Luego de toda la polémica que se ha levantado sobre el Museo de la Memoria, a partir de las antiguas declaraciones del ex Ministro Mauricio Rojas, decidí visitarlo, para poder llevarme un impresión en persona sobre su contenido, alcance y la forma en que se presenta parte de la historia de nuestro país. Hasta ahora, sólo lo conocía a partir del comentario de otros y de la información disponible en internet sobre la exposiciones que se presentan.

Lo hice con el deseo genuino de construir sobre hechos y no sobre prejuicios. Más allá de las caricaturas que se construyen y que la odiosidad de otros alimenta, yo soy una persona normal que busca fundamentar sus juicios en evidencias y defender con fuerza sus convicciones.

Mi primera impresión: apoteósico. He tenido el privilegio de conocer algunos museos en Chile y en otros países, y el estándar del museo es excepcional para la realidad de nuestro país. Se nota que hay muchos recursos invertidos y que, su dependencia pública, implica un gasto importante para nuestras arcas fiscales. Constato el hecho sin ánimo de polemizar, pero si para poner en perspectiva la realidad de otros museos, como el Museo de la Educación Gabriela Mistral que queda a pocas cuadras y que si bien, no tiene los recursos ni la majestuosidad que uno ve en los pasillos del Museo de la Memoria, se hace un esfuerzo enorme por cuidarlo bien y vale la pena visitarlo.

Segundo, me sorprendió el rigor histórico y la metodología de investigación puesta en la mayoría de las exposiciones y colecciones que se presentan. Reconozco que esperaba algo distinto, de menor entidad y más propagandístico. Esperaba juicios sin fundamentos y afirmaciones sin sustento, pero lo que me encontré fueron muchas fuentes bibliográficas, artículos de prensa e historias validadas por documentos y archivos oficiales. No me dio la misma impresión el equipo de guías del Museo, donde se notaba un mayor sesgo en las opiniones y la evidente inclinación de sus afirmaciones.

Tercero, confirmé que para efectos de este Museo, la crisis institucional de Chile comenzó el 11 de Septiembre de 1973, a las 9 de la mañana. Nada se dice del Gobierno de la Unidad Popular ni de la escalada violentista e ideológica que nos llevo a la ruptura institucional que colocó a Salvador Allende al margen de la Constitución y las Leyes. No están tampoco las víctimas de la violencia de izquierda; terroristas, nacionales y extranjeros, que vienen sembrando el terror en Chile desde la década de los sesenta.

Si me sorprendió, que se hiciera mención al atentado al General Pinochet; que se consignara, aunque parcialmente, la historia de ese trágico suceso y se individualice, como victimas, a los funcionarios del Ejército y Carabineros que fueron asesinados por el terrorismo. Sin duda, no se cuenta la historia completa ni se consigna, por ejemplo, la autoría intelectual de Guillermo Teillier en el hecho (algo que él mismo ha reconocido), pero no esperaba que se mencionara el hecho en este Museo.

¿Qué concluyo a partir de esto? En lo sustancial, nada muy distinto a lo que he opinado desde siempre. Yo jamás he revindicado la violación de los derechos humanos ni he negado la existencia de hechos tan violentos como la muerte, desaparición y tortura de miles de personas en el país. En este Museo y en los libros de historia, hay pruebas concretas de ello y quien dude de eso o pretenda justificarlo, no tiene razón para ello.

Pero reconocer ese hecho no puede ser impedimento para exigir que la historia presente haga un esfuerzo adicional por comprender y explicar el pasado. El antecedente del 11 de Septiembre de 1973 y todo lo que ocurrió de manera previa, es un requisito indispensable para entender la historia de nuestro pueblo y para condenar también las prácticas que nos llevaron al quiebre y división como país.

La izquierda, en esto, es hábil para clausurar el debate y la opinión de quienes pensamos distinto a ellos y se articula, buscando perpetuar la división entre chilenos. Efectivamente, el Museo de la Memoria es un montaje, no porque lo que está en esas colecciones sea falso, sino que porque es una puesta en escena sesgada de nuestra historia, que omite importantes capítulos de ella y que, a mi juicio, son indispensables para verdaderamente comprenderla .

Lo que le falta en el Museo, jamás va a justificar una sola vida humana pérdida a causa del odio de la izquierda o de la derecha, ni tampoco pretendo que así sea. Pero lo que falta en el Museo, de completarse, podría ayudar a que muchos empiecen a convivir con una perspectiva histórica que les es ajena y que podría permitir avanzar en la reconciliación de nuestro pueblo. En la actualidad, al carecer de otras miradas e información indispensable, parece más un memorial que un museo.

Han pasado 45 años y son millones de chilenos los que quieren construir un futuro libre de divisiones y desencuentros. Si todos los sectores hacemos un esfuerzo por conciliar la verdad y cruzar la vereda para conocer la historia del que está al frente, estoy seguro que también comprenderemos sus dramas y tendremos más humanidad para construir una memoria que nos pertenezca a todos y que permita, que a futuro, nunca más vuelva a ocurrir algo que le hizo tanto daño a todos los chilenos.