La percepción que dejan tus cuentos es que la Patagonia, pese a los embates de la modernidad, sigue siendo una reserva natural de posibilidades mitológicas. ¿Es así?

–Desde luego. Y no es un descubrimiento mío. El sentido de la lontananza, de la lejanía, de vivir enclavado en un lugar al que sólo llegar ya es un prodigio, genera una relación más cotidiana con el mito. Y también da origen a estos personajes excéntricos o delirantes, desde balleneros hasta ufólogos, con los que siempre me ha fascinado conversar.

¿Todavía existe el delirio de los confines?

–Pero no en la versión exotista de una inocencia original. Existe en el contexto de una ciudad profundamente cosmopolita como lo es Punta Arenas, forjada por chilotes, croatas, españoles y alemanes. Cosmopolita y además posmoderna, porque tiene elementos muy fuertes del pasado mezclados con otros del futuro, como los semáforos de radiación solar. Tiene esas mezclas como de película de Fritz Lang. Entonces, existe esta sensación de habitar en las antípodas, a orillas de un estrecho que conecta los dos océanos más grandes del planeta y por donde todavía parecen pasar los navegantes de antaño, pero que también es una especie de puente entre el pasado y el futuro. Yo veo así a Magallanes. Conserva una relación con el mito que se vincula a las motivaciones futuras, por decirlo así.

Y la epifanía que revela ese vínculo, en “Paganas patagonias”, casi siempre adquiere expresiones desmesuradas.

–Creo que el paisaje genera esa desmesura. La Antártica, por ejemplo, es un paisaje planetario, casi no existen adjetivos para poder describirlo. Yo estuve allá el año 2011 y ya había escrito una novela sobre la Antártica, pero el choque entre lo fabulado y lo vivido fue complicado, produjo unas paradojas bien inquietantes. De ahí salió el cuento “Quillas como espadas”, que está en este libro.

Con ese ganaste el premio Julio Cortázar.

–Claro. Ahí los personajes son testigos de una flota naviera espectral, llamada flota plutónica, cuyas quillas parecen ser espadas que van modelando las arterias de la tierra. Esas son las formas en que el paisaje ingresa en los personajes que yo he ido creando. Con bastante humor también, ¿no? A pesar de que el humor negro paga impuestos muy caros en Chile.

Y tiene que pasar por control de identidad.

–Para tenerlo ahí, cortito. Porque el humor negro es una especie de anilina: puede llegar a teñir la realidad más grotesca o perversa, pero sin que pierda su naturaleza horrorosa. Por eso le salen a atajar los goles.

En varios de estos relatos parece que los mitos se están rebelando contra la modernidad que los ha desterrado. Vienen a rayarle la cancha, a decirle “nosotros llegamos antes y somos más verdaderos”.

–Probablemente la tesis de “Paganas patagonias”, y quizás de toda mi literatura, es lo que tú estás mencionando. En este libro los dioses paganos incluso ajustan cuentas con las falsas arquitecturas de la academia. Porque los dioses parecen estar desterrados, pero retornan en el momento en que la racionalidad comienza a naufragar, y el escenario ideal para eso son los océanos australes, la Patagonia y la Antártica. Lugares donde se hace elocuente el naufragio del hombre a manos de los elementos. Y también me gusta la idea de que la ficción, siempre relegada al baúl de la falsedad, se haga cargo de la belleza de los mitos, igualmente relegados a los cementerios de lo apócrifo.

Siempre aparece el viento como último refugio del misterio, por ser el lugar del que la cultura no puede apropiarse.

–Sí, los vientos son una de las cosas que más me han interesado. Su capacidad de ingresar a la ciudad, impregnarse de las historias y llevárselas a cualquier parte. Quizás un efecto así quiere tener mi literatura, pero situada en una Patagonia urbana, en las calles que habitamos hoy.

“Los dioses parecen estar desterrados, pero retornan cuando la racionalidad comienza a naufragar. Y el escenario ideal para eso son los océanos australes, la Patagonia y la Antártica. Lugares donde se hace elocuente el naufragio del hombre a manos de los elementos”.

La sensación es que a tus personajes se los están peleando las islas de la fantasía y los bares con olor a fritanga.

