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En este momento son las 3 de la tarde de un sábado de agosto y voy llegando al Internacional Cuisine, un restorán ecuatoriano en la calle East Lake, en Minneapolis. En 24 horas más me habré pasado 15 de esas horas lavando platos, pero ahora no tengo ni los brazos entumecidos ni los dedos arrugados ni la espalda tensa ni estoy hediondo a grasa; es mi primer día de trabajo y estoy contento porque insistí mucho para poder entrar.

He hecho trabajos parecidos antes. He sido lavaplatos, repartidor, cajero y hasta cocinero en una pizzería de Santiago. Me he paseado por Puente Alto pegando publicidad de Redbank en las casetas para renovar el permiso de circulación. He sido mesero en un bar de Vitacura. Vendí revistas en el estadio. Escribí crónicas de partidos de una liga de fútbol amateur. Hasta fui periodista de un diario gratuito. Y trabajé tres años seguidos en tres fondas de Santiago durante Fiestas Patrias, días enteros a todo sol con la cabeza metida en el saco de carbón.

Ese es mi currículum, y aunque todo eso esté muy lejos y aquí a nadie le importe, lo repaso en mi mente para darme confianza. Me imagino a Arturo Vidal debutando en el Barcelona, caminando por el túnel con sus compañeros a la cancha a jugar su primer partido, a demostrar por qué el Barsa lo eligió a él para reforzar su mediocampo. Yo vengo a demostrar por qué merezco quedarme con el puesto de lavaplatos en este restorán.

El Messi del restorán se llama Eduardo y es un ecuatoriano bajo y moreno, con una cara atractiva de inca. Él es el cocinero principal. Lo ayuda Óscar, también ecuatoriano. Es flaco, un poco más bajo que Eduardo y también moreno. Debe tener unos 20 años, y dejó el colegio hace tres para trabajar. Es lo único que hace. Se levanta a las 5 de la mañana, va a trabajar al centro de la ciudad hasta las 14.30, y a las 15 empieza su turno en este restorán. Todos los días. “Al final te acostumbras”, dice.

Yo no estoy acostumbrado, y de hecho estoy nervioso. Me explican rápidamente cómo funciona la máquina de lavaplatos, me muestran dónde van los platos y las ollas, las sartenes y los cucharones y las cucharas de palo, me muestran el frigorífico gigante al que tendré que ir a buscarles cosas “por si estamos ‘busy’”, y vamos a darle. Estamos listos, es mejor que te pongas el delantal para que no te ensucies con grasa, dale, se nos viene, estamos listos para bailar.

Llegan las sartenes y tengo que limpiarlas con una pistola de agua que cuelga del techo de donde estoy y les disparo y les quito los restos de comida y las meto al lavaplatos y presiono el botón de lavar y vienen más sartenes y más ollas y los limpio con la pistola y la máquina termina de lavar y abro la puerta y me quemo la cara con el vapor y me quemo los dedos con el agua caliente y me quemo los brazos con las sartenes y me resbalo en el piso mojado.
Ahora vienen los platos todos con sobras de comida y servilletas hechas pelota y malteadas a medio terminar y arroz y kétchup por todas partes y todo a la basura y enjuago los platos con la pistola de agua y todos a la máquina y enciendo la máquina y termina la máquina y abro la puerta de la máquina y me vuelvo a quemar la cara con el vapor de la máquina y me vuelvo a quemar los dedos con el agua caliente y me vuelvo a quemar los brazos con las sartenes y me vuelvo a resbalar en el piso mojado.

La máquina no para. Ahí vienen más sartenes, ya las reconozco por las manchas que tienen, hay una que parece una avestruz, hay otra que está toda rayada, hay otra que está chueca por el uso y los cambios de temperatura y ahora tiene cinco puntas como una estrella y me siento orgulloso porque la máquina no me pilla y llegan cosas y yo sigo lavando y lavando sin parar.
Pero de repente dejan de llegar cosas.

Y entonces los miro. Los miro a ellos, cocinando, moviéndose en tres metros cuadrados entre los hornos y los platos y la comida como una coreografía, una danza, un baile al ritmo de la bachata que sale por el parlante inalámbrico. Un baile por la supervivencia en un país cada vez más hostil, que los mira con desprecio y los trata de flojos y de violadores. Ahí están ellos, luchando en el último engranaje de esta rueda gigante que no se detiene nunca y que se llama Estados Unidos primera potencia mundial.

“¿A qué hora cierra la cocina?”, pregunto, y me avergüenzo. Ellos me miran. “Ya deberíamos cerrar”, dice Eduardo. “Pero quiero seguir cocinando”.

Yo no quiero más. Pero ahora viene la última ola de trastos sucios y friego y limpio y meto y saco de la máquina y me quemo y siguen llegando trastos que se acumulan en el lavaplatos.
Uno a uno voy sacando el trabajo y cuando termino es casi medianoche, tengo las manos adoloridas y toda la cocina está limpia.

“¿Este es tu primer trabajo lavando platos aquí?”, me pregunta Eduardo.

“Sí”.

Él se ríe. “¡Bueno, así es esto! ¡Bienvenido a Estados Unidos!”.

Yo me río. Gané, aunque solo por hoy. Mañana serán 7 horas más en el ruedo.