Por Marcela Trujillo @marcelamaliki

Cumplí 18 en 1987, en pleno ocaso de la dictadura de Pinochet. Su tiranía siempre me dio rabia y vergüenza. Pinochet personificaba el mal. Yo quería habitar el bien.

Aunque mis padres no eran religiosos, siempre fui a colegios católicos y como crecí con miedo me creí todo el rollo cristiano y su moral de la culpa, el castigo y el arrepentimiento. En esa época la Iglesia tenía mejor reputación que ahora. Las monjas de mis colegios eran de izquierda y luchaban por defender los derechos humanos.

Yo era matea, no fumaba, no tomaba y decía siempre la verdad. Por eso cuando mis papás nos preguntaron a mi hermana y a mí si teníamos relaciones sexuales con nuestros pololos les tuvimos que decir que sí. Mi mamá nos llevó al ginecólogo y nos recetaron anticonceptivos. Podíamos tener sexo, pero no en la casa.

A los 18 yo tenía un pololo con el que llevábamos tres años juntos y del que estaba enamorada hasta las patas. Una excompañera me contó hace poco que yo decía que él era “perfecto”. Pensaba que nos casaríamos y tendríamos muchos hijos. Era bacán porque tenía unas tías comunistas que me invitaban a ver videos de Fidel Castro y Silvio Rodríguez. El único problema era que vivía en una casa sin teléfono.

Ese año él tenía 19 y estudiaba psicología. Sus intereses se volcaron a su carrera y el único tema realmente importante que teníamos en común era el sexo. Una vez por semana íbamos en metro a un motel cerca de Los Héroes. Nuestra pieza regalona tenía cama de agua y un sistema prehistórico de selfie (espejo en el techo), una bandeja de madera redonda que salía mágicamente del muro con dos tazas de té y hallullas con mortadela y una tele sintonizada en un canal porno (las actrices de esas películas tenían chochos frondosos y los actores, bigotes y guata). Mi pololo también era bueno, pero en la cama. Para mí, sexo y amor era la misma cuestión. Nuestra cita de pasión semanal era lo más cercano a un anillo de compromiso que había tenido.

Un desafortunado día le dije a una compañera de colegio (que había quedado en psicología en la misma universidad que mi pololo), que lo “tenía” que conocer. Le decían la mosca porque tenía los ojos salidos. Como no podía darle un número de teléfono, le pasé un papelito con el nombre y la sala de clases.

Poco después y sin mucha explicación, mi pololo que yo amaba con vehemencia, me confesó que ya no me quería y me patió (me “dejó” en jerga ochentera). Yo casi me morí. Mi futuro a largo plazo se esfumó, y el inmediato para qué hablar. El pan con mortadela era fácil de reemplazar, pero un pololo por tres años no. Fue horrible. Lo peor es que no podía llamarlo. Rezaba a diario por encontrarlo en el metro pero nunca ocurrió, hasta el final de ese año cuando me estaba esperando a la salida de la estación San Miguel y me llevó a dar una vuelta en el auto de su papá. Necesito contarte la verdad, me dijo. Cuando la Mosca lo fue a conocer a su sala se enamoraron. Como era hija de una mujer divorciada y profesional, era muy liberal y dejaba que sus pololos se quedaran a dormir en la casa (obvio, no tenía que pagar motel). Según él la Mosca era inteligente, leía mucho y tenían conversaciones muy intelectuales (no como yo, que mi libro favorito era Carrie). Pero ahora ella lo había dejado y él estaba devastado. Yo estaba atónita. Además de cornuda, me estaba diciendo estúpida. Lo quería matar, pero me bajé del auto y me puse a caminar rápido mientras lloraba y se me caían los mocos. Él me seguía en el Volvo con la ventana abierta pidiéndome perdón. Y como en mi alma aún reinaba la comprensión y la misericordia, me demoré una manzana en perdonarlo.

Volvimos a ser amantes. Nuestra última cita fue en un motel, uno más pituco en el que llegamos en auto, con colchón de resortes y ventana con vista a la norte sur (sin techo/selfie ni pollito al velador). Yo ya estudiaba arte y me estaba enamorando de la pintura, así es que llevé mi maleta con óleos y una tela con bastidor pequeña y cuadrada. Después del acto sexual maquillado de amor, lo pinté desnudo en tonos pasteles. Quedó lindo. Se la pinté más grande por si acaso. Pero nunca más lo ví.

Me gusta recordar ese final, el olor a óleo mezclado con sexo, dejarlo ir y quedarme con mi maletita de madera, mis pinceles, mi frasco de trementina, mi look que mutaba de hippie a new wave, mi moral que se volvía underground, mi intelecto que devoraba libros de Salinger, Henry Miller y Annais Nin, mi espíritu que vibraba con canciones de los Doors y Pink Floyd y tantas cosas increíbles que empezaron a pasar, incluyendo el triunfo del NO, la hermosa caída de Pinochet al año siguiente y el mino de “La alegría ya viene” caminando por el puente redondo, que nos sacaría del oscurantismo cultural (yo lo conocía, estudiaba historia del arte, el único hombre encachado de toda mi escuela).

Recuerdo con orgullo mis 18, por todo eso y porque fue el año en que aprendí que los hombres perfectos no existen, que nunca hay que mandar a una amiga a conocer a tu pololo, y que ser buena no es necesariamente ser wueona.