–Finalmente es ese cóctel lo que me atrae, claro. Porque Punta Arenas, por esa presencia casi cotidiana de lo atávico, es una ciudad donde uno se encuentra con seres que siempre están, desde lo real o desde el humor, tentados al intento de la fundación. Es una ciudad fundacional desde su génesis. Por eso las historias andan cazando a los escritores, más que al revés. Mis cuatro novelas –que ahora van a salir por Emecé en un solo volumen, tres ya publicadas y una inédita– transcurren en Puerto Peregrino, que es una alegoría de Punta Arenas, y tienen por protagonista a Aníbal Saratoga, un poeta dipsómano dispuesto a embarcarse en empresas desmesuradas que a todas luces van a fracasar. Yo no podría haber escrito todo ese universo en otro lugar.

Se te da bien el tránsito entre la impostura cultural y el delirio místico. Como ese personaje que sale disparado a la trascendencia desde el sueño frustrado de ser Bon Jovi.

–Claro, desde el hálito de la enajenación. El personaje de ese cuento quiere imitar a este ídolo pop –ya medio pasado de moda, además– al punto de que ni siquiera quiere parecerse, sino prácticamente suplantarlo. Ahora, también hay una profunda ternura en muchos de esos personajes, yo no los veo corroídos por la decadencia. Enarbolan causas en las que creen sinceramente.

Esas mezclas de ternura y exaltación mitológica recuerdan mucho a De Rokha, de hecho lo citas en el epígrafe de un cuento.

–Por supuesto. La literatura del gran y enorme huaso de Licantén ha sido un referente fundamental para mí. Justamente para entender este sentido pantagruélico de la realidad, a través de versos como estos: “Ya por añejos vinos, / corre sangre, corren caballos negros, corren sollozos, corre muerte, / y el sol relumbra en materias extrañas. / Sobre el fluir fluyente, abandonado, entre banderas fuertes, / sujeto tu ilusión, como un pájaro rojo…”. Y no puedo dejar de mencionar la poesía de Enrique Lihn. Yo desconfío de los narradores que no leen poesía. Creo que todo narrador tiene que estar necesariamente ligado a ella. Y no sólo como una actitud fundacional, sino como una especie de ritmo del pensamiento. A este libro, por ejemplo, le puse “Paganas patagonias” porque me gustaba que tuviese un título mistraliano. Y me interesa que incluso los momentos más hilarantes de mis cuentos tengan imágenes poéticas.

Y en esas imágenes hay cruces literarios muy fuera de libreto. De repente suena a De Rokha pero también a Huidobro.

–Si es así, me alegro, porque yo creo que la gracia de estos ejercicios narrativos es que me permiten unificar tradiciones literarias que en otro contexto serían irreconciliables. Que puedan convivir la novela marinera con la gótica, la literatura de Vonnegut con la de Conrad, la de Calvino con la de Coloane, por ejemplo.

Yo te iba a decir que estás entre Mellado, Borges y Salgari.

–Y esos tres autores me gustan mucho. Por Salgari tengo un cariño casi irracional. Ahora estoy muy contento leyendo su novela “La estrella de la Araucanía”, que transcurre en parte en Punta Arenas. La calidez con que describe esta ciudad, a la que nunca conoció, me hace rememorar de una forma aún más nostálgica a ese escritor que me conmovió durante la infancia. No hay que descartarlo tan rápidamente.

Cultivas dos géneros que no están para nada en boga, la literatura de aventuras y la fantástica.

–Y que por desgracia no están en boga. En Chile, porque Argentina sí tiene una tradición muy fuerte en estos géneros. Y es cosa curiosa que el género no esté más vivo que nunca, con una costa privilegiada y en un país catastrófico, telúrico por donde lo mires, donde estos temas son muy sensibles. Creo que hay una mala comprensión del término “literatura fantástica”, por eso no me gusta usarlo. Me gusta más un concepto que usa Borges: imaginación razonada. En todo caso, yo también intento tomar estos temas bajo la criba de otras lecturas, como Swift o Lewis Carroll, que me permiten introducir un poco la parodia política.

¿Crees que el discurso político, o la actualidad de la utopía, hoy se pueden abordar mejor desde la alegoría que desde el realismo?

–Sí, diría que sí. Bueno, toda utopía por definición engaña, porque promete un futuro inmaculado. Pero la literatura es un discurso por esencia utópico y darle cabida a eso para mí es una cuestión importante. No podemos permitir que la realidad ridiculice a la fantasía, que es lo que en estos tiempos intenta hacer a cada rato.

¿Y dejarle espacio a lo absurdo es lo que salva a esa utopía del ridículo? Por ejemplo, describes a un muñeco de goma, tipo punching ball, que mira las estrellas por la ventana del gimnasio y le pide a Dios que lo deje experimentar, por unos minutos que sea, “la vida eterna, la completitud, algo”.

