Eduardo Valenzuela.

“En el Hogar de Cristo somos bomberos; no somos una universidad para apagar incendios. El Hogar de Cristo no puede solucionar el tema de la pobreza en Chile, pero su misión inclaudicable es hacer presente que existe y que no podemos ser indiferentes a ella. Necesitamos que las personas se sensibilicen”, dice Eduardo Valenzuela (62), médico del programa de Geriatría y Gerontología de la Facultad de Medicina de la Universidad Católica de Chile.

Aunque es formado en la Chile, ha hecho carrera en la Católica, pero su compromiso personal ha estado siempre con la obra del padre Hurtado. “Soy un médico del Hogar de Cristo, que circunstancialmente trabaja en esta institución”, dice, medio en serio, medio en broma, en su oficina de la Facultad de Medicina. Desde que egresó, tenía un ánimo distinto al de sus compañeros; le interesaba profundamente lo social y en la residencia de adultos mayores de la Estación Central tuvo una de esas experiencias transformadoras que significa enfrentarse al dolor de los más pobres. Así empezó a colaborar como voluntario y terminó como médico a honorarios durante 12 años. “Quiero mucho a los Renatos. A Renato Hevia, que fue capellán del Hogar de Cristo, y al también capellán Renato Poblete, de quien, con mi señora, que es matrona, fuimos muy amigos”.

Su vínculo no ha cesado. Hoy coordina el convenio que mantiene la UC con el Hogar de Cristo, que implica llevar a los alumnos de primer año de Medicina a asear, mudar y ayudar a los adultos mayores de la residencia Josse Van der Rest. “Para que sepan que lo primero es servir y se conecten con la realidad de los más desvalidos”, sostiene. También incluye trabajar con los post becados en geriatría en la de Recoleta y atender a los enfermos terminales de los distintos hogares. “El padre Hurtado venía a buscar a estudiantes de medicina del último año para que lo ayudaran en el Hogar de Cristo. Hay algunos aquí que participaron de esos trabajos, como el doctor Arteaga”, cuenta.

Valenzuela es especialista en la salud y la enfermedad de los ancianos, de las personas de la tercera y de la cuarta edad, y, por eso, le llegó tanto la historia triste, trágica, estremecedora de Jorge Olivares (84) y Elsa Ayala (89). Jorge le disparó a Elsa, su mujer por más de 50 años, que estaba postrada y sufría de cánce terminal, y luego se quitó la vida. Para esta entrevista, el geriatra leyó todo lo que apareció en la prensa sobre el caso e hizo hizo un diagnóstico post mortem del matrimonio que vivía en Conchalí, en una calle que conoce bien.

“Elsa y Jorge van a ser una noticia que pronto se olvidará, porque así están los tiempos. Pero Elsa y Jorge representan la realidad de una buena parte de los adultos mayores de Chile. Tenían casa propia, lo que es una gran cosa. Entre ambos juntaban más de 400 mil pesos de ingresos. No tenían una vida holgada, pero tampoco calificaban para entrar a una residencia del Hogar de Cristo; no eran indigentes. Yo he pensado mucho sobre esto. E hice el ejercicio de mirar a Elsa y Jorge como si fueran mis pacientes”, comenta, sacando una hoja donde ha dibujado 4 casilleros.

La geriatría, afirma, es un modelo de análisis integral. Y un geriatra solo no sirve, porque se requiere agregar enfermeras, trabajadores sociales, psicólogos, hasta arquitectos, para atender con una mirada sistémica a los pacientes.

-Eso es en el mundo ideal, porque entiendo que Chile tiene poquísimos geriatras…

-Efectivamente. Hay unos 100 y si apretamos la norma se requeriría de 400, aunque el ideal sería contar con 500. Y hay que agregar a todos esos otros especialistas de que te hablaba, porque la geriatría es un sistema. Con esa mirada, analicé a Elsa y a Jorge, ambos personas frágiles. Ella no era autovalente, tenía un cáncer con metástasis y una demencia senil. Él tenía una hernia y estaba cada vez más limitado funcionalmente. Ambos eran personas frágiles que necesitaban cuidados paliativos.

QUITARLE EL REVÓLVER

Los cuatro casilleros que ha dibujado en su página el doctor Valenzuela corresponden a sendos conceptos. Fragilidad es el primero y alude al alto riesgo sistémico de todo tipo que tienen los adultos mayores. “La fragilidad se mide viendo a qué velocidad camina la persona y varias otras pruebas funcionales. El dominio funcional es algo imperceptible cuando lo tenemos, pero clave cuando se pierde. Jorge tenía una hernia que le estaba impidiendo ir a comprar el pan, por ejemplo”, detalla. Luego están los aspectos bio médicos; lo mental y lo social. “Esas son las cuatro dimensiones que se requiere abordar. En materia de salud mental, Elsa tenía una demencia senil y, por lo que se ha sabido de él, lo más seguro es que Jorge padeciera de depresión. Tenía la sobrecarga del cuidador, probablemente estaba sobrepasado en sus límites físicos, síquicos, emocionales. En lo social, sólo recibían las visitas de un sobrino, no tenían hijos y contaban con los cuidadores externos del Centro de Salud Familiar, del Lucas Sierra, que es el que les correspondía por su domicilio. En síntesis, eran dos personas mayores con altas necesidades de cuidado y uno, estaba deprimido y sobrecargado, lo que daba para que se encendieran todas las luces rojas”.

