A tres meses del regreso de “Rojo. El color del talento”, lo único que justifica esa decisión es la posibilidad de nutrir las alicaídas arcas de TVN, vía votación telefónica y auspicios. En lo demás, en lo estricta y macabramente televisivo, solamente se registran pérdidas.

Para empezar, resultan magistralmente amateurs las descoordinaciones entre el nuevo “tío conductor”, Álvaro Escobar y… el resto del mundo, partiendo por el renovado staff de este recordado concurso cazatalentos. A menudo él ha tenido que chicotear a los jurados para que entreguen rapidito sus notas y se guarden sus fundamentos donde mejor les quepan, ya que el propio relajo de Escobar durante el programa hace que cuando tienen que entregar la pantalla a “24 Horas” quede una montaña de menciones comerciales pendientes que hay que emitirlas sí o sí en los siete minutos restantes.

También Alvarito se ha hecho un lío cuando hay que adoptar alguna decisión sobre la marcha, como cuando, en una accidentada performance, este 19 de julio, se le salió un hombro a la bailarina Camila Vásquez y el nominal conductor no sabía qué carajo hacer, si mandar el programa a comerciales (por supuesto, no lo hicieron ya que eso habría significado perderse el espectáculo/rating de una chica guapa sufriendo en pantalla), enviarla a capilla (donde van a parar los amenazados con la eliminación), si esperar que se recuperara, si rellenar contando un chiste de traumatólogos o si entrevistar al hombro, que habría sido lejos la mejor salida, ya que la pobre danzarina lloraba que se las pelaba y no estaba de humor para hilar alguna respuesta.

Otro ítem que no ha pasado inadvertido por lo fastidioso es la insistencia en montar relaciones forzadas entre los participantes. Así se trató de hacer con Juan Ángel Mallorca, de evidente extracción rural, y la cosmopolita Paloma Castillo, una suerte de Kim Kardashian chilensis, que vivió gran parte de su breve existencia en Nueva York. No sólo no pegaba ni juntaba la pareja en su primera cita, sino que ella terminó involucrada con otro cantante del programa (Felipe Galindo) y hasta renunciando (se adujo que estaba cansada de estar tantas veces al borde de la eliminación, pero no descartemos que pudo haber sido por esta insulsa farsa que pocazo tenía que ver con las aptitudes musicales que ella pretendía demostrar).

El lunes de esta semana otra vez se perpetró esta compulsión por emparejar a la gente, con el ejercicio de Tinder más ñoño que se haya visto por estos lados. La bailarina Geraldine Muñoz debía optar por la cháchara más seductora. Los improvisados galanes eran dos cantantes y otro bailarín.

Hay más elementos que confirman que este “Rojo” está definitivamente al debe. Las desafinadas y gallitos están a la orden del día. Es tanto que los cerebros del espacio deberían pensar seriamente en instaurar una nueva categoría y premiar a quien se salga más de la partitura respectiva, ya que no es nada fácil alejarse tanto de las notas.

Propongo como premio conocer a Enrique Iglesias o a Nicky Jam, consagrados internacionalmente en el incomprendido arte de desfigurar canciones en vivo.

Además, se nota que le pusieron más cariño al casting de la primera época. Si uno se fija, prácticamente todos los integrantes del anterior “Rojo” (sobre todo los de las primeras tres temporadas) tenían su onda y estilo dentro de esa indefinición y apocamiento tan propios de nuestra idiosincrasia. Mario Guerrero, Leandro Martínez, Carolina Soto, Nelson Mauri, Yamna Lobos, Monserrat Bustamante (Monserrat Bustamante pos h…). En cambio hoy, entre todo el lote con suerte hacen medio. Hay un detallito que hace que la más linda de las cantantes (Millaray Mandiola) sonría a regañadientes: usa brackets. Mala suerte dirá Ud. ¿Y qué hay de su contraparte masculina, el tahitiano Toarii Valantin? Es el más atractivo desde los cánones tradicionales, pero al mismo tiempo el más desabrido de los postulantes a estrella. Eso ya no es mera mala pata. Estamos hablando de negligencia castingera flagrante, señores.

