Por Arelis Uribe
@arolasuribe

A los doce años fui vocalista de una banda. La banda era básicamente mi cuñado y yo. Nos juntábamos a ensayar, cantamos frente a mi mamá y grabamos una canción en un cassette que ya no existe. A los dieciséis formé una banda imaginaria. Con una amiga pensamos en una banda punk llamada “Chimoltrufia”. Nunca tocamos, sólo nos juntábamos a hablar de la banda, a contarnos el cuento de que teníamos una banda. Funcionamos así por años.

Hace poco se me ocurrió armar otra banda, se llamaría “La mini banda” porque sólo tocaríamos instrumentos pequeños. En vez de guitarra, ukelele. En vez de batería, pandero. En vez de piano, melódica. Se me ocurrió la idea con una amiga, pero por más que le insistí por whatsapp la idea no prosperó del chiste.

Una noche estaba carreteando donde mi amiga Lula y le conté esto, que estoy aprendiendo a tocar guitarra y que pensé en fundar una banda. Ella dijo, buena, también tomé clases de canto, tengo una loopera, micrófono, ukelele, pandero. Juntémonos. Hace un mes nos sentamos en su living a jugar. Miramos videos de la música que nos gusta, tocamos las canciones que nos sabíamos. Usé un micrófono por primera vez para escuchar mi voz y entendí la importancia de la respiración para cuidar los silencios.

Como soy autodidacta, trato de aprender de lo que me rodea. Una tarde estaba tocando guitarra en un parque y se me acercó una chica punk. Al principio me asustó, pero cuando la dejé abordarme descubrí una argentina viajera. Le pasé la guitarra y tocó punk español. Me enseñó que el punk se toca en quintas, haciendo una especie de cejillo y golpeando sólo las cuerdas más gruesas.

Otro día, de puro patuda, le escribí a la Josefina González y me invité a su casa. Me gusta porque escribió una obra de teatro que se publicó como novela [“Cómo cuidar de un pato”], grabó un disco que también es un cassette y publicó dos fanzines que se llaman “Mundo absurdo”. Terminamos armando una peña. Tomamos vino, nos intercambiamos nuestros libros, dibujamos y tocamos guitarra. Esa noche aprendí a usar el cejillo metálico para subir la escala en la guitarra y que hay que “hacer tierra” al cantar notas agudas: hundirse para llegar a los altos. También gané confianza, canté frente a ella y a su pareja, que es músico, toca en Protistas, y me escucharon y no salieron arrancando.

Veo a la música crecer en mí como una mancha nueva. La veo absorberme, enlazarme con ella. Días atrás la Javiera Tapia me pidió que llevara mi guitarra a una fiesta con micrófono abierto por si alguien quería tocar. La Grace Caracol y la Chini Ayarza [de Chini and the Technicians] cantaron. Cuando las vi con mi guitarra en las manos, pensé: papá, supieras hasta dónde llegó tu guitarra, dos personas que hacen música de verdad la están tocando. Me sentí bendecida.

Luego, en la fiesta, hubo lecturas y yo leí la primera columna sobre la muerte de mi papá que publiqué aquí. Al bajar del escenario, me alcanzó la Tiare Galaz [Niña Tormenta] y me dio un abrazo largo y generoso. Dijo: yo también empecé a cantar cuando murió mi papá. Sentí que no todo está perdido, que un día quizá sí podré componer una canción.

Disfruto que la música esté en presente en mi vida. Disfruto conocer gente que toca profesionalmente y robar sus técnicas para descubrir las mías. La Yorka me dijo que al principio tampoco sabía qué estaba haciendo, que una fluye con el tiempo. Es cierto. No fuerzo, dejo que las cosas simplemente sucedan. Como el otro día. Desperté con ganas de traducir “Turn into” de los Yeah Yeah Yeahs al español. Llevo meses tocándola en inglés en clases de canto. Le puse “Tornar en ti” y ahora canto un tema que no es mío pero igual tiene algo de mí. Es bonito. Siento que podría morir hoy y ese deseo de ojalá-alguna-vez-tocar-guitarra ya estaría cumplido. Sentiría la satisfacción de que el principio ya es pasado.