Con Ignacio nos mandamos correos electrónicos hace tiempo. Lo hacemos como si fueran cartas para no perder el contacto ahora que estamos lejos. Las cartas pienso, son como piezas vacías. Espacios íntimos que guardan lo que no escribiríamos en Facebook, empezando porque en las redes sociales uno presume de sus triunfos, y en las cartas, nos atrevemos a presumir de los fracasos. Ignacio y yo, por ejemplo, nos dedicamos a las artes, así que siempre hablamos de lo mismo: expectativas, falta de confianza, los proyectos que nunca terminamos y el panorama desértico de las oportunidades.

Excepto por el último correo.

A unos cinco años de habernos conocido, Ignacio me contó que era cero positivo. No que se había contagiado, sino que lo era hace tiempo, desde antes que nos conociéramos. Mucho antes. Pensé en agradecerle el gesto de confianza, aunque también pensé que nada podría hacer justicia a la intimidad de su confesión. Pero unas líneas más abajo, Ignacio agregó que aquello que lo movía a escribirme era el arrepentimiento. Que ese era un correo pidiendo disculpas.

Con el Ignacio nos conocimos en internet. Ahora somos amigos pero la primera vez que salimos juntos fue a un sauna, un edificio de varios pisos que habitamos desde un rincón. Nos recuerdo juntos en una sala húmeda, acompañados y rodeados de gente que ninguno podo ver. Y que luego, en su departamento, culiamos en su habitación minúscula. Sin condón.

“Pese a que estaba en tratamiento te puse en peligro”, me dijo. Y recién ahí entendí la situación en la que estábamos metidos. La culpa – una cosa monstruosa e incansable– lo había perseguido por años y ahora amenazaba nuestra amistad. “Sí po” pensé, “me pusiste en peligro”. Y sentí que el Ignacio que conocía, una persona importante que me había salvado de la tristeza con su amistad, era un impostor. Que algo reescribía nuestra historia y que todo este tiempo él había sido un personaje distinto: la persona que casi me había contagiado de VIH.

Ahora que estamos lejos me pusiste en peligro, me repetía una y otra vez mientras volvía a leer su correo electrónico, sin saber qué responder.

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Decir que Chile está perdiendo contra el VIH sería un eufemismo. Chile está cagado. Ha sido derrotado en cada pelea, en cada frente, en cada lugar. Somos el país con más casos en todo Latinoamérica y el crecimiento de los nuevos casos supera a África, continente que utilizamos como referencia para sentirnos un poco más civilizados. Lo que les preocupa a los médicos es que cada año, las personas que se contagian son muchas, pero muchas más que el año anterior. Y eso es especialmente problemático cuando en el resto del mundo ocurre exactamente lo contrario, los números bajan. Somos un agujero negro que nadie puede explicar. Entonces, a las autoridades no les queda más que declarar con resignación: “tocamos fondo”.

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Los gays nunca tenemos “sexo”. O tenemos sexo seguro o sexo inseguro. Sexo protegido –o dios no lo quiera– sexo desprotegido. Nunca culiamos así no más, sin apellido y por casualidad. Cuando nos acostamos con alguien tomamos una decisión transcendental, abrazarse al peligro o pasar de largo, como si con que nos metieran el pico estuviéramos adquiriendo una responsabilidad de vida o muerte. Y eso es parte de la cultura gay. Algo que aprendimos, que olvidamos que aprendimos y que ahora nos parece tan natural como si hubiéramos nacido con ello. De eso se trata la culpa, de algo que no se va. Nuestra estrella guardiana.

Luego de contarle a mi mamá que era gay, ella adquirió un hábito que antes no tenía. Cada día que le contaba de una posible pareja ella respondía “cuídese”. Y esto es algo que todos saben. El cuídese homosexual es muy distinto al cuídese heterosexual. Este cuídese quiere decir usa condón. No te contagies de sida. No te mueras.

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El PreP es un tratamiento que pocos conocen en Chile y la mayoría de los que lo conocen es porque han viajado o lo leyeron en internet. Mientras tanto, los pocos que hablan de ello lo hacen como si fuera uno de los inventos más increíbles del primer mundo. Una vez, un cubano con el que culiaba me contó que estaba intentando comprar las pastillas por internet y que estaba dispuesto a pagar lo que fuera como si además de un medicamento, fueran una mercancía exótica y tuviera que traficarla.

