Primera historia: Se trata de una desinvitación. A la historiadora trans Sofía Devenir la bajaron del “1er congreso de historiadoras feministas” en Santiago. ¿La razón? Su ex pareja, la acusa de agresión. Paradójicamente, el mismo neolenguaje creado para liberar las ataduras entre biología y género, es usado en la imputación: al final, cuerpas deconstruidas más o menos, le alegan de que se trata de un bio hombre que violenta a bio mujer. Sofía no sólo denuncia que se le haya aplicado la ley del #metoo, donde no se pide la otra versión, sino que se pregunta si acaso tal omisión tuvo que ver con el hecho de tener un pene. Reclama, que a pesar de que las trans son incluidas en el feminismo, hay mujeres que siguen atrapadas en el pensamiento binario y heterosexista, las que fin de cuentas, la acusan de macho agresor. Rechaza la idealización trans, defiende “el deseo y la disidencia” y no la cristalización de “la figura higiénica de las minorías”. Se trataba, dice, “de correr los límites de lo posible” y no de construir “espacios seguros para un tipo de sujeto”.

Respecto de la acusación en cuestión, declara que la violencia fue cruzada.

Consternada la imagino, escribiendo estas palabras, vislumbrando como el ejercicio subversivo de deconstruir la realidad – el postestructuralismo – se va coagulando en la moral contemporánea. El énfasis de esta moral está en dos lugares que están imbricados de manera inevitable: de qué lado ponerse y cómo juzgar. Como si lo central fuera definir el propio ser: ¿si apoyo a Sofía soy machista? ¿si la juzgo soy transfóbica? ¿por pregúntame esto soy antifeminista?, se escuchaba de fondo en esta historia. Y de manera consecuente, el otro énfasis está en el problema del juicio: ¿qué ley se aplica? ¿La justicia formal, aunque cuestionada por patriarcal? ¿La ley de la funa? ¿Si dos se agreden, se sanciona siempre al macho? ¿Si son dos mujeres, se juzga a quien tiene más fuerza o más poder?

No tengo idea si procedía bajar a Devenir del encuentro. Pero puedo pensar que si nos interesa el problema de la violencia, el objetivo de tener un “yo” coherente -para lo cual siempre es necesario ser implacable en los juicios hacia fuera – perturba la investigación y la valentía de abordarla más allá de las coartadas de los discursos repetidos.

Segunda historia: también viene del mundo de la cultura. Johan Mijail, escritor y performista dominicano lanzó su “Manifiesto antirracista”. Pocas horas después, el artista mapuche Sebastián Calfuqueo lo acusa de racista y maltratador. Mijail, reconoce haberle dicho “patética, india y más…”. Y en el tono de Sofía, interpela al feminismo “cuya ética me parece, aspira a una ternura total, de un mundo donde no exista la falla y el error, la irreverencia, las incongruencias. Una virtud que al menos yo no poseo: el amor cortés.” “Yo apuesto a la integración de un lado b o lo pérfido de las mujeres”.

Pero este tango es de a tres. La editorial que lo publicó, debe dar una declaración, pues queda atrapada en sus propios términos. En una serie de puntos explica que este manifiesto nace de una reflexión en torno al problema del racismo, que se lo encargan a Mijail, quien podría representar a la comunidad negra racializada. Dicen que valoran que el autor hoy esté en un “periodo de reflexión de la violencia cometida”. Se cuestionan sobre si descatalogar el libro que ya han publicado, pero reconocen que hacerlo implicaría una violencia hacia quienes han sufrido violencia racial. Su salida entonces es distribuirlo en espacios de “reflexión crítica”.

Como en el caso anterior se podrían hacer las mismas preguntas, de qué lado ubicarse, cómo juzgar. ¿Es realmente el debate principal, qué hacer con el libro? Quizás, es el impasse, la contradicción lo que lo hace más interesante.
Por alguna razón, en ambos casos, aunque se hable con el lenguaje de la resistencia y lo libertario, se actúa con el rigor de lo rígido. Quizás lo que vuelve paródicas estas historias y su idea de justicia, es hacer como que se navega en lo líquido, cuando se está atravesado por lo sólido.

Una reflexión: Si algo se repite en estas trifulcas, quedando vaciada de contenido, es la palabra reflexión. Queda la impresión que la palabra ha sido secuestrada por la moral: reflexionar es irse al rincón a escribir cien veces en el muro “no lo volveré a hacer”. Por el contrario, la imagen que creo interesante sobre la reflexión, es la de una incomodidad, no de un castigo que busca redención, sino de algo que va a contrapelo del movimiento natural del cuerpo. Si flexionar una parte del cuerpo, un brazo por ejemplo, es más o menos una inercia en alguna dirección, re-flexionarse, es ya una torsión que puede doler. Es un ejercicio que tampoco resiste convertirse en algo permanente. Es un instante. Luego se ven las consecuencias.