–Sí. Ese es un cuento muy vivencial, al que quiero mucho, porque yo practico kick boxing y me encuentro muy seguido con ese mono, al cual todo el mundo le pega. Y me fascinaba esa imagen de un dōjō de kick boxing en la ciudad continental más austral del mundo y con sus paredes llenas de ídolos como Bruce Lee o Van Damme. Entonces sentí un poco la necesidad de apelar a esa alegoría. Y de proyectar en ella, también, la precariedad de concebir ficciones. La ilusión de tomar las palabras entre las manos y su consabido naufragio. De esa dualidad está formado ese cuento.

 

UNA GRAN REGIÓN

Tenemos que hablar del Cogote Norambuena, no se la puede llevar gratis.

–Ja, ja, ja… Bueno, ese cuento responde a la que ha sido una preocupación permanente del colectivo Pueblos Abandonados: el personaje chanta que inventa necesidades falsas para generar negocios corruptos. El Cogote Norambuena es un supuesto emprendedor que logra convencer al poder político regional de que hay que amaestrar a los pingüinos, para que no emigren en invierno y así pueda haber turismo todo el año. Y su aparente éxito quiere dar cuenta de un estado de la época, ¿no? Una época en que el cualquierismo cobra inusitada vigencia como doctrina filosófica. Lo conversábamos alguna vez con el compañero Mellado, a quien le interesan particularmente estas expresiones de arribismo carnavalesco. Porque clones de Cogote Norambuena hay en todas las ciudades de nuestra república.

¿Y la institucionalidad regional es terreno abonado para ellos?

–Yo creo que la institucionalidad de Chile completo. Porque finalmente Chile es una gran región, un país que no se saca de encima esa precariedad. Siempre aparecen estos personajes excéntricos que al cabo de los años tú dices “pero cómo la institucionalidad les siguió el juego”.

¿Dirías que han estado siempre, como esos personajes que describía Edwards Bello, o que son un producto de la épica neoliberal?

–Creo que ambas cosas. Porque efectivamente ese imbunchismo del que habla Edwards Bello es algo muy pretérito, pero ahora son como frankensteins a los que el neoliberalismo les dio nueva vida. Como discurso de pensamiento único, ¿no? Porque logró permear todas las capas de la comprensión de la realidad. Y poner al Estado a su servicio, desde luego. Me gustaba una frase de Raúl Ruiz: “Chile es un país tan neoliberal que ya no existe”, que no está en ninguna parte.

“Yo desconfío de los narradores que no leen poesía. Creo que todo narrador tiene que estar necesariamente ligado a ella. Y no sólo como una actitud fundacional, sino como una especie de ritmo del pensamiento”.

O por lo menos, que logró hacer del pragmatismo un discurso para vender cosas que no funcionan.

–Sí, porque está lleno de soluciones a necesidades falsas, ¡pero las soluciones también son falsas! El Cogote Norambuena logra venderse como el innovador que tuvo la ocurrencia de amaestrar al pingüino. ¡No se puede amaestrar un pingüino, sencillamente!

La versión esnob de Cogote Norambuena es Noam Ropert, protagonista del cuento “Claude”. Francamente abominable.

–Ese personaje también es muy común. El winner mujeriego de la academia que elabora una teoría absolutamente espuria, metiendo a la juguera conceptos de moda para seducir a todo ese mundo. Y lo digo desde cerca, porque me ha tocado conocer tipos así…

Ropert y su joven novia española inventan la castoridad, un nuevo paradigma filosófico inspirado en los castores de la Patagonia. Y su fama llega a las revistas de papel couché.

–Claro, son estos tipos que elaboran una realidad inflamada y que además acompañan su mercadotecnia con la figura carismática de un personaje quintaesenciado, esotérico, étnico… Una suerte de gurú que viene a plantar un evangelio en las tierras del abandono. Porque hacen negocio del abandono, también.

Negocio que se puede ir a vender a Europa.

–Se puede vender en un montón de partes. A ese personaje lo saqué… bueno, lo saqué de varios lados, en realidad.

Y metes ahí todo el repertorio: antropología, performance, Bourdieu, Habermas, “posthumanismo e imaginarios latinoamericanos”…

–Él te sabe mezclar todos los clichés de esa retórica jergosa y chacharienta. Y por supuesto la bibliografía, esos nombres que aparecen siempre hasta en los carretes, porque te sirven como moneda de cambio. Pero lo que me gusta de ese personaje es que termina siendo devorado por su propia teoría. La castoridad al final le roba las pocas verdades que le permitían funcionar. Me han dicho algunas personas que esa parte quedó muy chocante… No era mi intención.

