En Pudahuel, Beatriz Sánchez le toma una foto a su pañuelo verde y tuitea: “Ya en el aeropuerto, lista para viajar a Buenos Aires a acompañar y aprender de nuestras compañeras argentinas en su lucha por el aborto legal”. Dos horas después, al tomar el taxi que la llevará hasta la Universidad de Buenos Aires, más de trescientas personas habrían respondido a su publicación; la mayoría varones iracundos.

—Jamás respondo, porque no aportan nada—, comenta Sánchez, ya con sus ojos puestos en las calles bonaerenses.

La excandidata presidencial del Frente Amplio llegó a Argentina para seguir la histórica votación en que el Senado trasandino buscaba despenalizar la interrupción voluntaria del embarazo. Hacía dos meses, y contra todo pronóstico, la Cámara de Diputados había aprobado el proyecto, permitiendo que el debate permeara a todas las capas de la sociedad argentina.

La tarde previa a la votación, un nutrido contingente de chilenas frenteamplistas se reunió en la capital argentina por las mismas razones que Sánchez: las diputadas Gael Yeomans, Camila Rojas y Claudia Mix, entre otras militantes.

Durante el primer foro en el que le tocó participar –junto a chilenas residentes, feministas trasandinas y activistas brasileñas- Beatriz tomó la palabra en el cierre: “He notado que acá no llaman pro-vida a la contraparte, sino pro-aborto clandestino. Eso me parece fundamental para dejar de abordar el tema desde la perspectiva metafísica y empezar a hablar desde la salud pública, que es lo que corresponde a la política. Nosotras, entonces, somos las pro-vida”, dice entre aplausos.

Su ritmo es frenético. Tras el foro, improvisa una cena de medianoche con las otras viajeras y se aloja en el Hotel Bauen, -hotel administrado como cooperativa por sus propios trabajadores- donde comparte habitación con la diputada Yeomans. Abajo, en la calle, ya están instaladas varias carpas de organizaciones políticas que intentan asegurar un lugar cerca del Congreso. A las 8.30, Beatriz ya está de pie, nuevamente, para compartir un desayuno de bienvenida con la organización política El Hormiguero, frente a quienes se presenta como una “eterna votante de la Concertación que se cansó de que no le cumplieran”.

Junto a Paula Poblete y Marcela Sandoval -quienes viajaron en representación de RD- contrastan experiencias del feminismo a uno y otro lado de la cordillera. “Ha sido muy importante para el feminismo argentino superar la sofisticación universitaria para posicionarse con fuerza en los sectores populares, en las villas, los consultorios, las escuelas públicas. Allí nos hemos transformado en una necesidad política”, les explica la socióloga trasandina, María Bielli, quien aprovecha también de actualizar a la visitante sobre la situación política del Frente para la Victoria y Cristina Fernández de Kirchner. Beatriz asiente con diplomacia y evita emitir juicios. Como buena periodista, se acerca al tema en forma de preguntas, asumiendo que a Chile llega sólo una parte de la historia.

En eso le suena el teléfono y pide las excusas del caso: se comprometió a dar un despacho matutino para el programa radial de Natalia Valdebenito, por lo que sale a la calle, donde ya todo es efervescencia.

La otra grieta

La sesión del Senado, que originalmente comenzaría en la tarde, empieza a las 9.30 A.M. En la radio especulan que es una medida para evitar que la discusión se extienda por toda la noche y que la vigilia nocturna termine “permeando voluntades”. Lo cierto es que al mediodía, el debate ya está avanzado y el centro de Buenos Aires está completamente ocupado por manifestantes.

Como una gran grieta, la ciudad ha sido cortada a la mitad por una cuadra de vallado metálico. Al norte, se congrega la masiva movilización feminista y al sur, los del pañuelo celeste, que aunque miles, no llegan a compararse en masividad.

Beatriz camina por las 28 cuadras que ocupan los manifestantes de pañuelo verde, en el perímetro entre Callao, Corrientes, 9 de Julio y Avenida de Mayo. “Es una movilización muy distinta a las que nosotros nos hemos acostumbrado en Santiago, donde convocamos a Plaza Italia y marchamos por dos horas hasta Avenida Brasil”, comenta Sánchez, “la gente ocupa el espacio público por más de 24 horas, moviéndose por distintos escenarios. Casi sin presencia policial”.

