Miguel, estudiante de filosofía, 32 años.

El día que murió Camiroaga yo estaba en la toma de la Universidad. Llevábamos tres meses de valiente resistencia, contra las autoridades, los poderes fácticos, la iglesia copta, el Gobierno, el Estado y sus esbirros, el pan amasado, unas hojas de otoño. No aceptaríamos más chantajes. Todo partió con la trágica experiencia de una compañera que entró al baño sin suficiente papel confort y se vio forzada a correr por el patio a raja pelada embetunada rogando por un poco de papel sanitario. Y ustedes criticando a Venezuela, si en esa miserable universidad estábamos peor. Fue una lucha que partió por tener confort en el baño y terminó pidiendo educación gratuita.

Éramos la facultad más combativa y la escuela más choriza. La noche anterior habíamos cortado la calle para demostrarle al gobierno quién imponía las condiciones. Nuestra humilde barricada (compuesta por una llanta de bicicleta – el dueño de la bicicleta a la que se la sacamos reclamó y chilló y no pareció entender que la sacrificamos por un motivo mayor; la revolución – dos cajones de tomates sin tomates y un repollo) fue la causa de la furia de las enhiestas fuerzas del orden, que no cejaron en responder con todo su poder de fuego… y de agua altamente gasificada a nuestro valiente acto de resistencia política. La peor parte se la llevaron los travestis, o las travestis, o les travestis, que a esa hora buscaban clientela y que por el carro hidrante terminaron tosiendo y vomitando, y con el poco rimmel barato que se aplicaban completamente corrido. Pero no importa, era un mal necesario para la llegada del hombre nuevo y la educación gratuita.

Ese viernes tocaba la revalidación de la toma. En una valiente jornada de votación, con una apabullante mayoría de 33 contra 1 voto, revalidamos la toma por otros ocho días hábiles. Para esperar los resultados organizamos un foro taller donde conoceríamos en directo experiencias de resistencia en otros lugares del mundo.

La idea era tener la presencia presente de Germán Moissen, líder de las Juventudes de la Organización Juvenil “Ke explote to2” de los pastos de la UNAM en México (que no es lo mismo que la UNAM propiamente tal, hay que hacer la distinción). Al principio, la idea era comprarle un billete de avión para que se presentara presencialmente en la sala; para ello, en los días inmediatamente anteriores a su visita mandamos a redoblar los esfuerzos para machetear dinero a los cerros y el plan, pero no resultó por vicisitudes propias de la lucha (no hay que prometerles que el 40% de lo recolectado sería destinado a financiar vino navegado porque estos weones cortan la cola en un 50 y se compran vino y mota y no lo navegan ni lo comparten) así que terminamos por concertar un foro por teleconferencia, pero justo el FASCISTA, y quiero recalcar, con las mayúsculas más grandes que el señor cajista me pueda dar, el FASCISTA del rector nos cortó el internet en el edificio, con la excusa, primero, que si no estudiábamos no había razón para acceder a internet, y segundo, que estaban haciendo un cambio de proveedor (razón del todo falsa).

Al final el foro consistió en la audición de un mensaje grabado en audio que llegó con dos horas de retraso por un problema tanto en el dropbox donde lo enviaron, como en el cibercafé donde lo bajamos. Con todo, considero que el foro fue un absoluto éxito; logramos convocar a siete vecinos quienes compartieron con nosotros diversas experiencias de vida de resistencia, tanto a la dictadura como sus nefastas consecuencias.

Así se nos fue la tarde. Para cuando salí, el Johnny, el portero que guardaba nuestros carnets (y que al final dijo que los perdió, pero estoy convencido que es sapo de la yuta y les pasó nuestros carnets a la policía) nos dijo que en la radio dicen que dijeron que un avión se había perdido camino a Juan Fernández. Y que en uno de los dos aviones perdidos estaba Felipito. Le digo Felipito, porque así le decía mi mamá, mi pobre mamá, siempre trabajó duro por enviarme a la universidad y yo la decepcioné de esta forma.


Era obvio que lo que había pasado no era mera casualidad. Para ser mera inepcia, era muy raro que la Fuerza Aérea se manejara a ese nivel. No, era evidente que tenía que ser un sabotaje. De esta manera lograban un enorme distractor contra la fuerza del estudiantado. Una muerte atroz de un tipo famoso, que era el soporte emocional de millones de personas que lograban aplacar su miseria con las ocurrencias y la simpatía de Felipín. El Ministro del interior era uno de eso que tienen el brizz, era evidente que esto era una operación del Mossad para crear una cortina de humo comunicacional. Y así lo lograron; nos dijeron que era de mal gusto salir a marchar por cerca de un mes, nos hicieron perder todo el poder comunicacional que habíamos acumulado en todo este tiempo.

Esa noche supe que no había sido solo Felipito quien había muerto. O sea, claro, eran como 21 personas mas, pero nadie se acuerda de ellos más que sus familiares. O sea, gente muere de formas horrorosas todos los días y nadie da luto nacional por ello. A un amigo, que era bueno para el copetito (quedó así de cagado después de un examen muy brígido) una vez cruzó la carretera oscuro y lo arrollaron. El problema es que comenzaron a pasar camiones sobre sus restos y para cuando llegó la yuta con la policía todo lo que encontraron fueron pedazos de carne picada y molida. Y nadie hizo ningún responso, ni una puta velita por este weón. Y fue una muerte horrenda, en soledad, ebrio, aplastado y picado en la carretera.

Es evidente que un golpe tan fuerte al espíritu colectivo tenía que ser intencional.

Esa noche partí rumbo a la sala donde me alojaba y lloré, lloré contra la pared donde tenía mi póster de Camila Vallejo. El póster estaba amarillando, porque estaba impreso en papel de diario, Camila Vallejo estaba amarillando, pero no importaba, yo me había dejado la barba, había empezado a usar boina y vestirme de verde. Le iba a demostrar a Camila Vallejo que yo era el más combativo de Chile y que no necesitaba ir a Cuba a recibir entrenamiento para ser el más revolucionario estudiante del país.

Y sería el guerrillero urbano más célebre, y ella me tomaría por esposo y empezaríamos una dictadura del proletariado que gobernaría firmemente el país por sesenta años antes de pasar al comunismo. Nos entrenábamos imitando el entrenamiento militar que veíamos en “La Forja de un rebelde” (TVE, ca. 1990, basado en los libros de Arturo Barea) pero solo con palos, a la espera de que esa noche llegaran los fierros que nos había prometido un compa que tenía un tío que había sido del MIR, del Lautaro o del Frente, no lo tengo claro. Aún con lágrimas en los ojos, fui a recibir la camioneta. El weón se bajó y me dijo “malas noticias, entendí mal lo de los fierros. Los que tenía mi tío son estos” y me pasa unos tubos de aluminio que se usaban para tender carpas en la playa.

Esa noche supe que no era solo Felipito quien había muerto. Había muerto también el movimiento estudiantil.

Y tú, ¿qué hacías el día que murió Camiroaga?