A pesar de que son tiempos de discursos que interrogan los significados establecidos, que quiebran la idea de esencia misma, como el feminismo, los estudios de género, el análisis del micro poder, todo lo que muestra las costuras de lo bio político, se está topando con otra pulsión que cierra todo eso. Hay un esfuerzo por sintetizar la idea de sí mismo, por definir lo que uno es, pegado a una causa. Hay una hipertrofia del yo, cuando hoy las causas se llaman: “yo también” (metoo), “Yo soy” (Je suis…), “yo te creo”.

Este impulso de síntesis lleva también un esfuerzo irrefrenable por clasificarlo todo, a veces para no ofender, otras, desde la técnica, para controlar los desvíos de la subjetividad. Pero lo cierto, es que puede haber una potencia mayor en alguien que se dice a sí mismo loco, que representarse en un homogéneo “trastorno depresivo endógeno”.

El traspié de ubicar la reflexión del mundo en el “yo”, es que entonces un encuentro de historia y feminismo, termina siendo uno de “historiadoras feministas”, un libro sobre racismo, termina siendo un manifiesto de alguien. Luego esa encarnación de la causa en un sujeto, tiene el riesgo de que no pase la prueba de la blancura. Al estar escribiendo esto, explota la historia de la cineasta y actriz Asia Argento, una de las voces más reconocidas en el movimiento metoo. Hoy se sabe que es acusada de abuso sexual a un actor, quien entonces era menor de edad. Y seguramente estas historias seguirán apareciendo, y las justas y urgentes reivindicaciones se perderán en el oportunismo del morbo.

Algunos alegan que esta conducta moral responde a una cuestión generacional, cuyos estándares serían más altos que los de sus antecesores. Y no dudo de que haya un interés por el bien, pero la reflexión, la que es en serio, no tiene edad. ¿O acaso hay que desestimar el profundo trabajo de Hanna Arendt sobre el mal, por cincuentera?. El análisis de la violencia es complejo porque es parte irreductible de la condición humana. De ninguna manera acudo a ese argumento para neutralizar todo acto, con un “todos somos malos”, o llamar a hacer el ejercicio cínico, como el de la derecha chilena hoy, de “contextualizar” la violación a los derechos humanos (asunto del que por cierto, también debe pronunciarse la izquierda, Boric ya hizo la interpelación). Hay que ser implacable frente a esas relativizaciones. Pero la crítica a la violencia debe ir más allá del fin “yoico” de reconocerse a sí mismo como libre de ella. Ese es un error del ethos de los tiempos que corren.

Toda producción cultural, escribe Didi Huberman, está hecha de síntomas. Es decir, de contradicciones entre distintas pulsiones. Toda obra, toda imagen, todo discurso lleva su contrario, porque la estructura de la producción es dialéctica. Por el contrario, el sueño de la sublimación como síntesis final, lleva a caer en la violencia del cliché, donde la opinión publica toma partido por las imágenes ya digeridas de lo que hay que pensar.

El mismo autor propone tomar posición, antes que partido. Es decir, caso a caso, leer las imágenes, los fenómenos y discursos en la complejidad que ameritan, reflexionar, como ese ejercicio incómodo, que supone no estar reconciliado consigo mismo muchas veces. Tomar posición, es la ética que implica algo más que el nerviosismo narcisista de decidir de qué lado quedar.

La foto allá arriba la traigo sólo para tomar una imagen sobre lo que podría ser una representación del tinglado de la cultura: el coliseo como ese imperio que cae, el patriarcado más duro, que en la fuerza del olvido, pasa de ser un cementerio a convertirse en un museo-mall. Los tanques a un costado, de quienes se supone defienden al mundo libre, desde que occidente se convirtió en víctima del 9/11. Y de ser víctimas, se pasó al uso perverso de ellas en el nuevo orden mundial: no hay que olvidar que los miles de cuerpos muertos en el mar, tienen que ver con esos tanques. Lógica que, por cierto, debiera revisar el mundo de la cultura. Y en el muro, un “Ni una menos” anónimo, que denuncia el afán del heroísmo que mata. ¿Será que lucha contra ese coliseo, un patriarcado quebrado, pero que aún existe?. ¿Pero y con los tanques, con ese capitalismo desterritotializado?, el cual exige otros análisis de la violencia de género y la violencia en general. Porque el capitalismo actual, prescinde del patriarcado y de cualquier institución, salvo de la más pequeña, pero tal vez la más peligrosa, la del “yo”.

Distintas temporalidades, pulsiones y conflictos cruzados cohabitan en un solo instante, eso es lo que Freud llamó “malestar en la cultura”. Y esa complejidad exige más de nosotros, que la condición antropológica actual: vestirnos de ositos panda con cuchillos en los bolsillos.