En nueva Imperial, al sur de nuestro país, una familia sufre el horror del femicidio y parricidio. Un hombre asesina a su pareja, Sara de 25 años y al hijo en común de tan solo 9 años. Ambos muertos con varias puñaladas y dejados sin piedad, hasta que el padre de la mujer los encuentra.

El panorama es desolador, el llanto y la angustia de toda la familia de Sara, de los vecinos y de la comunidad tocada por este crimen es insoportable e impensable. No hay cabida para la razón, ni consuelo posible en este momento.

En palabras del psicoanalista Ferenczi (1932) el trauma deja una brecha psíquica que implica la imposibilidad de pensar, de significar lo ocurrido, constituyéndose entonces el trauma en una conmoción psíquica. La familia de la víctima ha buscado detalles, pistas y relatos para de alguna forma racionalizar lo ocurrido. Saben que el femicida era un hombre celoso, posesivo y machista, están al tanto que Sara era agredida físicamente por él, pero no se lo contaba a nadie, saben más detalles e intentan armar un puzzle que terminará sin piezas. No importa cuanta información más tengan, el trauma y su sombra se ha instalado, el trauma se apodera de estas víctimas, atravesada por lo impensable e innombrable.

A la familia de Sara no le basta con la información que tienen, y tampoco le basta con las explicaciones acerca de la violencia contra la mujer, las teorías feministas de la violencia contra los más vulnerables por diferencias de poder sustentadas históricamente en nuestra cultura patriarcal. No les basta, no es suficiente porque el horror no tiene palabras y las teorías se reflexionan en la academia, en las aulas, en el Congreso.

Para esta familia de clase popular que vive en una pequeña localidad del sur de Chile, no la consuela, ni le ayudan los discursos feministas o saber acerca de la Convención de los Derechos del Niño, porque estos discursos son lejanos y no han permeado todas las clases sociales, especialmente las populares. Estos discursos tendrían que anclarse en la realidad, hablarles a las mujeres con trabajos precarios, sin estudios, que ganan el sueldo mínimo, que habitan en un pueblo rural en algún lugar del país. También tendrían que hablarles a estos niños y niñas que viven violencia intrafamiliar, son testigos y mueren por esta violencia.

De lo contrario seguiremos viendo mujeres y sus hijos asesinados, porque para el femicida, los niños y niñas son solo una extensión cosificada de sus madres, una posesión más, un objeto para castigarlas. En esta terrible historia, el niño sujeto de derecho yace en un pequeño ataúd, al lado del ataúd de su madre, mujer víctima de violencia.

Pero nada de esto le basta a la familia de Sara como alivio de su pérdida, de hecho, esta columna no basta ni es suficiente ante el horror y el desconsuelo… y nunca lo será.

*Guila Sosman es Psicóloga Clínica Perito Judicial y académica de la Facultad Psicología UDP.