Por Avenida Corrientes, al lado norte de la valla divisoria, un grupo de niñas de pañuelo celeste deambula sin mucha orientación y una mujer de pañuelo verde les indica cómo llegar al otro lado de la movilización. La escena la observa curioso un comerciante callejero que vende indistintamente pañuelos verdes, celestes y anaranjados (estos últimos a favor de la separación del Estado y la Iglesia).

Entre todos los stands y carpas políticas, destaca la masividad de una que ofrece el trámite de apostasía. Una impresionante fila espera su turno para desafiliarse oficialmente de la iglesia, tras lo cual reciben una estampita de San Cayetano (Patrono del Trabajo) con un pañuelo verde. Del otro lado del vallado, se observa la ascensión de un crucifijo atado a un rosario de globos celestes que se pierde en las alturas. “Son muy bizarros estos chabones”, comenta una mujer que contempla la escena.

El Aguante

Son recién las cinco de la tarde y comienza a llover fuerte. “Porque Dios también es hombre”, bromeará Verónica Ávila, del Movimiento Autonomista.

—Nosotros esperábamos dos cosas—, añadirá Sánchez, —que la lluvia amainara pronto o que la gente se fuera a sus casas. Pero ninguna de las dos sucedió.

Los restoranes y negocios se terminan de repletar, con gente que come y bebe de pie para no estar bajo la lluvia. Pero ningún consumo es eterno: la mayoría sale de nuevo a la calle decidida a no aflojar hasta el final.

La excandidata tiene la fortuna de estar alojada en el Hotel Bauen, que está en el centro de la movilización. “Pudimos entrar y salir no sin cierta dificultad. La cooperativa decidió abrir las puertas a la movilización social, que lo llenó pero a su vez cuidó el espacio como propio”, relata Beatriz.

Ya pasó la medianoche y la lluvia no ha amainado. La convocatoria en las calles tampoco. La temperatura está por debajo de los cinco grados Celsius y el viento arrecia sobre una multitud que se abriga bailando junto al escenario, donde la chilena Ana Tijoux canta Somos sur. Ya es sabido, a esa altura, que el proyecto de legalización del aborto será rechazado y que la victoria es imposible, pero la multitud se mantiene porfiadamente. La lluvia no cesa.

Todos los portales y techumbres del centro están copados de jóvenes que quieren quedarse por lo menos hasta que hable Cristina, lo que sucede pasadas las 1 A.M. En ese momento, los restoranes que tenían todas sus mesas ocupadas, son invadidos por la multitud que no quiere perderse las palabras de la ex presidenta. No vuela una mosca en Buenos Aires mientras habla.

Sus palabras, sin embargo, no tienen la épica de otras ocasiones. CFK esta vez no quiere arengar a nadie, sino asegurarse de calmar un poco los ánimos. “No se enojen ni con los curas, ni con la Iglesia”, implora a las masas la líder del peronismo, antes de declarar la necesidad de que ese movimiento se asuma como “nacional, popular, democrático y feminista”.

Ya por entonces, quedan las últimas intervenciones y se asume que la victoria es de los conservadores.

Al otro día, ni bien abren las librerías, Beatriz Sánchez aprovecha de comprar algunos títulos que no encontrará en Santiago- Amelia Valcárcel, Nuria Varela y Pascual Serrano, entre otros- y prepara su regreso. Le impresiona la normalidad con que funciona la ciudad después de tamaña movilización.

Tras un apurado almuerzo, toma un taxi al Congreso, donde la recibe la diputada argentina Victoria Donda, con quien comparte algunas impresiones sobre la movilización antes de emprender el viaje de regreso.

“Quedamos con cierta desazón porque existía la posibilidad de concretar algo histórico, pero en ningún caso sentimos que se haya producido un retroceso”, comenta Sánchez. Las demás asistentes chilenas asienten.

“Hubo movilizaciones en todo el mundo y el ‘pañuelazo’ se volvió global. Se corrió el cerco de lo posible y hoy está más cerca la despenalización, no sólo en Argentina. Lo más importante es que se logró la despenalización social del aborto, se rompió el tabú y muchas mujeres madres contaron de sus abortos a sus hijas, a sus nietas, a sus seres queridos. Y eso, por supuesto, supone una liberación”, reflexiona.