Texto de la Comisión de Contenidos de La Rebelión del Cuerpo

A días de cumplirse un año del terremoto comunicacional que significó #MeToo (#YoTambién y sus variantes en distintos idiomas), nos encontramos nuevamente frente a un conjunto de sus réplicas. Esta semana Natalia Valdebenito, Loreto Valenzuela, Josefina Montané y Aracelli Vitta se han referido a sus experiencias como testigos y víctimas de abuso sexual. Esta misma semana Don Francisco aclaró que nunca había sabido sobre ningún caso de abuso sexual en el “Clan Infantil” sin negar la posible existencia de “alguna dificultad con uno con otro (niño) pero nunca algo muy grave” (¿Aunque qué es “grave”, en este caso?). Esta semana, también, vimos un reportaje en televisión sobre episodios de acoso sexual en el Metro de Santiago en donde víctimas dieron su testimonio – a cara descubierta – mientras que los victimarios fueron mantenidos en el anonimato. En el extranjero, The Economist le dedicó su portada actual a “Sexo y poder: #MeToo, un año después”, el mismo día en que se confirmó que Bill Cosby recibirá una pena de cárcel de entre 3 y 10 años por drogar y violar a una mujer en 2004.

Este año #MeToo ha ocupado decenas de minutos en radio y televisión, así como páginas en prensa escrita y parece que seguirá generando noticia. Comunicadores sociales –en el amplio espectro que va desde el “institucional” don Francisco hasta influencers – se han referido extensamente a estas tragedias personales que han devenido en públicas, con grados de poder y responsabilidad variable. Está suspendido en el ambiente que “#MeToo es una moda”, ¿pero es realmente eso?

Por un lado, hablar sobre experiencias de abuso y acoso sexual es considerado una “moda” con el objetivo de restarles credibilidad. Porque… ¿Cómo es posible que haya tanto abusador suelto dando vueltas?, ¿Por qué la víctima denuncia ahora y no antes, cuando sucedieron los hechos?, “Denuncia ahora porque quiere pantalla, o fama, o dinero, o todas las anteriores”. Esta estrategia, creemos, ignora los componentes psicológicos y sociológicos de la violencia de género. Así, se obvia que las respuestas institucionales a la violencia de género son inadecuadas (se privilegia la imagen del canal, del director, del presentador de turno, o se olvida que las órdenes de alejamiento no se cumplen en el caso de la violencia intrafamiliar). Asimismo, se omite que los casos de violencia de género agrupados tras el hashtag #MeToo han ocurrido en espacios de confianza (hogar, escuela, trabajo), y que los victimarios son personas en una posición de poder respecto a la víctima, amigos, y/o familiares de la víctima (jefes, directores teatrales, directores de cine, profesores, catedráticos, parejas, ex parejas, adultos cargo, compañeros de trabajo, etc). Impacta cuán porfiada y tozudamente se ignora al victimario y se culpa a la víctima. En este sentido, #MeToo no es una “moda”, es una realidad, está ahí. Pasa.

Por otro lado, el bombardeo mediático de experiencias de abuso y acoso sexual sí nos da la impresión que #MeToo está de moda. Claro, si consideramos la definición estadística de “moda” – es decir, al valor con mayor frecuencia en una distribución de datos –la violencia de género ha acaparado un número de titulares, minutos, y páginas de medios de comunicación sin precedentes. En este sentido estricto, sí, #MeToo es una moda en la medida en que el acoso y el abuso sexual son más frecuentes, cotidianos, y rutinarios de lo que públicamente se quiere reconocer. Precisamente aquí es donde radica el valor de la moda de #MeToo porque es imposible abordar un problema social sin antes saber que éste es un problema social.

Si nos ceñimos a la característica central que un acontecimiento debe cumplir para que sea noticia – su novedad – el acoso y abuso sexual no revisten novedad alguna. Sin embargo, #MeToo causa revuelo porque bota el pilar de la novedad para erigir el del debate público. #MeToo es noticia porque una costumbre deja de ser naturalizada y rutinizada como tal para transformarse en delito. Este ejercicio no es banal, automático, ni de corto alcance porque remece estructuras de poder no tan sólo en el trabajo, sino que en la calle, en el barrio, en las redes sociales, en la casa, y en la cama. Es moda porque comportamientos – hasta ahora – “característicos” de nuestro tiempo y de nuestra cultura pasan a ser sancionados, en un ejercicio que transcurre más rápido a nivel de redes sociales que a nivel cultural y judicial. Sin embargo, a la vez, esta moda presenta un contrasentido: marca una tendencia para que deje de ser tendencia, costumbre, hábito. Y en este caso, cuando hablamos de comportamientos, de actitudes, de violencia naturalizada como normalidad, la transición hacia lo obsoleto, el desuso, y lo olvidado es lento y lleno de baches y curvas, bots, trolls y negacionistas. En pocas palabras, y parafraseando a María Francisca Valenzuela, #MeToo desnaturalizó el hecho que un hombre que no viva violencia de género es lo más común del mundo, mientras el que una mujer no la viva es una excepción.

Nosotras le creemos a cada una de las testigos y víctimas que han sacado la voz. Porque quien nunca ha vivido violencia de género no sabe, no comprende, no imagina, que es imposible bromear con esto. Nadie se victimiza para ser famosa. Ojalá que #MeToo siga siendo moda para que el abuso y el acoso sexual dejen de serlo.

*Texto editado por Camila Mella