Hace aproximadamente un año Julián (53) pisó por primera vez el Centro para Hombres que Ejercen Violencia de Pareja (HEVPA), ubicado en la comuna de Rancagua. Al ingresar al lugar, -una casa amueblada para atender a cientos de varones-, fue dirigido a uno de los salones contiguos, decorado con suaves tonos verdes. Ahí, sentado en el sofá, se mantuvo por los siguientes diez minutos mirando atónito el cartel que cubría una de sus paredes, a la espera de la entrevista con una trabajadora social y un psicólogo. La rueda de poder y control, plasmada en la muralla, ejemplifica cada uno de los tipos de violencias de pareja, desde las más extremas, como la física y sexual, hasta los micromachismos naturalizados por la sociedad. Mientras su relación familiar se le escapaba de las manos, Julián se enfrentaba por primera vez a los estragos que causó la violencia, maltrato y abuso al interior de su hogar.“Llegué el primer día y esos diez minutos que estuve solo ahí, tan solo ver la rueda, me di cuenta de que por Dios que estaba equivocado. Eso me marcó. Ese primer día que vi la rueda, vi todo lo que era. Pensé también en que todas las personas somos un poco agresivas. Nadie está libre”, confiesa Julián, en una de las sesiones del programa impulsado por el Servicio Nacional de la Mujer y la Equidad de Género en 2011.

Al menos una decena de hombres en Rancagua se reúnen cada jueves por dos horas a conversar sobre sus relaciones y la violencia ejercida contra sus parejas, situación que se repite a lo largo de todo Chile, en cada uno de los centros por región. Provenientes de distintos lugares y profesiones: campesinos, comerciantes, obreros, empresarios, Fuerzas Armadas e incluso Carabineros, mantienen un punto en común: todos, sin distinción, alguna vez traspasaron los límites y agredieron mujeres.

TERAPIA DE GRUPO I

Dentro de las dinámicas de las sesiones finales del proceso reeducativo, los varones conversan sobre los puntos más fuertes de su paso por el centro y el momento en que se hicieron responsables de su violencia.

Sebastián (53) cayó en cuenta del daño que había causado cuando ya era tarde. Estaba en tribunales y su mujer, no sólo lo denunciaba, sino que lo dejaba: “Cuando se va una persona que tú amas, sientes ira, también rabia”, afirma. “Quedé pateando piedras porque cuando llega el momento de irte a acostar y estás en una pieza solo, piensas en que una persona que te acompañó durante años ya no está a tu lado, que desperdiciaste una gran oportunidad. Después miras el techo y te cuestionas. Despiertas de eso y te das cuenta que tienes que continuar, buscar la ayuda necesaria para poder salir de ese problema”, concluye.

Algo similar le pasó a Julián, quien también fue denunciado por su pareja y luego llegó al centro para hombres que ejercen la violencia. Acá, esperando su turno, también se quedó pegado mirando la rueda del poder y cayó en cuenta de lo que era: un maltratador. “Yo me pregunto ¿porqué no ponen esa rueda en todas partes para que los hombres puedan verla?”.

Pedro, por su parte, señala que su punto de inflexión fue cuando carabineros lo sacaron de su casa: “Yo estaba sin trabajo, en un momento crítico y mi señora me tiró la denuncia. Ahí fue cuando se reventó mi burbuja. Yo no tenía dónde irme”, señala. “A veces no puedes recurrir a tu familia, porque todos tienen problemas, hijos, trabajo y no me quedó de otra que llorarla solo, en mi auto estacionado en una esquina. Yo no quería volver donde mi mamá y contarle lo que había hecho. Fue muy difícil. Realmente, uno piensa en matarse. Yo estaba cerca de la línea del tren y pensé en tirarme. Ese fue mi quiebre. Eso fue lo más terrible: que me sacaran de mi casa, entregar mis llaves y quedar tirado”.

Para Julián esto es como un accidente. Según él, uno tiene el accidente, después vienen los médicos, que en este caso sería la gente del centro y ellos van de a poquito haciéndolos volver a la vida: “aquí uno llega pensando en la muerte”.

Pedro y Sebastián, como la mayoría de los hombres que asisten a estas terapias, están con órdenes de alejamiento de sus parejas. Ninguno de ellos ahondó en detalles, ni el daño ocasionado a ellas.

