Se partió en Nicaragua otro hierro caliente”, así le cantaba Silvio Rodríguez en su Canción Urgente para Nicaragua (1980) al triunfo del sandinismo, encabezado por el Comandante Daniel Ortega. Las rimas celebraban la derrota de una dictadura cruel y bananera, la del clan Somoza (que por cuarenta años había regido al país como su fundo), mientras el triunfante ejercito inspirado en la gesta cubana prometía traer el paraíso socialista. Emocionado Silvio pronosticaba que “andará Nicaragua su camino a la gloria”.

Se equivocó. En 2018 Nicaragua es el segundo país mas pobre del continente, detrás de Haití. Por su parte, el Comandante Ortega resultó ser—como tantos líderes de la izquierda revolucionaria—un aspirante a presidente vitalicio, que lleva tres períodos en el poder (contando la década de los 80 en las que gobernó con apoyo del bloque soviético suma 24 años), con un nepotismo sin freno, y que además ha llevado al país a ocupar el puesto 151 en el ranking de corrupción de Transparencia Internacional, superado en la región solo por Venezuela en el 169 (Chile está en el 26).

El porqué las revolucionarias socialistas, aun cuando han llegado al poder por las urnas, derivan en sistemas corruptos, monolíticos, perpetuadores de caudillos autocráticos y tiránicos debería ser el principal objeto de análisis de la izquierda chilena que defiende a Castro, Evo, Chávez, Maduro, Correa, etc. Todos ellos comparten la certeza de ser iluminados irremplazables, “grandes timoneles” del destino de sus naciones, y los únicos capaces de liderar el futuro de sus países. Cualquiera que desafíe tal pretensión es un mero lacayo servil del imperio yanqui. Cualquier reclamo por la pobreza generalizada que crean, una gran conspiración transnacional para derrocar la esperanza. Cualquier reflexión es “darle agüita” al enemigo.

Desde abril, cuando los estudiantes salieron a protestar contra Ortega, cerca de 500 personas han muerto en enfrentamientos entre civiles y fuerzas gobierno o grupos de choque afines. Así lo confirma la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Imágenes de la represión brutal y sanguinaria abundan en internet. Los nicas (la mitad vive en pobreza) han perdido sus empleos y sus bienes, y cientos huyen del país a diario. Según la agencia de la ONU para los refugiados, desde que partió la violencia 200 nicas piden asilo en Costa Rica cada día. La semejanza con Venezuela no es casual, 2.5 millones de venezolanos han huido del hambre y la violencia (8% de la población) en tres años, y poco falta para que el país petrolero—otrora el mayor ingreso per cápita del continente—se una a Nicaragua entre los mas pobres de la región.

En Chile, varios militantes del Frente Amplio justifican la represión aduciendo legitima defensa del Gobierno Sandinista (o chavista, o castrista). Dicen que “realidades políticas complejas y en crisis” justifican la represión del Estado, y la violación a los derechos de los ciudadanos. Esto se parece al “contexto” con el que otros pretenden justificar las violaciones a los derechos humanos vividos en Chile. Ambos se equivocan. No existen contextos, realidades complejas o crisis que justifiquen que el Estado dirija su poder represivo contra la sociedad civil.

Las protestas siguen en Nicaragua, y mientras los partidarios de Ortega enarbolan banderas del Che y apelan a la mística sandinista, los ciudadanos lo resumen en una frase: “Ortega y Somoza son la misma cosa”