Los psicólogos han definido tres tipos de miedo: ataque, huída y parálisis. A mí me tocó este último. Tiendo a creer que soy valiente porque digo las cosas de frente, soy arriesgada y no tengo pudor de reírme de mis debilidades, pero cuando tengo miedo me congelo, literalmente, me baja la presión, muestro una actitud sumisa e intento pasar desapercibida.

Hasta el año pasado, me reptilizaba muy esporádicamente, pero me dio lo que le da a muchas mujeres menopáusicas, historietistas, con sobrepeso y divorciadas con hijas adolescentes: depresión.

Después de un año de terapias alternativas que alcanzaron a devolverme sólo chispas de mi extinguido fuego interior, me entregué a la psicología tradicional y a los medicamentos, dupla mágica que entibió mi sangre y me mandó de vuelta a la normalidad.

Aún así conservo algunos miedos reptilianos que ni con fármacos se van. El día de la marcha en favor del aborto libre yo estaba impartiendo un taller de cómic para niños. Al comenzar la clase les dije: “Me habría encantado ir, pero las marchas me dan miedo. Cuando tenía 19 años fui a una, pero como corro tan lento, me tomaron presa altiro y quedé traumada, no puedo ir, porque cuando llegan los pacos me da terror y me congelo”. Los niños hicieron ese día carteles para sus propias marchas imaginarias: Marcha en contra del brócoli, abuso infantil, machismo, maltrato animal y la pizza con piña, entre otras. Al día siguiente llegué muy triste: les conté que la marcha había terminado con tres mujeres apuñaladas. En honor a ellas los niños hicieron un retrato de las tres mujeres más importantes de su vida. Dibujaron a sus mamás, abuelas, hermanas y tías, junto a Shakira, Madonna, la Mala Rodríguez, Anita Tijoux, la Princessa Mononoke y Bachelet, entre otras.

Cuando fui a pifiar señoras pinochetistas a la marcha en favor del SI en mi versión ochentera y un milico tipo tortuga Ninja me agarró de la mochila, me dejó pataleando en el aire y me metió a la micro de pacos llena de hombres en plena Plaza Italia, lo único que pensé fue: “Me van a matar”. Mi atuendo punk, mi pelo rapado y mis bototos de milico del Biobío no alcanzaron a blindar mi mayor miedo: morir. Me salvó una colegiala que sentaron a mi lado y que desvió mi atención con chistes y anécdotas de una vida combativa escolar (ella era the real punk). Aunque me soltaron al día siguiente y sólo vi cómo le pegaban a otras personas, fue suficiente para mimetizar el reptil a mi piel cada vez que termino dentro de una multitud.

Desde el día que hirieron a las tres mujeres en la marcha pro aborto no he parado de pensar en el miedo y de cómo ha sido por siglos el arma favorita de los hombres para dominar a las mujeres. Como bien dijo Margaret Atwood: “A los hombres les da miedo que las mujeres nos riamos de ellos y a las mujeres nos da miedo que los hombres nos maten”. Me pregunto si por eso la sumisión se asocia tanto a nuestro género. ¿Será porque el miedo paralizante es más común en mujeres?

Lo bueno de ir a la psicóloga es que puedo verbalizar mi angustia y recibir análisis profesionales de vuelta como este que encontré muy útil: “Las personas que nos han ofendido, agredido o minimizado están dentro de nuestra cabeza como imágenes internalizadas que hacemos de ellas. Nosotros elegimos darles poder o hacerlas calzar más con la realidad”.

Quiero recuperar mi valentía, resignificar las imágenes que me entumecen y volver a encender el fuego femenino de mi instinto. Quizás si dejo de responder ante el miedo como reptil y permito que mis ganas pesen más que mis miedos – que siempre estarán y son parte de nuestra humanidad- no me paralice y pueda al fin atreverme a enfrentar los conflictos con madurez y responsabilidad, a defender lo que creo y a marchar junto a mis hijas, no en contra del brócoli porque igual con limón es rico, sino a favor del aborto libre, legal y seguro.