La violencia física y especialmente la sexual tiene casos extremos en familias de bolivianas, en los que las historias de Edith y Lucía retratan el tránsito por la senda de la prostitución, la violación y la vida en la calle a temprana edad.

Los casos de Edith y Lucía, nombres ficticios para proteger sus identidades, son especiales puesto que después de varios años ven la luz al final del túnel gracias al apoyo de la Fundación Munasim Kullakita, que en aimara significa quiérete hermanita y que trabaja en la reconstrucción de sus vidas.

Edith, de 20 años, contó a Efe que su vida cambió cuando tenía 11, momento en que su madre, después de haberla abandonado cuando era pequeña, decidió pedir su custodia a una tía con la que vivía desde que tenía “uso de razón”, recordó.

El reencuentro implicó un cambio de residencia, de La Paz a la ciudad boliviana de Oruro, y la ilusión de conocer “el calor de madre”, afirmó.

“Las primeras semanas era bien, estaba contenta, feliz, me daba todo mi mamá (…), me trataba bien, me sacaba a pasear”, rememoró.

Sin embargo, las cosas cambiaron después de algunos meses, ya que su madre se volvió “agresiva” y la llenó de obligaciones, para primero lavar ropa y después cocinar.

La joven dijo creer, en su inocencia, que lo que su madre le ordenaba era por su bien.

“Lavaba la ropa de ella, de mis hermanastras y de mi sobrina, después poco a poco ya me hacía cocinar, después me exigía que trajera dinero”, sostuvo Edith.

Consultada sobre en qué consistía traer dinero, dijo que implicaba conocer chicos y después de algún tiempo aceptar tener relaciones sexuales con ellos para luego pedirles dinero.

Los jóvenes daban “lo que tenían”, el equivalente entre 7 y 14 dólares.

Con ello buscaba conseguir “lo más que podía”, pero si su hermana mayor conseguía más dinero que ella, su madre la agredía. “Me gritaba y me golpeaba”, dijo.

Aquella rutina hizo que Esther decidiera escapar y regresar donde su tía, pero su madre fue tras ella para exigir su custodia con autoridades de defensa de la niñez.

La chica evitó su regreso al contar los abusos que sufría, desde entonces vive en el hogar de la fundación Munasim Kullakita y ahora es madre de una bebé de 1 año.

La historia de Lucía tiene algunos rasgos parecidos, ya que desde pequeña comenzó a trabajar con su madre, una vendedora de cerveza, dueña de un carácter duro y en contacto con hombres de toda naturaleza.

Ella contó a Efe que a los 8 años fue víctima de una violación y que a partir de ello, después de que contara a su madre lo que le pasó, el maltrato empeoró con insultos y golpes.

“Lo conocía, mi mamá siempre le vendía cerveza”, indicó al referirse a su agresor.

Lucía señaló que su madre la consideraba responsable de lo que le había pasado y que la acusaba de que “solo quería estar con hombres”.

La solución que encontró a los 11 años de edad fue escapar de su casa en La Paz para vivir en las calles de El Alto, la ciudad vecina.

“He conocido la calle, he aprendido a beber con mis amigos (…), vivía en un alojamiento”, indicó.

En ese grupo tuvo a su primera pareja y ambos se dedicaban a robar, mientras que las chicas solían “hacer pieza”, prostituirse por más o menos 3 dólares.

La joven relató que los hombres que buscan sexo con niñas de la calle “son mayores” y que pueden ser “tu papá o tu abuelo”, que para convencerlas les muestran varios billetes de 100 bolivianos, unos 14 dólares, que son unos de los de mayor valor en el país.

“Viejos asquerosos, por qué no piensan que podemos ser sus hijas o sus nietas”, reflexionó con molestia Lucía.

Sin embargo, los abusos hacia las niñas de la calle no solo provienen de esos hombres mayores, sino también de algunos policías que las hostigan y que lo hacen para luego “hacer pieza” con alguna de ellas, manifestó.

Lucía ya tiene 19 años y a esa edad ya es madre de dos niños, el primero de 5 y el segundo de un poco más de 1, de distintos padres.

“Si no hubiese estado embarazada iba a estar mal o muerta, porque la calle es así, o bien vives o bien mueres”, enfatizó.

Edith y Lucía actualmente estudian y ambas sueñan con tener pronto su propio negocio de comida o peluquería, mientras luchan contra su pasado para que sus hijos no pasen por el camino que les ha tocado caminar.

Según datos facilitados a Efe por la ONG Educo, colaboradora de Munasim Kullakita, en El Alto los niños son forzados a mantener relaciones sexuales sin protección por entre 11 y 14 dólares.

La exposición de un niño a abuso sexual durante una noche puede costar hasta 28 dólares y su virginidad puede llegar a costar hasta 100.