Hasta hace pocas semanas, la historia de Javier Molina Huerta (30) dormía en una carpeta en una oficina del Arzobispado de Santiago.

En 2010, Molina había llegado hasta la sede del poder eclesial chileno para estampar una denuncia por abusos sexuales reiterados en contra del sacerdote diocesano Jorge Laplagne Aguirre. En ese entonces, su denuncia fue conocida por las más altas autoridades de la iglesia católica chilena: Francisco Javier Errázuriz, Cristián Roncagliolo, Oscar Muñoz Toledo, Ricardo Ezzati y Raúl Hasbún, el investigador, quien concluyó que “los hechos denunciados no eran verídicos”.

Lejos de acogerlo, su relato fue severamente cuestionado.

Cuando se enteró de la visita de Charles Scicluna y Jordi Bertomeu, Javier se sintió nuevamente impulsado a presentar la denuncia. El 27 de junio llegó hasta la Oficina Pastoral de Denuncias del Arzobispado (OPADE) y contó lo que había vivido.

Pocos días después, se realizó el primer allanamiento ordenado por el fiscal Emiliano Arias a la sede del Arzobispado de Santiago. Ahí, entre el material incautado, apareció su vieja acusación, la que la jerarquía había decidido archivar.

El cuerpo quiere escapar

Antes de romper en llanto, Javier intenta explicar. Mueve levemente sus brazos, aprieta los puños, como si en esos gestos estuviera la clave para describir la angustia que vivió siendo un adolescente.

Tras varios segundos de silencio, encuentra las palabras.

— Es como cuando sientes que tu cuerpo quiere escapar, pero no puede—, dice.

Para Javier Molina (30) no es fácil recordar. Sentado en el segundo piso de la Fundación para la Confianza, acompañado por un amigo, intenta describir los abusos que vivió en manos del sacerdote Jorge Laplagne Aguirre.

—Yo rogaba que, por un fin de semana, sólo fuera un abrazo, que fuera sólo eso. Que no fuera con introducción de dedos, o que se restregara sobre mí intentando eyacular—, cuenta, y todos los presentes guardan silencio.

“Yo rogaba que, por un fin de semana, sólo fuera un abrazo, que fuera sólo eso. Que no fuera con introducción de dedos, o que se restregara sobre mí intentando eyacular”

Javier llegó a la Fundación derivado por el equipo del fiscal Emiliano Arias. Allí fue recibido por José Andrés Murillo, su director y uno de los denunciantes de Fernando Karadima. Con el apoyo del abogado de la Fundación, Juan Pablo Hermosilla, este 14 de agosto se ingresó en el Juzgado de Garantía de Rancagua una querella en contra de Laplagne, “como autor del delito de abuso sexual de mayor de l4 años, en grado de consumado y en carácter de reiterado” y “contra de todos quienes resulten responsables como autores, cómplices o encubridores”.

Para Murillo, la historia de Javier “revela un patrón de conducta que se ha repetido durante años en la Iglesia: desacreditar a las víctimas y hacerlos esperar hasta que su caso prescriba”.

Ahora, sentado frente a un micrófono por primera vez en su vida, Javier se dispone a contar su historia.

Conociendo a Laplagne

Proveniente de una familia católica, desde niño Javier participó de grupos pastorales en la parroquia Cristo Resucitado de Maipú. El verano del año 2002, Laplagne llegó hasta dicho templo para participar de la Escuela de la Fe, un encuentro entre laicos y clérigos organizado por el Decanato de Maipú.

—Me acerqué a él para confesarme antes de una misa. Le dije que me sentía muy mal porque mi director había aplazado en un año mi nominación como acólito. Él me dijo: “Espérame a la salida, y yo te llevo a la casa”.

Esa tarde, Laplagne conoció a la madre de Javier. “Tomó once en mi casa, y se ofreció a traerme en su auto durante el resto de la escuela, por unos cuatro días, que al final se extendieron por cinco meses”.

– ¿A tu mamá no le extrañaron las visitas de Laplagne?

-Es que él siempre llegaba haciéndose el humillado, en el rol de víctima. “No tenía dónde ir a tomar once”, le decía a mi mamá, “por eso pasé por acá, a ver si usted me puede dar una tacita de té”. Así empezó.

Más tarde ese año, Javier le pidió a Laplagne que se convirtiera en su director espiritual. “Tienes que confiar plenamente en mí. Te tienes que confesar conmigo, y me tienes que contar absolutamente todo”, le dijo el sacerdote al joven.

Esa tarde, recuerda Javier, Laplagne comenzó a colocar su mano en la rodilla del joven. “Cada tarde después de la dirección espiritual, mientras me iba a dejar en su auto, iba subiendo su mano, hasta que llegó derechamente a mis genitales”, recuerda. Javier tenía 13 años.