PASO A PASO

La rueda de poder y control, a la que se enfrentó Julián y el resto de sus compañeros, está basada en el modelo de Duluth, metodología implementada el año 1981 en Minnesota, que consiste en proteger a las mujeres víctimas del abuso en curso a través de la coordinación de la comunidad y el sistema judicial. Se trata de un diagrama en el que se sintetizan las formas de la violencia como el abuso económico, emocional, físico, aislamiento, amenazas, minimización, negación y el hecho de culpar a la víctima. Eso sin mencionar la intimidación, manipulación, y el privilegio masculino que tiene que ver con tratar a la mujer como si fuera una sirvienta.

Dividido en dos niveles, la iniciativa gubernamental enfrenta a los varones y su conciencia. Inicialmente, los usuarios asumen el compromiso, de manera voluntaria o derivados del sistema judicial, de responsabilizar su violencia, empatizar con los daños provocados y modificar sus conductas, inclinados hacia la rueda de la igualdad, enfocada en las responsabilidades compartidas, el respeto, la confianza y el apoyo.

Hay un punto en la rueda del poder y el control que se refiere al uso de la manipulación de los hijos como herramienta de abuso sobre su pareja. Julián recuerda los últimos meses antes de que la crisis estallara: no dejaba salir a su hija a menos que saliera con su mamá y controlaba sus viajes en furgón de la casa al colegio, y viceversa. Cada vez que salía fuera del horario que para él estaba permitido, el hombre de 53 años se enojaba con su mujer al punto de violentarla. “Era demasiado machista y, sobre todo, sobreprotector de mi hija. Entonces era como que nadie podía acercarse a ella. Eso gatilló en tener mala relación con mi señora, porque realmente quería hacer lo que yo quisiera. La relación de pareja estaba mal. Estaba llegando a los empujones, doy gracias a Dios que no llegué a los golpes, pero sí a los empujones y a los apretones de brazos”, reflexiona hoy, egresado del programa.

UN HOMBRE VIOLENTO

Pero, ¿cómo es el perfil de un sujeto violento? “Los estudios internacionales y lo que nosotros vimos observando 800 hombres, es que no es un grupo homogéneo, sino que hay distintos tipos de hombres que ejercen violencia”, afirma Atilio Macchiavello, encargado Nacional de los Centros HEVPA en el periodo 2010-2014 y diseñador del modelo de atención e implementación.

El modelo define la existencia de tres dimensiones en las cuales se expresa la violencia y que sirven para identificar a los individuos y el nivel en que la perpetran. Dentro de estas se encuentran la cognitiva-mental, relacionada a las ideas, creencias y la justificación del circuito de violencia y poder; la fisiológica-emocional, definida como el sentido de correlato emocional de la conducta; y la conductual-motora. Esta triada define el patrón de un hombre violento, el cual puede presentarse, sin distinción, en cualquier individuo de nuestra sociedad.

Rubén Arenas, coordinador nacional de los centro HEVPA, destaca la importancia del entorno en la creación del ideario masculino. “La construcción de la masculinidad tiene ciertas. características que son principalmente antifemeninas y generan, en definitiva, una serie de permisos sociales para el ejercicio de la violencia”. Sobre este punto, el coordinador señala que “estamos en presencia de una forma de identidades estereotipadas”, en donde mientras lo femenino se asocia a la delicadeza, lo masculino siempre estará ligado a la violencia.

EL CONTRATO

Una vez ingresados, y como requerimiento obligatorio, cada participante entrega la identidad de su pareja, con la finalidad de informarle sobre el inicio de la reeducación del varón. El contacto con la mujer es fundamental para el funcionamiento de estos centros, ya que son quienes entregan retroalimentación y alertan de manera temprana la reaparición de la violencia dentro de las dinámicas de pareja. Eso, en el caso de las que se quedan con ellos y tienen la esperanza de la rehabilitación.

Durante los primeros dos meses, correspondientes a la primera fase del programa, los hombres son sometidos a evaluaciones individuales, en las cuales se recopilan registros, escritos y hablados, tanto de ellos como de sus parejas, para así dimensionar el espectro de su violencia, periodo que finaliza con la firma de un contrato terapéutico de consentimiento que les permite ingresar al primer nivel grupal.

Los tres criterios para firmar este contrato son: hacerse responsables de su violencia que, al igual que en cualquier rehabilitación, implica asumir que tienen un problema; segundo, sentir que es un tema que no pueden controlar por sí mismos y que es algo que tiene que cambiar y generar empatía por el daño que ha provocado y que se traduzca para él en un dolor emocional.

