Por Marcelo Becerra

Llegar hasta la actual versión del festival de Cine de la Patagonia es el resultado del esfuerzo y convicción de un equipo de trabajo independiente que se ha dispuesto levantar un proyecto relevante para la escena cultural del Sur de Chile. Movilizados por la ausencia de un cine en la ciudad y región, comienza un trabajo sostenido, que alcanza esta nueva versión del festival y ya ha desplegado siete versiones a través de la siempre frágil postulación a fondos públicos. En contradicción con el crecimiento y consolidación del festival en la ciudadanía y comunidad regional, persiste la dependencia de la concursabilidad y reparto centralizado de financiamientos siempre insuficientes y que más de una vez han tenido a esta iniciativa sufriendo ante la posibilidad de no llevarse a cabo. Conociendo las reglas del juego de este tipo de financiamientos, preocupa la debilidad de políticas públicas que aseguren la distribución, al menos de la producción nacional audiovisual a lo largo de todo su territorio. Romper brechas de acceso a contenidos debería representar una prioridad de las agencias públicas de fomento audiovisual, no obstante, aun Chile se permite repartir arbitrariamente sus historias a algunos en desmedro de otros. La fiesta del cine se celebra para aquellos que han contado con la buena gestión y diseño de organizaciones con o sin fines de lucro, más o menos interesadas en llegar a grupos de población con menor acceso. Los festivales son lugares donde hoy se celebra la difusión de la producción nacional, sin embargo, sus estadísticas no son sumadas a las taquillas, ni asegurada su continuidad dado el rol que cumplen más aun en regiones distantes de los centros donde distribuye y reparte también el financiamiento de iniciativas culturales. En una simple gráfica realizada luego de selección de proyectos por los fondos de gobierno, veíamos la desproporción de los recursos que se destinan en el país y el desolado panorama que muy posiblemente pueden vivir año a año comunidades y realizadores frente a la súper centralización que evidencian regiones como Metropolitana, Valparaíso, Biobío en desmedro de Tarapacá, Atacama, Aysén o Magallanes. Romper tendencias requiere decisión y visión de territorio, pero que aun en política cultural es al menos insuficiente.

Al otro lado de la vereda, FECIPA genera redes de trabajo, articula espacios creativos, levanta vínculos duraderos sostenidos en calidad de relaciones gracias a construcciones colectivas, cooperativas, horizontales. Así como crece este festival aysenino y patagónico, también se hace de manera orgánica y sumando aportes, principalmente de estructuras y organizaciones pares, sostenidas en proyectos ciudadanos. La independencia del trabajo otorga autonomía en los diseños y programación, coordinada con intereses y miradas pertinentes al territorio, al ser levantadas desde cada lugar. Al realizar este festival miramos un espacio vasto y periférico que sin embargo, adquiere especial valor hoy en contextos de crecimiento y liberalización económica y aceleración de zonas de sacrificio. Esta mirada sur aporta a una construcción no solo de este territorio compartido con el sur argentino sino a las posibilidades futuras de un país que apenas ha visto aquí una oportunidad de explotación de recursos naturales, y muy lejos articulado una idea de recursos culturales, posibles desarrollo fílmico y cultura creativa.

Los desafíos de este festival son grandes en tanto implican fortalecer una estructura de desarrollo institucional que asegure plataformas mínimas de funcionamiento, y de relación con otros, pero también determinan instalar ventanas y condiciones como aquellas ya iniciadas que hoy permiten que trabajos propios, construidos en esta parte del país y continente, sean capaces de responder a ese primer anhelo que era ver estas propias historias en la pantalla del cine y luego viajando lejos de esta ya lejana frontera.

Por ultimo, la otra ventana, la que determina generar focos de persistencia del audiovisual, donde visitar y re visitar contenidos para celebración de un rito colectivo, donde converge una comunidad con herramientas para de construir estructuras de violencia física, simbólica y ahora desplazar fronteras de visibilidad de un territorio, sus habitantes y sus propias imágenes.