“Cuando yo reaccionaba mal o me ponía tenso, venía su reacción inmediata: ‘Que no confiaba en él’. Me hacía sentir que yo era el culpable, porque era yo el que estaba pensando mal de él”, recuerda hoy el joven.

Los episodios tensos se intercalaban con onces familiares a las que Laplagne aterrizaba con regalos para Javier. “Chalecos, pantalones, zapatos. Cosas que en ese minuto eran necesarias en mi casa, porque no podíamos comprarlas”, relata.

En la querella ingresada la semana pasada, se detalla cómo entre 2003 y 2004 Laplagne fabricó situaciones para procurar estar a solas con Javier.

Uno de los episodios más graves se produjo luego de que Javier, ya de 15 años, le confidenciara a su director espiritual que estaba enamorado de un compañero de liceo. Ese año, 2004, Laplagne invitó al adolescente a un viaje por Argentina junto a dos exreligiosas. En todas las paradas de hotel que hicieron hasta llegar a Buenos Aires, recuerda, Laplagne pedía dos habitaciones: una para las mujeres, y otra para él y el joven.

“Nos levantábamos muy temprano, y yo lo único que esperaba era quedar lo más cansado posible durante el día, para que cuando llegara la noche me quedara dormido pronto. Porque sabía que iba a llegar, se iba a meter a la cama, y me iba a empezar a tocar”, recuerda.

—Se metía a mi cama, me hacía caricias… Era como cuando sientes que tu cuerpo… Que quieres escapar y no puedes.

Luego de una serie de episodios violentos (ver aquí detalles de la querella), Javier comenzó a alejarse paulatinamente de su guía espiritual. En 2005 se excusó de asistir a la parroquia porque debía preparar la PSU. En 2006, un hecho inesperado lo alejó aún más: la Revolución Pingüina.

“Para mí, los días en que nos tomamos el colegio fueron maravillosos, liberadores. Yo sabía que ahí él no podía entrar. Fueron las únicas semanas entre 2004 y 2006 en que no fui abusado, las únicas semanas en que no había un hombre restregándose encima de mí”, relata.
Una vez que egresó del colegio, se radicó en Chillán para estudiar Nutrición. Se había liberado de Laplagne.

Laplagne y Javier en el Paso Los Libertadores. Septiembre de 2003.

Hasbún y Muñoz Toledo

A pesar de la distancia, las secuelas que le dejaron los abusos de Laplagne lo seguían atormentando. “Llegó un momento que el sólo ver girar el pomo de la puerta me daba pánico. Y me ponía a llorar. Los abusos más brutales siempre fueron de noche: cuando me iba a dejar en auto o en la soledad de la casa parroquial”, dice.

En 2010, una pareja suya motivó a Javier a que denunciara lo que había vivido.

Primero llamó al arzobispado para pedir una cita con el entonces arzobispo Francisco Javier Errázuriz. Cristián Roncagliolo, actual obispo y por entonces secretario personal de Errázuriz, se comunicó con Javier.

“Con una frialdad espantosa, me dijo: ‘Para todas estas cosas hay que dirigirse a la Cancillería. Les voy a dar tus datos y te van a llamar’”, recuerda.

“Ezzati tuvo conocimiento de esto. También Errázuriz, Roncagliolo, Oscar Muñoz y Raúl Hasbún. Y no hicieron nada. Ni siquiera tomaron la precaución de retirar a este tipo del trabajo con niños mientras se hacía esta ‘investigación’: lo dejaron de Capellán de un colegio”.

Días después fue citado por Hans Kast, por entonces Canciller del arzobispado. “Hans me recibió en el Arzobispado, escuchó mi relato y en el único gesto noble que ha tenido la Iglesia Católica, me pidió perdón a nombre de los curas”.

Luego, fue citado a declarar ante Oscar Muñoz Toledo, por entonces vicecanciller. Fue él quien le comunicó que el promotor de justicia en su denuncia sería el padre Raúl Hasbún.

El sábado 21 de mayo de 2010, Oscar Muñoz Toledo y Javier se dirigieron en auto hasta la casa de Hasbún, en La Florida.
“Hasbún me hacía las preguntas y Óscar Muñoz las anotaba en el computador. Yo lloraba a mares, porque era tercera o cuarta vez que contaba esto y todavía no asumía bien todo lo que me había pasado. Hasbún escuchaba con una cara de impasibilidad total, como quien está viendo las noticias. En medio de la declaración, me preguntó: ‘¿Pero, tú tienes que haber sentido placer mientras te introducían un dedo en el ano?’ Ahí me quebré”.

– ¿Qué pensaste en ese momento?

-Fue macabro. Me quedé en blanco. Después lo quedé mirando y le dije: “Yo tenía 15 años, él tenía 48”.

