El 18 no es 18 sin volantines. El volantín ha sido, es y será siempre por lejos el mayor símbolo de Septiembre (sé que usted me dirá que no; que es la chicha, la empaná y la cueca, so chancho alcohólico bueno pa’ zapatear en fonda ajena).

En mi opinión el símbolo por excelencia es el volantín. Este rudimentario invento ha maravillado a generaciones porque logra condensar en un pequeño rombo de papel cruzado por palillos de caña, todas las expectativas y esperanzas del 99% de los Chilenos.

Cuando era niño me maravillaba al ver en el cielo azulado la danza de estos bártulos que, suspendidos en el aire y haciendo piruetas cruzaban sus hilos “curados” y se entrampaban en una batalla que requería de estrategia y destreza para ganar, para “echar cortado” al vecino y así continuar en el juego, en la espera de la siguiente contienda. En ese entonces yo no sabía de privilegios, ni de clases, ni de desigualdad. Todo lo que sabía es que se venía el 18 y con eso se abría en el firmamento una nueva temporada de combates; y yo tenía que ser parte de ella.

Nunca pude encumbrar un volantín. ( para que esto suene más triste ponga de fondo el “Adagio para cuerdas” de Samuel Barber e imagine a Don Cangrejo tocando su mini violín)

Por más que lo intenté nunca puede hacer despegar del piso ni siquiera las “ñeclas” de papel de diario que me hacían mi padre y mi abuelo entre pipeño y pipeño. Supe que no tendría éxito en la vida cuando una y otra vez entraba a mi casa con el volantín hecho pedazos y escuchaba: “¿otra vez se te chingó?”, “¡uta que salió embarao este cabro!”, “¡ya te gastaste todos los volantines!”.

En fin, no tuve la habilidad para encumbrar la esperanza que tenía mi familia de verme volar alto y dominar los cielos. Un día, siendo ya un adolescente, sospeché que para ganar en este juego no bastaba con poder hacer volar el volantín. Creí que no había podido hacerlo porque no tenía ni el hilo, ni el carrete, ni los “pavos” que tenía el vecino. El volantín del vecino se elevaba y dominaba el cielo porque él tenía acceso a comprar mejores hilos, mejores carretes y mejores “pavos”, de esos con palillos de alerce. Ese día decidí darle fin a mi incertidumbre, me armé de valor y me fui directo a la fuente.

Era 19 de Septiembre, (recuerdo muy bien que era 19 porque mi hermana estaba encerrada en su pieza con su pololo ̶v̶i̶é̶n̶d̶o̶l̶a̶ viendo la pará) aquel día dejé atrás mi orgullo combatiente y partí raudo a hablar con el enemigo, fui a la casa del vecino en una suerte de tregua unilateral con el fin de que me contara sus secretos de guerra. Pensé que cómo nunca se había enfrentado conmigo no se percataría que era nada más ni nada menos que su archirrival el que golpeaba su puerta para obtener cualquier información que le permitiera derrotarlo.

No pude siquiera preguntar, apenas abrió su puerta me miró de arriba abajo y me dijo que sabía quién yo era, que me había visto intentando echar al vuelo las picantes “ñeclas” que me hacía mi abuelo, que no podían compararse a los “pavos” que le compraba su padre y que con mi ordinario carrete ni pensara en que podría igualar su destreza y dominio del cielo.

Después de ese día nunca más intenté elevar un volantín.

Así fue como el volantín perdió su épica, Septiembre perdió su épica, (el vecino perdió dos dientes por el cornete que le pegué de puro picao) y la vida misma también perdió en parte su épica.

Ya siendo un adulto, estando en un antro con unos amigos (y después de unos tres shop de medio litro) decanté esta experiencia y concluí que al final fue por una mezcla de ambas. Es verdad que mi vecino tenía una “ventaja económica” pero también es cierto que yo era ñurdo, no tenía pasta para encumbrar esos artilugios de papel.

Como premio de consuelo en Septiembre (y el resto del año) nunca me han faltado ni los buenos carretes, ni lo curado; y una que otra vez me echan cortado. Tuve la fortuna de conocer en Twitter a un par de personajes “Okultos” (uno es columnista del pasquín de una famosa clínica) que siempre prenden y sorprenden con unos buenos “pavos” para elevarme cuál volantín y aunque sin hilo que me afirme el que pasa curao soy yo.

FIN.

NOTA AL PIE:

Para los que se quedaron con la sensación de que mi historia tuvo un triste final les contaré que el no poder elevar un volantín nunca me desanimó. Muy por el contrario, uní dos palos de escoba con un alambre, doblé un colgador de ropa y lo puse arriba en forma de gancho. Así me fui a la caza, me hice el mejor cazador de volantines cortados del barrio; y como no sabía cómo elevarlos, se los vendía a muy buen precio a los que tenían la habilidad de competir en el aire, incluído mi vecino.

¡ESO ES ÉPICA!, ¡VIVA CHILE MIERDA!