Los mercenarios “son inútiles y peligrosos”. La frase de Nicolás Maquiavelo resuena en la derecha chilena tras las 90 horas de Mauricio Rojas, “El Breve”, a cargo del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio.

La historia nos recuerda, de tanto en tanto, que las palabras mercenarios y traición pueden ir de la mano. Pero seamos justo, éste no es el caso: Rojas venía demostrando hace tiempo su capacidad de útil colaborador con la derecha tras su marketeada “conversión” ideológica.

El autodeclarado ex militante del MIR -movimiento donde nadie lo recuerda- llegó a Suecia tras el golpe militar de 1973. Allí deambuló buscando oportunidades hasta que en 2002 logró un escaño parlamentario por el Partido Popular Liberal, un cargo ensombrecido por declaraciones en las que vinculó a inmigrantes con la criminalidad, las que llevaron a la juventud de su colectividad a exigir su salida en 2006.

Así, este inmigrante chileno avanzaba en la búsqueda de nuevos nichos discursivos para profitar, en este caso -paradójicamente- a costas de quienes buscaban nuevas oportunidades. Luego vendría una derrota electoral, su traslado a España y en 2014 su fichaje por la “Fundación para el Progreso”, una instancia con nombre rimbombante financiada por Nicolás Ibáñez, empresario y entusiasta admirador del dictador Augusto Pinochet.

Desde distintas plataformas, su condición de “converso” fue usada y potenciada como un arma para denostar los ideales de izquierda. Sin pudor, Rojas le recomendaba a MEO cómo debía entender la figura de su padre, Miguel Enríquez, el asesinado líder del MIR.

Esta estrategia retórica se veía envuelta por un halo de verosimilitud mayor del que gozaban los torpes voceros de la derecha. Rojas mostraba a Suecia renegando de su admirado modelo, hablaba de los inmigrantes y del “impacto nocivo” de sus “conductas parasitarias e insolidarias”, y vendía a Sebastián Piñera como un estadista. En resumen, se erigía como un eficiente y adulador “bróker editorial” capaz de generar ganancias para sí y para sus empleadores.

Ese buen olfato para poner sus “esfuerzos intelectuales” al servicio de un sector con un severo déficit en este ámbito fue premiado. Así se adjudicó los discursos presidenciales y luego un puesto en el gabinete a cargo de las Culturas.

Pero vino la debacle. Precisamente debido a su rol de mercenario, Rojas debía destacar e ir más allá  de lo que podía decir esa derecha que quiere vestirse de democrática y progresista. Y eso incluyó calificar como “montaje” al Museo de la Memoria. Ahí le falló el cálculo y el olfato. Rojas no entendió -o no quiso comprender- que hay una abismal diferencia entre un museo historiográfico y otro de carácter memorial, cuyo objetivo -en simple- es recordar a las víctimas, decir que hay cosas que no se pueden repetir nunca y que no existe contexto que justifique las atrocidades como política de Estado. Ese abuso del dolor ajeno le costó su salida en medio de mensajes confusos de un Presidente que, a conveniencia, ha apostado por distanciarse del pinochetismo.

Se ha dicho que todos tenemos derecho a cambiar de opinión, pero déjeme mirar esto con suspicacia: vivimos en tiempos donde los cambios, muchas veces, responden sólo al oportunismo. Basta recordar a un candidato que abandonó el equipo de fútbol de su vida para ir por otro que podría generarle unos votos más. En eso no hay nada de respetable.

Pero Rojas puede respirar tranquilo. Pese a su error de cálculo, sus empleadores le permitirán seguir colaborando. El mercenario tiene una nueva oportunidad y habilidades para reinventarse a conveniencia le sobran.