Hablemos del colectivo Pueblos Abandonados. Han formado un buen frente de resistencia cultural al centralismo.

–Sí, en este país con forma de espada. Es un colectivo que creamos con escritores de distintas regiones como Marcelo Mellado, Cristian Geisse, Cristóbal Gaete, Daniel Rojas Pachas, Mario Verdugo y otros que se fueron sumando. Lo entendemos como un dispositivo táctico para repensar la literatura desde lo territorial. A mí no me gusta decir “literatura regional” o “de provincia” porque no son literaturas ensimismadas, encerradas en la caverna de lo típico. Son territoriales porque se hacen cargo del territorio, para tratar de comprender a Chile desde sus muy variadas formas de producción cultural.

La tele también se ha dedicado a redescubrir las regiones, pero casi lo único que ha descubierto es que cocinan rico.

–Claro, el reportaje siempre es una señora que está armando un curanto o un puchero. Y alguien que vende aros, o porcelanas… Todavía se quiere creer que Santiago es una gran capital, una gran Torre de Babel trajinada y cosmopolita, y la provincia el lugar incontaminado donde habita un hombre puro, libre y bucólico. Como si en nuestros pueblos no hubiera pasta base, no hubiera abortos… Por eso me importa aclarar que esto no se trata de una disputa contra Santiago, sino contra un modo de construir la realidad del país, propia de un viejo Chile eurocéntrico cuyas desigualdades económicas también se reproducen en la cultura, en la distribución de la mirada.

Ese problema es infinito, porque lo que pasa en la provincia adquiere rango nacional cuando es reconocido desde Santiago.

–Y cuando un escritor de regiones se va a vivir a Santiago, pasa a ser escritor nacional. Si se queda en regiones, es regional. Pero eso ha ido cambiando, de la mano de las universidades regionales y de los mismos escritores que en sus respectivos territorios le han torcido un poco la nariz a ese paradigma. Yo sé que esto puede parecer una demanda bobalicona, “oye, queremos que nos incluyan”. No es eso: es que no se puede mapear bien el territorio, construir una posible chilenidad, si no están incluidas estas voces, si el territorio distante del centro no es un factor cardinal.

Al escritor capitalino le simpatiza ese discurso, pero su horizonte cultural finalmente es globalizarse, no tanto chilenizarse.

–Bueno, ese ha sido otro tema. Ese fue uno de los motores que movió a la narrativa de los 90, generar una literatura globalizada…

Tampoco es que las generaciones posteriores hayan prescindido de narrar un Chile exportable…

–Sí, eso empieza en los 90 –en mi generación, por cierto– y continúa hasta acá, a eso me refiero. Hay una pretensión de que Santiago sea Nueva York y en realidad nuestros tigres son bastante frágiles, cae una lluvia de tres días y ya son gatitos mojados. Hay una precariedad física, intelectual, de todo tipo, por esta vergüenza de asumirnos como sudamericanos, por insistir en una sumisión que se apoya en un discurso absolutamente cosmético. Nuestro país tiene la necesidad de encontrarse consigo mismo, creo yo, y la literatura territorial está estableciendo puentes muy interesantes en esa línea. Por lo menos ha refrescado un poco el canon de la literatura nacional.

¿Internet es lo que permite que escritores como tú, Rojas Pachas o Geisse ya no tengan que venirse a Santiago?

–No creo. Internet es un soporte.

Y venirse a Santiago era venir a buscar ese soporte, ¿o no?

–Era convertirse en Martín Rivas, partir con las maletas a Santiago a buscar el éxito. Yo creo que hay un valor en que varios de nosotros nos hayamos quedado en las regiones, para construir imaginarios desde su subjetividad más profunda y tratar de traducir las voces de estas calles. Y de dar continuidad a las voces que nos preceden, porque esto no es algo nuevo, no empieza con nosotros. Tenemos hermanos mayores, fantasmas tutelares como Coloane, que hizo hablar a una Patagonia que antes de él no existía. ¿Quién hablaba de un hombre que estaba en un faro? ¡Nadie! Pero las preocupaciones de hoy, me parece, pasan por descubrir las nuevas mixturas que conviven en distintas zonas de Chile. Con la nueva inmigración, por ejemplo, hoy ya podemos hablar de caribeños magallánicos, que han poblado nuestros cielos grises de colores vivaces que nos eran desconocidos.

BORIC Y CUBA

Eres un frenteamplista comprometido.

–Adhiero al Frente Amplio, sí.