-En la querella sostienes que te preguntaron si lo querías era dinero como compensación

-Me lo tienen que haber preguntado unas tres o cuatro veces. Justo había explotado el tema de Irlanda, de las demandas multimillonarias que estaban pidiendo. Recordar eso me da asco. Tengo claro que lo único que querían era destruir lo que yo estaba diciendo, hacerme callar a como diera lugar.

Hacia el final de la declaración, Javier recuerda que tuvo que firmar dos hojas. Una contenía el acta de la declaración, y la otra era una renuncia al “derecho de asistir a tribunales y hacer público (los hechos) por los medios de difusión masiva”. Tenía 22 años cuando firmó ambos escritos.

Luego de algunos meses de investigación canónica, Hasbún desestimó la denuncia de Javier. Laplagne, quien nunca fue apartado de sus labores sacerdotales, siguió con su puesto de capellán en el Instituto Alonso de Ercilla (IAE), colegio perteneciente a la Congregación Marista.

La carpeta

Este año, luego del allanamiento del fiscal Arias, Javier se enteró de la existencia de la carpeta con su denuncia fechada en 2010. Se la mostró una mayor del OS-9 de Carabineros, quien lo llamó para que declarase en la investigación que conduce el fiscal regional de O’Higgins.

En la carpeta, Javier encontró la declaración hecha en la casa de Hasbún, pero reducida a un documento de ocho preguntas. Además, pudo leer el único testimonio que Hasbún tomó para desestimar el caso. “El joven que está denunciando confunde la realidad”, decía el sacerdote Ignacio Canales, amigo y superior de Laplagne.

En la carpeta consta además que en 2011, el sacerdote Hans Kast realizó nuevas consultas sobre el caso de Javier, enviando incluso una misiva a Ricardo Ezzati, por entonces arzobispo de Santiago. “Estimado monseñor, considero pertinente revaluar la designación de párroco de Jorge Laplagne, y realizar una investigación más acuciosa”, decía la misiva de Kast. Al igual que otros requerimientos de la época, la carta de Kast no tuvo respuesta.

Además de Laplagne, la querella presentada por Javier se dirige en contra de “todos quienes resulten responsables como autores, cómplices o encubridores” de los abusos. Por ello, el documento solicitó la declaración de Francisco Javier Errázuriz, Oscar Muñoz Toledo, Ricardo Ezzati y Raúl Hasbún Zaror. Todos involucrados, en diferentes grados, en la primera denuncia fallida realizada por Javier en 2010.

—Ezzati tuvo conocimiento de esto. También Errázuriz, Roncagliolo, Muñoz y Hasbún. Y no hicieron nada. Ni siquiera tomaron la precaución de retirar a este tipo del trabajo con niños mientras se hacía esta “investigación”. ¡Lo dejaron de Capellán de un colegio!

– ¿Qué motivó a dar a conocer estos hechos públicamente?

-No quiero que esto quede en impunidad. Aquí hubo encubrimiento, una red de protección. Lo veo en la investigación de 2010 y en la de ahora. En todo momento Hasbún me dijo que los delitos estaban prescritos, cuando no era así. Me mintió.

Para Juan Pablo Hermosilla, patrocinante de la querella de Javier, este caso demuestra “en forma cruda y clara, cuál era el sistema para evitar que estos hechos fueran conocidos por la justicia penal”. El abogado agregó que, de comprobarse el encubrimiento, se podría sancionar penalmente a las autoridades eclesiásticas, ya que este se produjo con posterioridad al 2010. “Tengo confianza que aquí va a poder ser posible sobrepasar la prescripción”, asegura Hermosilla.

– Javier ¿Qué crees que hubiese pasado si no se hubiera allanado el Arzobispado? ¿Si no hubiesen encontrado tu historia?

-Habría quedado en nada. Y te aseguro que si yo me hubiese matado, tampoco les habría importado.

-En la querella mencionas que Laplagne le sugirió a tu familia que te cambiaran al Instituto Alonso de Ercilla, donde era capellán.

– Sí, le dijo a mi madre que si me cambiaba “podía tener más acceso a mí”. Textual.

– ¿Te consta que le haya sugerido algo similar a otro de sus dirigidos?

-Sí, me consta en un caso, del cual también sospecho que hubo abuso sexual. Y lo creemos todos quienes alguna vez fuimos hijos espirituales de Laplagne.

Víctima del sacerdote Laplagne relata abusos: “Hasbún me preguntó si sentí placer durante el abuso” – The Clinic

Este martes se ingresó una querella en contra del sacerdote Jorge Laplagne Aguirre, acusado por un exacólito de haberlo abusado reiteradamente cuando era un adolescente. En su relato -que reproducimos en forma exclusiva-, Javier Molina apunta también a Francisco Javier Errázuriz, Oscar Muñoz Toledo y a Raúl Hasbún, ante quienes denunció estos hechos el año 2010.