Mi peor pesadilla la tuve a los 11 años, un verano que me dio insolación. En mi delirio febril me vi en una pieza donde las murallas y el techo engordaban tan rápido que me asfixiaba, después engordaba yo y luego el mundo entero, todo se hacía inmenso, no podía respirar y escuchaba lejos, como al fondo del mar. Desperté en una tina de agua helada respirando rápido, asustada y aliviada.

En esa época escribía un diario de vida, que mi mamá cariñosamente guardó y me entregó hace unos días junto a una bolsa llena de dibujos y cuadernos de mi infancia. Me gustó que me los diera ahora, cuando estoy a un año de tener 50, tiempo suficiente para ver mi infancia con ternura y no con vergüenza. En la primera página me presento: “Soy una gordita juguetona de 11 años que le gusta conversar y su entretención es ir al colegio porque quiere ser una gran mujer” y en una dedicatoria mi mamá pone: “Un saludo para mi linda gorda…”, pero a la vez, muy frustrada después que no me dejaran comprar unos pantalones arrugados que usaba Luna en La Madrastra, escribí : “soy una perdedora con ganas. Además mi papi me ofendió y me dijo que yo era gorda, pero en broma”.

En esa época comencé a comer pan integral tostado con quesillo en vez de marraquetas con palta y jamón en la once como el resto de mi familia, a pesar de que realmente engordé a los 19 años, después de los bajones de hambre y el copete. Subí tanto que me dio pánico y terminé en la consulta de un doctor tránsfugo que me recetó anfetas. Fue el comienzo de una eterna relación de amor/odio medicado, la montaña rusa de la imagen física.

Para mi ser gorda ha sido por años un martirio transversal que ha cruzado todos los aspectos de mi vida. Me defino y reconozco como algo que odio. Mi vida es muy básica: estoy gorda o estoy flaca. Si estoy gorda probablemente esté enamorada entregada comiendo puras cosas ricas, o estresada trabajando sin salir ni ver a nadie comiendo lo que sea, o deprimida porque nadie me quiere y me como el paquete de galletas entero, o, estoy flaca y ansiosa por usar la ropa de flaca que nunca antes pude usar, por si salta la liebre porque a los hombres les gustan flacas, obsesionada con hacer ejercicios y con parecer feliz porque quiero creer que ser flaca es el nirvana. Pero ambos son estados de insatisfacción. Siempre estoy a punto de ser algo que no soy.

La semana pasada hice la ilustración para un reportaje sobre terapias grupales para bajar de peso post 18. Como ex paciente del Grupo GOCE tenía mucho que aportar al tema. Dibujé una mujer gorda que llora feliz porque un grupo de personas gordas la sostienen alrededor. Su incapacidad de tomar el control de sus impulsos autodestructivos que la hacen comer de más le da pena pero está contenta porque se siente comprendida.

Una periodista feminista que lucha en contra de la gordofobia me escribió un mail expresando su total rechazo a mi ilustración. Yo había leído algunos artículos de mujeres que reivindican la imagen positiva del cuerpo tal cual es y descalifican los estereotipos físicos por ser sexistas, propios del patriarcado y de regímenes autoritarios, pero no me había atrevido a aplicarlo a mi estructura mental ni por un segundo. Como las mujeres que no se depilan. Bacán la idea, ¿pero yo con las patas peludas? Nica. Aceptar mi gordura, quererla y defenderla era lo mismo: Ciencia ficción. Si estoy gorda jamás me pondría un bikini.

Ver mi gordofobia instalada en el trono de las ideas primordiales, las que no se cuestionan, la Corte Suprema de las ideas fue un golpe bajo. Es verdad, me da pena ser gorda y lo peor es que siempre me encuentro gorda, aunque esté flaca, como en mis fotos a los 11 años donde lo único gordo que tenía eran mis cachetes de la cara.
Me dio mucha vergüenza darme cuenta que mi peor pesadilla era gordofóbica, mi terror a que todo engorde y me destruya. No quiero llegar a los 50 odiándome a mí misma porque los jeans me aprietan o porque salgo con doble pera en las fotos de Instagram. Quiero aprender a amarme por lo que realmente importa, y enfocarme en eso que quería de niña: conversar y entretenerme para convertirme en una gran mujer.