Las pastillas de las que hablo son Truvada, y es uno de los medicamentos más eficientes para tratar el VIH. Tanto así, que si una persona cero negativo toma el medicamento como se debe (una vez al día, todos los días) puede prevenir el contagio en un 99% aunque hayamos pecado como dios manda: sin condón. Incluso si comenzamos el tratamiento un día después de habernos abierto al contagio, las pastillas son capaces de atrapar el virus. Y esto lo cambia todo. El mundo ha estado cambiando a nuestro alrededor y no nos hemos enterado.


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Durante el tiempo en que no respondí el correo de Ignacio parecía haber un acuerdo tácito: la culpa la debía sostener él. Resolví que si hubiera sabido que él era positivo me habría cuidado. Pero como nunca había conocido la historia completa, el que me tenía que haber cuidado era él.

¿Pero cuidarme de qué? ¿De él mismo?

La narrativa que los gays tenemos del sexo es siniestra. Seguridad, protección, responsabilidad. Hablamos del sexo como si fuera un paisaje delicado y peligroso o como si condujéramos nuestro deseo con los ojos vendados y nuestros polvos no fueran más que curvas cerradas. Nos dijeron que nunca hay que bajar las defensas porque el otro tiene el poder de matarnos y ahora todos somos potenciales asesinos.

Pero hoy en Chile las autoridades médicas están discutiendo sobre el PreP. Se trata de un medicamento que podría cambiarle la vida a la mitad de mi Facebook, pero sólo una persona publicó la noticia en su muro. Nunca, jamás, un doctor me ha hablado de él. Pero sí recuerdo a una doctora que me preguntó si no pensaba que estaba teniendo “demasiado sexo”, y otra que ––nunca se me va a olvidar– permaneció indiferente ante lo que parecía ser mi primera ITS. Cuando aplastado por la culpa le prometí a la doctora que “nunca más”, como si hubiera tenido que pedir perdón por mis síntomas, ella respondió: “Sí, claro, todos dicen lo mismo”.

En una entrevista, el doctor Alejandro Afani, inmunólogo y Vicepresidente de la Corporación Sida Chile, declaró lo siguiente: “En caso de ingresar al país, lo haría probablemente con un plan enfocado en grupos vulnerables, desde el Estado. Esto no es una cosa que la persona vaya a comprar la pastilla, no. Aquí primero hay criterios de selección, para quienes sí y para quiénes no. No es para todos. Es algo que tenemos que conversar”

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Una vez, de Chile me escribieron para decirme que “X” –una especie de actor porno amateur que subía a internet sus videos culiando– le había pegado el sida a “Y” y que “Y” había muerto. La existencia de “Y”, claro está, es dudosa hasta el día de hoy: el amigo del amigo de alguien. Pero al otro lado de mi conexión a internet había una persona real. Y esa persona real agonizaba por contarme que alguien, en algún lugar y sin ninguna evidencia, tenía el virus. No tengo idea si X es, fue o será positivo, pero toda la situación me inspiró un odio terrible. “Ya nadie se muere de sida”, le respondí a mi contacto y le dejé de hablar.

“Así de malignos somos”, pensé. Nos sentimos tan amenazados que de alguna forma la cantidad de glóbulos blancos en la sangre de un extraño nos compete profundamente. Y como todo aquello que nos asusta también nos atrae, nos sentimos seducidos ante la posibilidad de saber quién lo tiene y quién se lo contagió a quién. Son historias que pensamos nos pertenecen como si estuviéramos conectados por raíces invisibles. Aunque: ¿el sexo no se trata justamente de eso?

La parte que más me violentó del mensaje fue la narrativa del contagio. Nos contamos los unos a los otros las historias de quién “se lo pegó” a quién como si follar sin condón no fuera un acto consensuado, sino más bien, un acto destructivo del cual uno no puede defenderse.

¿Qué acaso al otro lo obligaron a follar “acapela”? ¿Qué acaso Ignacio tenía alguna responsabilidad por las decisiones que tomé con él? ¿Qué acaso vivir es estar siempre amenazado de muerte?

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“No es para todos”. Eso fue lo que dijo Afani, un hombre poderoso, adinerado y heterosexual. Y la semejanza con la forma en que las farmacéuticas se negaron a liberar los medicamentos durante la crisis del sida allá en los años ochenta me da escalofríos. Las autoridades no pretenden controlar el uso del PreP por falta de recursos, sino por el pavor que le tiene Chile a la libertad. Los conservadores ya piensan que con la aprobación de ciertas leyes las mujeres van a abortar con el ímpetu de un deporte olímpico, o que los niños y niñas van a cambiar de género como quien pierde un calcetín. Ahora también le temen a la promiscuidad. Tienen pesadillas, y en esas pesadillas estamos nosotros culiando.