¿Y esa utopía también está condenada a lo alegórico?

–No, yo le tengo fe. Es un movimiento muy joven y ha sido difícil ponerse de acuerdo, limar las disputas internas no es tan sencillo como se cree. Pero estos nuevos líderes –entre ellos dos magallánicos, Boric y Sharp– han refrescado el panorama político y hay que tener un poco más de confianza en lo que se viene. Yo espero que logre unir a toda la gente que ha creído siempre en la justicia social y en las libertades políticas.

Boric fue alumno tuyo en el colegio, ¿no?

–Sí, de Castellano y también en el taller literario que yo hacía. Así que somos amigos hace tiempo. Y propósito de cultura y territorios, acá hay una iniciativa muy bonita al alero de la diputación de Gabriel, que es el Centro Cultural La Idea. Lleva ese nombre por los caídos en la masacre de la Federación Obrera de Magallanes, cuya lápida dice “A los caídos en el nombre de la idea”. Es un espacio bellísimo donde se hacen talleres literarios, de teatro, ciclos de cine, un preuniversitario gratuito… Realmente es un ejemplo interesante de cómo darle vida cultural a una ciudad. Creo que las políticas culturales deberían tomarlo en cuenta y tratar de replicarlo.

También corre el rumor de que le escribes discursos a Boric…

–No, no, no… El tipo tiene suficiente elocuencia, no necesita mis discursos. Eso no es verdad.

¿Y qué te pareció su invitación a que la izquierda defienda los DD.HH. también en Venezuela, Cuba o Nicaragua? Hubo descontento en las filas.

–Respeto su punto de vista, aunque no lo comparta del todo. Me parece que todos están en pleno derecho de juzgar a los gobiernos de otros países y tomar una posición. Aunque los sectores conservadores, por ejemplo, hablan pestes de Venezuela y Cuba, pero a China no la tocan…

Para ser justos, nadie toca a China.

–Nadie, porque es el superpoder emergente y la fábrica del mundo. Pero yo creo que Cuba, Venezuela y Nicaragua son tres casos absolutamente diferentes entre sí, y que lo que se dice sobre ellos está muy influenciado por los grandes conglomerados mediáticos, que desde luego no son neutrales. Y no estoy negando que esos sistemas de gobierno tengan puntos muy arduos de sostener. Pero son casos distintos y por ese lado comprendo que esas declaraciones le hayan dolido a mucha gente. En lo personal tengo una relación íntima y cultural con Cuba, país que conozco y que respeto por su generosidad hacia naciones asediadas, y por haber puesto a América Latina y a los países del tercer mundo en la agenda mundial. Y te puedo decir que los cubanos son tremendamente autocríticos de los reveses de su proceso. Se equivocan quienes sostienen que es una dictadura despiadada o una sociedad perfecta, ambos polos yerran.

Es osado pedir que una dictadura de sesenta años sea valorada por su autocrítica.

–Así como es osado pedirle a un sistema que cambie radicalmente si la amenaza que le dio origen sigue allí, en forma de bloqueo y de toda forma de sabotaje posible de parte de los Estados Unidos. Entre los derechos de los pueblos se encuentra la autodeterminación. Es por lo bajo paradojal que una superpotencia ahogue a un país y al mismo tiempo le exija libertades. Entonces siento que dar una opinión maniquea, como un katanazo, deja afuera todas las complejidades de la situación. Tiene mucho valor el llamado de Gabriel a debatir este tema y no esquivarlo, pero hay que hacerlo desde una dimensión súper amplia y generosa. En Chile todo el tiempo se vulneran los DD.HH. Con la militarización de la Araucanía, con las pensiones, con la distribución de la riqueza, con una economía donde está casi todo privatizado y los gobiernos no se hacen responsables. Si el concepto mismo de derechos humanos es universal, es porque universalmente se les ha vulnerado y dar cátedra desde aquí es otra cosa que me parece osada.

En resumen, no coincides con Boric cuando escribe “no podemos permitirnos continuar con el doble estándar”.

–Es que no sé a quién se refiere con el doble estándar…

A la izquierda que apela al “contexto” cuando los gobiernos represores son de su lado.

–Yo hablo por mí: no apoyo ningún atropello en ninguna parte del mundo. Ahora, creo que los casos concretos de Cuba, Venezuela y Nicaragua deben analizarse con sus particularidades y considerando todas las agendas de poder que se cruzan cuando se habla de ellos.

 

PAGANAS PATAGONIAS

Óscar Barrientos Bradasic

LOM, 2018, 145 páginas