Una aparente buena noticia es que, a diferencia de lo que ocurría en los medievales primeros tiempos de “Rojo” en que a María Jimena Pereyra la “molestaban” escolarmente con Leandro Martínez, todos hacían como que era verdad que Rodrigo Díaz estaba loco por Daniela Castillo y que Nelson Mauri y Coté Quintanilla serían la pareja soñada. Digo aparente porque aunque hoy en el programa nadie se molesta en disimular su condición sexual, Andrei Hadler y Hernán Arcil –que son pareja– parecen estar haciéndole un homenaje a Ariel Mercader, el gay platónico y/o en remojo de “Machos”: se han besado apenas una vez en pantalla. De acá se lee como “ok, salgan del clóset, pero tampoco agarren papa”. Antes los hacían perseguir mujeres, ahora sólo los censuran.

El tema de la competencia también causa ruido. Los hacen medir fuerzas (talento vocal y expresión corporal en este caso), los estresan al máximo cuando tratan de evitar a toda costa la eliminación y los obligan a decidir a ellos qué compañeros deben abandonar el programa y, por ende, decir adiós para siempre a sus sueños. ¿Para qué? Para, cada cierto tiempo, volver a ingresar a participantes ya expulsados, creando instancias de repechaje de la nada, con el único afán de que la gente se manifieste, vote y, finalmente, pague. Esta semana cinco bailarines y cuatro cantantes, todos eliminados, vuelven a someterse al veredicto popular para que seis de ellos opten a volver al programa. Burdo, por decir lo menos.

Por último, me quiero detener en uno de los jurados, el exactor, exejecutivo de TV, exconductor de late, expanelista de late, ex..iste este señor??? Me refiero a Vasco Moulian, un tipo que le da a la expresión “tristemente célebre” su razón de ser. Un solo botón de prueba de los palos de ciego que dio como director de programación de Canal 13: apostó una caja de vinos si un proyecto que a Vasco que aceptó muy a regañadientes llegaba a durar más de una temporada. Se trataba de “Los 80” (The Clinic, 22 de septiembre del 2012).

Suele decir al momento de fundamentar su evaluación “no tengo palabras”. Perdón, está bien que transparente de manera tan honesta su pobreza de léxico, pero ¿no habría caso de ponerse el parche antes de la herida y grabar sus intervenciones y mostrarlas en diferido y editadas para que no se note al aire tan bochornosa limitación? Hasta podría ser asesorado al momento de redactar lo que va a decir por los profesores Banderas y Campusano. Lo dejo sobre la mesa como una idea.

Como ése no es el escenario, día tras día hay que soportarle a Vasco un atado de musarañas, refunfuños, resuellos y hasta gemidos en busca de las palabras adecuadas para expresar su pensamiento, las que nunca llegan.

Termina de “hablar” y cuesta determinar quién queda más confundido tras escucharlo, si el televidente o el concursante. A uno incluso (Yerko Aliaga) le bajó la nota por no saber quién cantaba en “La ley de la selva” la pieza que acababa de bailar. Por supuesto, cuando el chico le contrapreguntó quién había compuesto la canción, el antijurado se hizo el loco con la respuesta y, bastante molesto por la consulta del participante, se quejó en voz alta por no haberle bajado aún más la calificación.

Lo segundo más patético es que al final, luego de que no ha dicho nada, remata con un alarde de franqueza que da vergüenza ajena: “si digo algo más puedo pecar de ignorante”.

Y dije lo segundo más patético porque lo primero es su misma presencia como jurado, habida cuenta de que hace unos meses confesó solito que en “Protagonistas de la fama” acomodó sus notas porque Nakasone le exigió que Álvaro Ballero llegara a la final. Un pastel que se autodenuncia seguido.