En la mayor parte de los países que sí cuentan con el tratamiento las pastillas se distribuyen a cualquiera que las solicite. Y ni hablar de la difusión. Desde gigantografías hasta Grindr. El departamento de salud de Nueva York tiene la mejor publicidad que he visto hasta ahora: ¿Culiaste sin condón? Te tenemos cubierto. Fin. Nada más que agregar. Y por si fuera poco, te ponen la caricatura de un oso porque en inglés sexo sin condón (bare-back) se pronuncia casi igual que el animal (bear).

En Nueva York las infecciones por VIH no bajaron, se detuvieron. Lo mismo ocurre en San Francisco, paraíso sexual del siglo XXI. En una ciudad llena de saunas y sex clubs, no ha habido ningún caso de nuevo contagio en últimos 10 años, y casi cada homosexual de la ciudad anda por la vida con un llaverito que contiene sus pastillas dentro. Para sociedades así, no es necesario estar en peligro para dar una solución.

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El sistema médico utiliza los términos “pareja única” o “parejas múltiple” porque aún le cuesta imaginar otra forma de estar juntos y tener sexo que no sea a partir del compromiso. LAN Chile obliga a sus trabajadores a hacerse un test de VIH antes del contrato y luego una vez anualmente. Tras años de emancipación sigue existiendo tal cosa como “demasiado sexo” y la acusación de promiscuidad arrastra el intenso aroma de la culpa católica.

Aunque no sea nada más que una enfermedad crónica como la diabetes o la hipertensión, el VIH sostiene injustamente el peso de toda una cosmovisión antigua, esa que insiste con que el sexo es algo sucio, vergonzoso y que debe utilizarse en casos de emergencia y con la supervisión de un adulto. La carga es moral. Ni la diabetes o ni siquiera el alcoholismo arrastran tanta culpa, aunque las personas que padecen sus males también se hayan enfermado por la vaga noción del exceso. No es la infección ni el virus, es el gesto de enfermarse como consecuencia de un acto sexual lo que resulta problemático. Lo que echa a correr nuestra imaginación a rincones sórdidos especialmente si el acto es entre dos hombres. Pero no es la enfermedad.

Además, parece demasiado fácil salirse de las líneas cuando se trata de culiar.

El VIH es una criatura mitológica de la que se habla mucho y cuya ferocidad se alimenta de la ignorancia y de nuestra irrefrenable pasión por el castigo. Aún la gente se sorprende cuando se entera de que una persona de carga indetectable no puede transmitir el virus, o peor aún, no lo creen. Ni siquiera los doctores se atreven a decirlo porque no están dispuestos a liberar a estar criatura para que ande así como así, libre. Necesitan controlarlas. Y en caso de no haber sido lo suficientemente claro: las criaturas somos nosotros.

Nuestra noción de autocuidado –y con ello nuestras campañas de prevención y todas las fotos en blanco y negro, la música dramática, el higienismo y las metáforas– debería ser realista y humana. El país con más casos de VIH en Latinoamérica sigue hablando de abstinencia o “parejas únicas” en un gesto obstinado y ridículo. El cuidado abarca el placer, el sexo es consentimiento y transacción. Una vida sexual saludable es la que nos hace felices, y para eso tenemos que aprender a tomar decisiones, no confundidos por la ignorancia, la vergüenza o el miedo, sino gracias al ejercicio libre de nuestra voluntad. El cuidado debería hacernos vulnerables al otro, no impermeables.

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El PreP fue una bomba en la comunidad gay. Cambió la historia. No solo alteró el marcador de la batalla, sino que además arrancó el miedo de las nuevas generaciones. Y ese es un cambio cultural con el que nuestros antepasados ni siquiera se atrevieron a soñar, porque los gays estamos hechos de culpa, de miedo, vergüenza y amenazas. Y por primera vez, un medicamento está sacando todos esos numerales de la ecuación. Por primera vez, desde que nos moríamos enfermos como moscas, podemos culiar sin miedo.

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Cuando rompí mi silencio, le pedí perdón a Ignacio por mi repentina desaparicón. Luego le pregunté si podía usar su nombre real para este texto. Como era de esperar, dijo que no. “Tú sabís como es este país”, respondió en otra carta.