cargos del gobierno Bachelet olían a peligro. El presidente electo estaba absorbiendo las células grises de sus adversarios para entrar inmediatamente en la pelea. No quería perder ni un minuto.

Muchos esperaban un gabinete con mayor carga pragmática que ideológica. Se repitió que Piñera había aprendido del débil tonelaje político de su anterior cuatrienio. Era lo que parecía más sensato. Pero la realidad del nuevo gobierno en sus nombres y apellidos fue muy otra: se colaron personajes de altas pulsaciones, sin mucho deseo de negociación. Gente a quien la palabra política le suena a lentitud, a paciencia, lo contrario exactamente a su temperamento. A Piñera le toca controlarse, comerse las uñas, pero pertenece en su interior a esa tribu de impacientes.

Piñera no solo es hiperkinético. Como buen jugador de bolsa, sabe ser atrevido. Había en las filas de Chile vamos demasiadas cuentas pendientes contra el gobierno que salía. Piñera también estaba personalmente muy molesto con las derivas de la Nueva Mayoría, así que puso pimienta muy picante en su equipo. Por supuesto que nombrar al locuaz Valente para Economía era una señal de que las más fuertes esencias liberales quedaban prendidas. En algunos de los temas que más habían agitado las calles (educación, mujer, salud, medioambiente) las ministras y ministros nombrados no eran para nada del gusto de los núcleos activistas organizados. En estos casos, cada una de estas carteras ha tenido su propio manejo.

Isabel Pla está mostrando desde el ministerio de la Mujer gran habilidad táctica y ha sabido escuchar y sobrevivir a las movilizaciones de los grupos feministas. Es sin duda un valor en alza. Marcela Cubillos desde Medioambiente no pudo levantar un perfil que ahora necesitará en Educación.

Pero los personajes más conflictivos del equipo inicial, junto con Valente, son Emilio Santelices y Gerardo Varela. Los tres tienen en común un profundo desapego de lo público y una devoción ejemplar por las iniciativas privadas. Están involucrados en el poder duro del dinero y los contactos, y viven políticamente muy lejos del Paradero 16 de la Gran Avenida. El caso de Gerardo Varela es el que ha proyectado de manera más escandalosa, y a veces pintoresca, el discurso de ciertas élites que viven en sus crisálidas de control de empresas y doctrinas inoxidables. Su famosa apelación a los bingos supone la caricatura algo patética de lo que Chile ha vivido como régimen político neoliberal.

Tan indignante como esta actitud de Varela es la reacción de algunos próceres de la oposición ante el lapsus del exministro. Una oleada de calculadas denuncias recorrió las filas del llamado progresismo. Bramaron. Pero los bingos en nuestra recuperada democracia son más viejos que la tos. Buscan en los bolsillos habitualmente ya muy esquilmados de modestos ciudadanos recursos para problemas que un estado decente tiene que asumir de oficio. Aquel rasgarse las vestiduras mostró una actitud farisaica.

El ajuste de gabinete supo a poco. Varela ya estaba quemado y Alejandra Pérez en Culturas molestó quizás a nivel político más interno. Ella apenas ha sido argumento en esta crisis. Pero el mandatario puso orden: varios ministros sintieron que casi les rozaba el beso frío del váyase. Cada uno habrá sacado sus lecciones.

Con este ajuste, el gobierno de Piñera parece tomar un sendero en que el ayatolismo neoliberal no tendrá lugar. Un suave viraje hacia el centro podría ser la interpretación de este mea culpa del Presidente. Pero la impetuosidad de Sebastián Piñera no sabe mucho de mea culpas y arrepentimientos. No es este el mejor de sus rasgos de carácter.