Mi papá me regaló una guitarra a los 16 años. Yo se la pedí, pero nunca la toqué. Él, sí. Cuando niña me componía canciones de cuna. En las fiestas guitarreaba Sui Generis. En sus fotos de joven se ve guapo con una guitarra en las manos. Hace seis meses mi papá murió y decidí aprender a tocar la guitarra que me regaló.

Estoy yendo a clases para aprender a sacar la voz y cuando canto y toco guitarra, se me mezclan el duelo y el aprendizaje. Mi profe de canto es un chico de pelo de colores que también está buscando expresarse a través de la composición. Mis ambiciones son más acotadas, pero ambiciones al fin. Mi papá murió en febrero y yo empecé a arañar la guitarra en mayo. Pensé: de aquí a fin de año, ojalá aprenderme una canción; de aquí a los 35, ojalá haber compuesto una. Han pasado tres meses y ya me sé cinco canciones: de Las ligas menores, de Yeah Yeah Yeahs, de Fun People, de 31 minutos, de Shakira. Miro en videos de Youtube como otras personas tocan y les copio. No es tan difícil si te aprendes los acordes. Lo difícil es hacer el cejillo, que es usar el dedo índice para cubrir todas las cuerdas y así desplazar el lugar donde se tensionan en el mástil. Tengo callos en las yemas de los dedos y en el borde del índice que uso para hacer el cejillo. A veces me arde la piel o me arranco con los dientes las durezas que me van apareciendo.

El canto es otra cosa, una vergüenza, una impotencia, una humillación. Es frustrante querer sacar la voz y que lo que suene sea un raspado ignorante y tímido. Mi profe de canto me enseña dándome consejos que saben a la vida misma. Si te duele es porque lo estás haciendo mal, dice. Sólo tienes que respirar hondo y confiar, dice. Me gustaría cantar como Whitney Houston o Ariana Grande, pero soy Arelis Uribe y me sale cantar como canto. Mi profe dice que sueno medio folclórica, Cranberries. Yo siento lo mismo que cuando estudiaba periodismo y recién tuve que enfrentarme a armar notas o programas de radio y no poder creer lo chillona e insoportable que es mi voz. La mayoría de las veces detesto como sueno. Unas poquitas veces me escucho y vibro con la potencia de algunas notas sostenidas que me salen no sé cómo. En una charla TED, que me gusta mucho, llamada “El poder de la vulnerabilidad”, la autora, Brené Brown, dice que la gente genuina –y quizá feliz– es aquella que dejó de vivir según lo que el resto espera de ellas, para vivir según sus propias pulsiones. En la literatura es igual. Una voz original es la que saca de adentro lo que tiene con honestidad brutal, sin pensar en lo que dirán la mamá, la polola o la vieja que le vende los tomates, como decía Fogwill. En el canto presiento el mismo principio, las veces que toco disfrutando hacerlo, la melodía de mi voz y de mis manos fluye mucho más que cuando toco pensando en no equivocarme. Cuando confío en lo que canto, mi cuerpo vibra conmigo, fallo menos, abandono una expectativa ilusa de perfección inalcanzable.

Mi amigo Feña Lechuck, con quien alguna vez tomé clases de guión, me explicó que los personajes tienen meta y deseo, y que una mezcla de ambos es el vector que los empuja a actuar, a moverse. Mi meta era esa, tocar al menos una canción, pero mi deseo en realidad es otro, algo que corre por debajo. El otro día vino mi mamá y se lo conté. Le dije, ¿te puedo mostrar lo que sé? Y ella, claro, hija. Le canté la canción de Fun People, que es la que me sale más decente, porque es la que disfruto más tocar, ella dijo que mi voz era linda o que estaba bien impostada. Le dije que sí, que eso aprendo en clases y después le confesé todo, le dije, estoy aprendiendo “De la ausencia y de ti”, de Silvio Rodríguez, porque me recuerda a mi papá. Sí, dijo ella, a mí también. Me gustaría que pudiera verme, que viera cómo toco, pero ya no puede, hay un vacío tan grande desde que murió. Sí, dijo ella. Me gustaría hacer eso que hacía él ¿Qué cosa?, preguntó mi mamá. Eso poh, le dije, cantar en las reuniones familiares. Quiero ser esa persona, ocupar el espacio que dejó su voz.