Me pregunto si la noticia de que un rockstar dejó de tomar porque le trasplantaron el hígado sería visto como algo heroico si fuera una mujer la exalcohólica.

En mi familia celebrábamos las fiestas patrias y los años nuevos en patota. En los asados, que duraban dos días, los hombres siempre estaban en el patio alrededor de la parrilla emborrachándose y las mujeres en la cocina preparando ensaladas, fumando y pelando al barrio entero. Recuerdo ser chica e ir de un lugar a otro, escuchar a los hombres vociferar mientras se tambaleaban bien colorados con sus piscolas y entrar a la cocina a escuchar historias, exclamaciones de asombro, tallas y risas. Crecí pensando que a los hombres les correspondía asar animales y emborracharse y a las mujeres cocinar, fumar y acarrear a los maridos de vuelta a sus casas.

Los hombres tenían chipe libre para el relajo del nervio, aunque terminaran convertidos en unos verdaderos retardados mentales, siempre había que mirarlos con humor. Las mujeres, en cambio, debían estar en control de ellas mismas y de su familia, de lo contrario eran tildadas de locas, borrachas y sueltas.

Yo pensé así hasta que entré a la universidad. En la escuela de arte si quería pertenecer a algún grupo tenía que consumir algún distorsionante mental. Elegí dos: pitos y alcohol. En pocos meses me transformé en la vergüenza de la familia.

No sé si fue porque crecí pensando que el copete era cosa de hombres pero los tres años que me caí al litro también me mimeticé físicamente con ellos y entendí que lo más complejo de emborracharse cuando eres mujer es el grado de vulnerabilidad en el que quedas. Sobre todo si tomas en la calle y con hombres.

Después me enamoré, mi pelo creció y mis carretes se condensaron los fines de semana y entre amigos. Me hice fama de chupete de fierro, el copete me ponía extra irónica, sin filtro para criticar y reírme de todo y protagonicé unos ataques de celos estilo Televisa. Además sufría la dualidad del bien y el mal. El alcohol era mi recompensa por ser matea y buena persona el resto de la semana.

Cuando viví en NYC como trabajaba y estudiaba todo el día y además no tenía ni uno, los carretes eran esporádicos pero históricos. El alcohol fue mi comodín de confianza para hablar inglés fluido, hacer nuevos amigos, pinchar y superar mis complejos de inferioridad de ser mujer, latina, artista, gorda y fea. Pero aunque me sirvieron como guiones para mis primeros cómics, el alcohol fue siempre sinónimo de felicidad y culpa. No me cabía en la cabeza el concepto de entretención sin un copete en la mano y todo lo malo me sucedía cuando estaba copeteada (peleas, caídas de casete, desubicaciones, romances cuáticos). Odiaba a la gente abstemia y me odiaba a mí misma cuando estaba con caña.

Hasta que el embarazo de mi primera hija me lanzó a otra dimensión. Fue abrupto y surrealista. Las hormonas se transformaron en un nuevo elixir de amor y estabilidad. Volví a ser abstemia por años porque crié a dos hijas seguidas. No sé cómo sobreviví. Me salvaron mis amigas con guaguas, dibujar, pintar y ver tele. También me separé.
Las niñas crecieron y volví a tomar “recreativamente” los fines de semana sin hijas, para suavizar las neuras de mi rol de adulta y para ver si en una de esas “saltaba la liebre”. El alcohol me ayudó a pinchar a los 40, tarea nada fácil porque sólo quedaban hombres casados o separados deprimidos.

Hace cinco años dejé de tomar por una dieta. Quería bajar de peso, quedar regia estupenda y volver a las pistas. Pero ocurrió un milagro: en ocho meses mi hígado recuperó su lucidez, me dieron ganas de pasarla bien sin sentirme vulnerable, sin migrañas, recordando lo que había hablado la noche anterior, sin necesitar ser chistosa todo el rato y lo más importante, en mi tiempo libre preferí ver series y dormir. Nadie me cree que nunca me han dado ganas. Ahora los curados me odian a mí.

Después de ir al planeta copete y volver, creo que tomar hasta perder el hígado más que ser un tema masculino, es un juego de poder sobre el propio cuerpo, un tira y afloja entre perder la responsabilidad sobre él y recuperarla para abusarlo y ver hasta dónde llega. Quizás por eso a los hombres les gusta apropiarse de esa dinámica, que a muchas mujeres también nos llega a seducir, porque sienten placer al ejercer un poder destructivo. Quizás las mujeres reunidas en esa cocina querían ejercer el poder contrario, el constructivo, conteniendo y recogiendo lo que quedaba de ellos cuando la fiesta se acababa.

Hombres, cuiden sus hígados, porque no todos son rockstars y sobre todo porque ya no quedan tantas mujeres en la cocina.