El médico saca a colación los resultados de un reciente estudio hecho por Ana Paula Vieira, académica de Gerontología de la Universidad Católica y presidenta de la Fundación Míranos, según el cual la tendencia al suicidio en las personas mayores de 70 años en Chile es de 13,2 muertes por cien mil personas, mucho más alta que las 10 por 100 mil del resto de la población. Dice:

-Con ese escenario de valoración geriátrica, era evidente que Jorge se podía suicidar. Cuentan que él había dicho: “Voy a cuidar a mi señora hasta donde pueda y cuando no pueda, ahí se acabó”. Incluso alguno de sus cuidadores externos alguna vez vio que tenía un revólver en la casa y no quiso hacerle ninguna observación por respeto. En las personas mayores los suicidios son de alta letalidad y los métodos son muchísimos más cruentos: ahorcarse, dispararse, envenenarse, en ese orden.

-¿Qué habrías hecho tú si los hubieses estado tratando?

-Llamar a los Carabineros para que les quitarán el revólver, eso desde luego. Hay otro elemento a considerar: Jorge y Elisa llevaban juntos más de 50 años y a él se le estaba proponiendo internar a su mujer en un hogar de ancianos. Él sintió con ello que su autonomía estaba siendo violentada; pasa mucho que los familiares, los cuidadores, los demás buscan decidir por las personas mayores, lo que es un error, porque ellos son autónomos y hay que respetarlos. Separarse de Elsa, a la que evidentemente amaba, era algo tremendo para él y, por eso, tomó la decisión que conocemos y, al hacerlo, de alguna manera ejerció su autonomía. Ellos se fueron juntos. No aceptaron separarse.

-¿Pero cómo se les respeta la autonomía y, al mismo tiempo, se les protege de una decisión fatal como la que tomó Jorge?

-Integrándolos y entendiendo que ellos tiene derechos. En el reciente Congreso de Geriatría y Gerontología el lema era “Por un adulto mayor integrado” y en el panel que me tocó moderar me quedó clara la necesidad de fortalecer las políticas de apoyo al adulto mayor. El país envejece, pero la urgencia es ahora. Volviendo al caso de Jorge y Elsa, a ellos habría que haberlos internado juntos en un hogar de ancianos. Él tendría que haber podido explicar que no se quería separar de ella. Y entre todos tendríamos que haberle ayudado a vender su casa para pagar el hogar para él y con las pensiones de ambos solventar la estadía de ella, y así permanecer juntos. Ese habría sido un escenario posible. Lo otro muy necesario era haber iniciado un tratamiento antidepresivo para él.

HASTA QUE LA MUERTE LOS SEPARE

-¿Qué lecciones se pueden sacar de este caso tan dramático?

-Yo quisiera que esta conversación sirviera para instalar en las personas la conciencia de qué puede hacer cada uno para ayudar a los adultos mayores de su cuadra, de su barrio. Es muy importante que en estos casos operen las redes e influencias locales que uno tiene. Eso es algo que se debe instalar en nuestra sociedad. ¿Qué hago yo para que esto no pase? ¿Qué haría Cristo en mi lugar? Si hubiese un Hogar de Cristo en cada barrio, como soñaba el padre Hurtado, Jorge y Elsa no estarían muertos, de eso estoy seguro. Los Programas de Ayuda Domiciliaria para los Adultos Mayores (PADAM) del Hogar de Cristo, que prestan ayuda ambulatoria en sus casas a los ancianos más vulnerables desde hace muchos años, es una muy buena estrategia. En 2017, hubo 47 programas, con 2.400 adultos mayores atendidos.

-Pero no es suficiente…

-No, los programas de asistencia no dan abasto. Y esto sólo va a ir empeorando, porque tenemos una población de adultos mayores progresivamente fragilizada, excluida, con resultados como el de Jorge y Elsa.

-Envejecer juntos parece positivo, pero cuando muere uno, el que queda solo se desploma.

-Envejecer acompañado es un factor protector. Cuando alguien enviuda se enciende una luz roja, sobre todo si el sobreviviente es el hombre. La mujer tiene muchos más recursos, los hombres somos unirol, nos cuesta más. Por eso los hombres se suicidan más que las mujeres. Para ayudar en estos casos lo fundamental es la empatía. Hay que entender, por ejemplo, que el self no envejece como lo estructura exterior. Las personas mayores se sienten más jóvenes de lo que se sienten. Y la vida se ve muy distinta a los 80, a los 90. Te quedas sin proyecto, sin esperanza, sin un camino por delante. Hay allí un maltrato cultural.

-Ser viejo es difícil en sí mismo…

-Es un dato de la causa que envejecer es complicado. Pero ser viejo en Chile no está nada fácil. El 77 por ciento de los adultos mayores dice sentirse excluido, más del 89 por ciento está en Fonasa, los mayores de 80 tienen la tasa más alta de suicidios del país. En nuestra región y particularmente en Chile estamos envejeciendo cada vez más y cada vez más pobres. La longevidad se está convirtiendo en una medida de inequidad, porque ser viejo y pobre es un drama. Existe una máxima muy certera: “Hay una condición ciento por ciento letal: estar vivo”. O sea, todos estamos condenados al envejecimiento y a la muerte, por eso debemos ocuparnos de hacer que la vida de los adultos mayores sea lo mejor posible. Integrarlos, considerarlos, respetar sus derechos, son tareas de todos.

Eduardo Valenzuela está preocupado. Sabe que los ancianos necesitan ayuda urgente, en especial los pobres, los abandonados, los discapacitados, los deprimidos, como Jorge que decidió irse con Elsa, su mujer durante medio siglo, a la que, sintió, ya no podía seguir cuidando.

“El padre Hurtado sabía que no se pueden arreglar todos los males del país, pero dejó claro que debemos mantener vivo el sentido del escándalo que representan la exclusión y la pobreza, más en la vejez”, concluye.