En esta segunda fase, dividida en dos niveles, de 12 y 15 sesiones respectivamente, los individuos son agrupados con otros usuarios, quienes a través de diferentes dinámicas desarrolladas en sesiones de dos horas, como la recreación de situaciones de violencia, técnicas de respiración, dibujos, autocontención, control corporal y análisis de películas se enfrentan a la idea de ser hombres en la actualidad y con ello, reflexionar acerca de las nuevas masculinidades.

“Acá uno llega muy sumiso. Llega a escuchar los testimonios y después a abrirse y contar su propia verdad. Nosotros muchas veces ocultamos cosas y aquí aprendemos a decir lo que uno siente, lo que uno ha hecho”, expresa Camilo (54), otro de los participantes de la sesión, frente a sus compañeros, quien ingresó de manera voluntaria al centro el año pasado tras una orden de alejamiento solicitada por su esposa.

“Con el tiempo y las sesiones, uno aprende a expresar las verdades que uno trae. Decirlo delante de gente desconocida te enseña el valor de la exposición. A mí ya no me da miedo decirlo. No tengo el temor de contar lo que yo era”, agrega.

DESERCIÓN

El proceso de reeducación suele durar en promedio entre 10-12 meses, dos más del ideal propuesto por SernamEG. El porcentaje de deserción del proyecto es de un 35% y, por lo general, se da en las primeras cuatro sesiones de evaluación individual, producto de la resistencia del participante. Rubén Arenas explica las cifras, asegurando que según su experiencia histórica en estos programas “al hombre no le gusta que le digan que es violento y que haya un programa que de alguna manera le ofrece un camino de cambio poniéndolo al centro del problema”.

Al presentar un alto porcentaje, cabe la duda sobre qué pasa con los desertores del programa. “El hombre que nos dice ‘ah no estoy ni ahí, me voy pa la casa’ para nosotros es el más riesgoso”, señala Arenas. El seguimiento no es tan sólo a los egresados; a los 15 días de abandono del programa se realiza un monitoreo del estado de la pareja, verificando si se mantienen los episodios de violencia, el cual se repite tres meses después, ofreciéndole la oportunidad de reintegrarse al centro.

En el SernamEG son enfáticos en señalar que, hasta ahora, no se han registrado delitos de femicidio tras el paso de los varones por el programa.

Desde el 2011, hasta el primer trimestre del 2018, 8.458 hombres han sido atendidos en los centros HEVPA. De este número, sólo el 10% egresó del centro, es decir 845 varones. Consultado por el bajo porcentaje, Arenas asegura que corresponde a un dato engañoso, pues no contempla aquellos hombres que pasan la etapa de evaluación individual, sino el espectro completo. “Esta cifra de 10% siempre se ha tomado de los hombres que llegan a la evaluación, pero hay un segundo plano que es los que firman realmente el contrato terapéutico y esos no llegan a ser el 100% final”. Bajo este nuevo parámetro, según la autoridad, se estima que la cifra de egreso es de 32%.

RESISTENCIAS

El programa no está exento de críticas. Uno de los principales cuestionamientos tiene que ver con las motivaciones para designar parte del presupuesto del Servicio Nacional de Mujeres y la Equidad de Género en hombres. Así al menos lo ven desde la Red Chilena contra la Violencia hacia las Mujeres: “Nuevamente se sacan los escasos recursos que hay para las mujeres para dedicarse a tratar de reeducar hombres. Entonces, si se van a sacar recursos, debieran ser de otro lugar, del ministerio del Interior, del ministerio de Justicia, que sea Gendarmería quien se haga cargo. Pero no, nuevamente, reducir el presupuesto que existe para las mujeres para dedicarse a tratar hombres que son violentos”, expresa Lorena Astudillo, vocera del organismo que desde el año 1990 trabaja contribuyendo a erradicar la violencia hacia las mujeres y las niñas.

Sobre esto, Viviana Paredes, directora del ente estatal, señala que “lo que estamos haciendo es ir a la raíz del problema, al origen y con eso vamos avanzando a este gran proyecto que es erradicar la violencia contra la mujer. No lo vamos a lograr solamente atendiendo a quienes ya fueron víctimas, que lógicamente es muy importante”.

Paredes agrega: “Tenemos que preguntarnos: ¿por qué el hombre le pega a la mujer? Entonces, cuando ese hombre, que decide ingresar voluntariamente al centro, identifica que tiene conductas violentas, tienen que responsabilizarse por estas conductas y tienen que aceptar someterse a un proceso de cambio, de reaprender. La violencia se aprende y ellos lo que hacen en estos centros es hacer un camino en que reconocen su vida, su historia y con eso entienden que lo que han hecho es malo y entonces, deciden cambiar. Eso sin duda que beneficia a las mujeres”.

