Joaquín Castillo Vial es Subdirector IES / @jcastillovial

Hace algunos días, tuve la oportunidad de conversar con Chantal Delsol, académica francesa que ha desarrollado una sólida reflexión filosófica y política, pero que también ha incursionado en la escritura de ficción. Quise preguntarle por esa capacidad que tienen los franceses de vincular su historia, su vida social y política, a la literatura. Es decir, que nos explicara cómo los franceses han logrado hacer una trenza con dos discursos que en estos hemisferios parecen mantenerse tan distanciados. Respondió lacónicamente: “Es que allí, en la literatura, está la vida”. El septiembre chileno —mes de disputas en torno al golpe y su interpretación, pero también es el mes de la patria—parece especialmente idóneo para preguntarse en torno a los insumos que utilizamos para preguntarnos sobre nuestra identidad. Aunque muchas veces abordamos esta dimensión puramente desde la historia y la memoria, ¿la complejidad del problema no nos invita a poner atención también a discursos de otra índole? ¿No contribuyen, acaso, las ficciones, las canciones u otras construcciones artísticas a la comprensión que tenemos de nosotros mismos?

La reflexión histórica pareciera ocupar un lugar más o menos claro en nuestra sociedad. Desde la aproximación más académica hasta aquella que cumple una función mucho más política o mediática (piénsese en la historia museográfica o, aunque algunos les pese, la que escribe Jorge Baradit u otros desenterradores de secretos y datos freak), la interpretación a partir de ciertos datos siempre ocupa un rol importante en la sociedad chilena. Las ficciones, sin embargo, aunque gozan de prestigio, no parecen tener la posibilidad de hablar a la sociedad como un todo. De hecho, de novelas y películas hablamos en contadas ocasiones en nuestros debates públicos: lanzamientos, muertes, aniversarios o premios. Antes o después de eso, nos cuesta otorgarles un lugar vital y constante.

Las ficciones nos ayudan a observarnos. No hay que correr grandes riesgos para pensar que Violeta se fue a los cielos, de Andrés Wood, la serie televisiva Los archivos del cardenal, o algunas novelas de Carlos Cerda o Arturo Fontaine nos permiten iluminar nuestra historia desde la imaginación. A fin de cuentas, los mencionados construyen sus ficciones con especial atención al pasado, donde incluso algunos personajes, acontecimientos y escenarios son reconocibles fuera de las obras mismas. Sin embargo, lo mismo sucede con otro tipo de ficciones más alejadas de un pasado propiamente factual. ¿Acaso no nos permiten reconocernos las novelas de Nona Fernández o de Zambra, de Diamela Eltit o de Manuel Rojas? ¿Le damos la posibilidad a Papelucho de ayudarnos a comprender la infancia, o a las novelas de José Donoso de ilustrarnos la crisis de la aristocracia local? Por medio de alegorías, símbolos y personajes, por medio de un lenguaje menos referencial, pero que nunca pierde su capacidad comunicativa, podemos acercarnos por otra vía a algunos rincones menos explorados de nuestra identidad. Son discursos que corren por un carril distinto a los de la memoria y la historia, pero que no son menos elocuentes a la hora de hablar de nosotros mismos.

Por último, la literatura abre una posibilidad que, en nuestra polarizada discusión actual, se echa bastante en falta: las buenas novelas, como todo buen arte, tienen la capacidad de matizar sin herir, de hacer comprender sin despertar rencores. La historia y la memoria, por el contrario, no siempre tienen esa capacidad. A raíz de las polémicas de las últimas semanas, Raúl Zurita se preguntaba dónde están los artistas de derecha. Más que enredarnos en filiaciones partidarias concretas de nuestros escritores, puede ser provechoso plantearnos interrogantes de otra índole, y ver el modo en que otros discursos contribuyen a una mejor comprensión de nuestra vida social, especialmente aquellos que nos abren las puertas a la imaginación.