Usted sabe bien, viejito, que no puede haber nadie más opuesto a este Gobierno que yo. La sola idea de pensar en que nuestros destinos son regidos por casi los mismos que lo hicieron a la fuerza por diecisiete años me produce escozor. Es cierto que durante los últimos veintiocho años he hecho muchos amigos en ese sector, pero yo soy un profesional de la política y dicha amistad se limita exclusivamente a esa parte del día que se encuentra fuera del horario de oficina y a los fines de semana. También es cierto que – por fortuna – mi consultora (Inacción) sigue prestando distintas asesorías al Estado, pero lo hacemos porque gana Chile y Chile somos todos (nota: registrar frase para vender a algún candidato en las próximas elecciones).

Hago este preámbulo por ese temita menor que durante días gastó páginas y páginas en los diarios, a saber, si el exministro de las Culturas Mauricio Rojas fue o no militante del MIR. Y cómo pudo un «mirista» transformarse en un liberal libertario que bien podría integrar la «Fundación para el Retroceso» que dirige mi sobrino político Excel Caiser. Mire, si al final todos somos en parte conversos, viejito. Las ideas, parafraseando a Lavoisier, no se crean ni se destruyen, sólo se transforman. Como dije la vez anterior que escribí para el pasquín de mi amigo Pat… ¡Una mujer dirigiendo el Clinic! Ay, en qué vamos a terminar. Anyway. Todo el mundo tiene derecho a cambiar de opinión. Es imposible avanzar hacia la reconciliación nacional de lo contrario. ¿Se ha fijado que, en la vereda de enfrente, ya casi no quedan pinochetistas? Es que es muy re mal mirado, como lo era seguir siendo «realista» después del triunfo de los «patriotas» una vez terminada la guerra de independencia. ¿O usted cree que todos los «chilenos» eran «patriotas»? En cuarenta años más, cuando se escriba otra vez la historia de la heroica gesta de 1988, la narración del triunfo dirá que éste fue frente a un enemigo sin rostro. Frente a un pinochetismo sin pinochetistas, para así recordarles a todos los chilenos que descienden de la más noble estirpe de demócratas sobre la tierra que derrotaron a la dictadura sólo con un lápiz y un papel. En una próxima columna espero hablarles de ciertas visiones que he tenido sobre Chile en cuarenta años más. Retomando, da igual si Rojas militó en el MIR o estuvo en la estación espacial soviética Mir, yo defiendo el derecho de todos a cambiar, aunque sea para peor.

Porque también somos conversos los que en los setentas abrazamos el sueño de Allende, para en el primer lustro de nuestro siglo, terminar abrazando el sueño de Lagos. En realidad «terminar» es una palabra fea, viejito. Como si el sueño de Lagos distara demasiado del de Salvador. Porque en el fondo el período de Ricardo fue como el del compañero Allende. Con más privatizaciones, concesiones, desindustrialización, tratados de libre comercio que no nos favorecían y negociaciones con la derecha («democracia de los acuerdos» le llamábamos), etc., pero siempre sin perder la esencia del socialismo. Qué lindo sería un nuevo gobierno de Ricardo. Ojalá se recupere el gran estadista que nos enseñó, otra vez parafraseando a Lavoisier, que «la materia no se crea ni se destruye, sólo se concesiona».

Las palabras de Rojas sobre el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, en cambio, claro que son graves. Y me parece bien que le hayan costado la renuncia. No sé si nos convenga que se revise lo que se expone ahí. No vaya a ser que en un impulso febril de adolescente ultrón, algunas voces empiecen a pedir que también tenga su espacio el niño mapuche Huenante y otros más. Y todos sabemos que estaría mal, porque desde el 11 de marzo de 1990 nunca más se violaron los Derechos Humanos en Chile, viejito. Nunca más.ε