Opuesta a la idea que propone Paredes, Astudillo señala que “si esto fuera preventivo estaría destinado a personas que nunca han sido agresoras. Esto no es preventivo, esto es una vez que ya ha ocurrido, estamos hablando de hombres que van a recibir condena por violencia intrafamiliar. Se les está trazando un registro limpio, a cambio de esta terapia. Por lo tanto, de preventivo no tiene nada, porque son hombres que ya ejercieron violencia. Si quieren destinar recursos a prevenir, destínenlos en educación no sexista, eso es preventivo”.

Por otro lado, Machiavello cuestiona que los objetivos del programa se hayan cumplido a lo largo de los años. “Apostaría a que no. Hay varios factores, pero uno de ellos es que se atiende una cantidad muy baja de hombres que ejercen violencia (…) Por otro lado, los criterios de calidad muchas veces acá no se cumplen. Por ejemplo, equipos capacitados constantemente, supervisados, con una formación ética con respecto al género, que el programa para hombres esté coordinado con otros centros del plan, trabajo en coordinación con los centros de la mujer, porque para tener una reeducación efectiva se necesita acceder a la mujer que vivió esa violencia y entrevistarla, tener el reporte para saber cuál es el nivel que el hombre ejerce. Entonces son muchos criterios de calidad, que no siempre se cumplen por faltas de condiciones económicas o estructurales”, señala, además de identificar otro responsable: “Falta coordinación con la justicia. La justicia funciona aparte y ellos no siempre comprenden bien el fenómeno (de la violencia)”.

A su vez, el ex coordinador HEVPA apunta a que el Estado no designa todos los recursos necesarios para medir la calidad del programa. “El problema es que el Estado hace programas sin todos los dineros y las alianzas necesarias, y después no tiene plata para medir. Entonces, estaba yo solo capacitando, supervisando, implementando, resolviendo los temas de administración y además viendo cómo hacer estos indicadores, buscando alguna universidad que quisiera investigar y sin plata. Entonces creo que ahí el Estado se entrampa, porque quiere abarcar las quince regiones, en todos lados, y no tiene la capacidad de administrar”, dice.

EXPERIENCIA INTERNACIONAL

Chile no es el primer país en implementar este modelo. España, Canadá, Alemania, Reino Unido, México, Argentina y Nicaragua también aplican el modelo de Duluth dentro de sus programas, considerando la violencia contra la mujer como un problema social y no como parte de un grupo restringido de la sociedad.

Macchiavello afirma que existen diferencias entre el caso nacional y la experiencia extranjera, las cuales destacan por la cohesión de sus organismos públicos en relación con esta temática. “Acá, es muy de derecho privado. La mujer víctima tiene que ir tras la persecución del delito y si ella se cansa, está traumatizada o no tiene tiempo, el sistema te va desincentivando a que tú sigas. En cambio en Canadá, el policía y el trabajador social ponen la denuncia, no la mujer. Ellos persiguen el delito, independiente de que la mujer se retracte o no quiera seguir. Se persigue el delito porque se ve más como un tema comunitario, no como un tema individual, entonces todo eso hace que al final ese programa para varones tenga menos incidencia definitiva en hacer responsable al varón del comportamiento”.

TERAPIA DE GRUPO II

Sebastián pide la palabra.

-Llegamos tan sensibles, no haciéndonos las víctimas. ¿Saben por qué? —Preguntó a todos los presentes, enfático—. Porque perdimos algo. Llegamos acá y los profesionales nos pegan en la raíz, ¿y qué pasa con el árbol? Se cae, po. Esa es la verdad. Llegamos duros, pero cuando nos sentamos frente a ellos, con las preguntas y los procesos, nos quiebran. Uno se cree dueño del mundo y aquí nos quiebran. Ahí te das cuenta de que perdiste algo que quisiste.

Pedro, lleno de dudas, se encuentra en la etapa final de su proceso. Con una orden de alejamiento solicitada por su esposa, se mantiene expectante al encuentro con su familia.

-No sé qué va a pasar conmigo o qué reacción va a tener mi señora. No sé qué va a pasar con mi relación, por la orden de alejamiento que tengo. Un año que no esté uno en su hogar, uno no sabe en qué relación está ella, porque se entiende que ella ha tenido libertad— dice decepcionado. — Lo ideal sería que volviera a mi hogar y saber que mi pareja me va aceptar.