Isidora Cardemil, alumna de cuarto año de Derecho en la Pontificia Universidad Católica de Chile, recibió un viernes de mayo un correo electrónico del profesor Gonzalo Rojas Sánchez, que incluía el pantallazo a una opinión que ella había dado unos días antes en una página cerrada de Facebook, a la que solo pueden entrar alumnos de la carrera, después de haber sido autorizados por el Centro de Alumnos. Es el lugar donde estudiantes novatos y antiguos comparten comentarios y consejos sin censura sobre los ramos y sus profesores: los que reprueban mucho, los fomes, los buenos, los malos.

Por supuesto, los profesores no están admitidos entre los miembros del foro. Y sin embargo, Rojas, profesor titular de Historia del Derecho y voz inconfundible de la extrema derecha cada domingo en El Mercurio, tuvo acceso al comentario de la joven, que había sido su alumna en 2015, en primer año de Derecho.

Tras la toma feminista de mayo de ese año, en la casa Central, donde ahora está la Facultad de Derecho de la PUC, un alumno hizo un listado de profesores que nunca habían tenido comentarios misógenos ni discrimatorios. Entre ellos, ubicó a Gonzalo Rojas y Raúl Madrid, profesor de Derecho Natural. Isidora Cardemil no estuvo de acuerdo y replicó:

“Sorry, pero decir que profesores como Madrid o Rojas ‘nunca han tratado de manera injusta a un compañero: ni por su sexo, ni por su orientación sexual, ni por su tendencia política, ni mucho menos por su procedencia social’ es un poco tirado de las mechas jajaja yo tb (sic) tuve con ellos y sentí que la realidad era bien distinta”.

-Mi familia es mitad de derecha y mitad de izquierda y estoy muy acostumbrada al respeto de todas las opiniones. A no burlarse, no reírse y respetar el punto de opinión distinto. Aunque reprobé su ramo porque no me dio la nota del examen, me iba bien. Y encontraba que sus clases eran buenas, didácticas. Pero me pareció que era muy despectivo con la gente que no pensaba como él, específicamente la de izquierda, y por eso me formé esa opinión”, relata en entrevista exclusiva con The Clinic.

El correo de Rojas, acompañaba el pantallazo con una invitación: “Estimada María Isidora: Me ha llegado el comentario que le adjunto, que me ha sorprendido. Si es efectivamente, suyo, ¿podríamos conversar en mi oficina de la Facultad, en presencia de un ayudante del ramo de Historia del Derecho, para conocer sus fundamentos? Un saludo cordial”.

Isidora cuenta que al abrir el mensaje sintió miedo.

-Me sorprendió y me asusté muchísimo, porque yo nunca he tenido ningún conflicto en la universidad. Soy una alumna muy promedio. Nunca había estado metida en conflictos y siempre he tenido buena relación con mis profesores. No le respondí porque decidí preguntarle al centro de alumnos para saber cómo actuar. Todo el mundo en la universidad sabe que el profesor Gonzalo Rojas es un conflictivo, que le gusta tener la razón, soberbio, entonces, ir a su oficina sola… Yo no quería exponerme a esa situación. Me daba miedo, sabía las intenciones del profesor, por lo mismo, no le respondí.

Unos días más tarde, llegó otro correo del profesor Rojas a Isidora. Decía: “Insisto” y replicaba el mismo contenido. Luego, comenzó a recibir mensajes de compañeros suyos por WhatsApp sugiriéndole que le respondiera al profesor.

-Una de sus ayudantes, que también es compañera mía, me paró un día en el pasillo y me dijo: “Oye Isi. Deberías contestarle el correo al profesor porque está muy enojado y él está preparando los papeles”. Y yo le digo:
“¿Papeles para qué?” “Los papeles para un sumario, porque el profesor va a tomar acciones al respecto”. Después, otra ayudante me escribió por interno y me dice: “Por favor, respóndele el correo al profesor”. Ahí fue demasiado y le respondí con mucho miedo. Le dije: “Profesor, me hago cargo de mi comentario. Es una percepción personal que tengo de su cátedra. No me sentía cómoda en su clase, porque sentía que le faltaba el respeto a ciertos compañeros, especialmente con respecto a la tendencia política y sí, accedo a reunirme con usted”. No me quedaba otra opción, si me estaba amenazando con un sumario. El profesor me contestó altiro y me dijo que no, que ya no era necesario, porque ya me había denunciado al Consejo Ético y Disciplinario. Ahí me asusté mucho. No había escuchado nunca que un profesor tuviera esta reacción frente a un comentario de una red social, encima privada-, relata.

Isidora, proveniente de Los Ángeles, tenía miedo, entre otras razones, porque no podía contarle lo sucedido a su familia, en la que incluso hay admiradores de Rojas. Ella misma, hasta ese minuto, se sentía representada políticamente por la derecha. En las consultas que había hecho al Centro de Alumnos y otras instancias universitarias nadie la apoyó. Se guardó todo lo que le ocurría con la única esperanza de que la Facultad desechara la presentación de Rojas, por absurda.

EL TRIBUNAL

Isidora recibió como una señal de que las cartas estaban marcadas, cuando la secretaria Académica de la Facultad, Alejandra Valle, la citó a fines de junio para que explicara el episodio ante el Consejo Ético el mismo día y a la misma hora en que ella tenía que rendir el examen oral de Derecho Comercial, el 27 de junio. Ella rogó para que la audiencia se realizara en otro momento, pero su petición fue denegada. Tendría que ofrecerse de voluntaria y dar la prueba antes que nadie para poder responder a ambas obligaciones.

– Me contacté con la defensora estudiantil, una profesora que habían designado como representante de los alumnos ante casos del Consejo. Le conté lo que había pasado y me dijo que me encontraba toda la razón, que todos sabemos cómo es Gonzalo Rojas, que aquí, que allá. Pero esa es la excusa que usan todos y, al final, se ponen de su lado, porque hay que comprender que él es así. Y me dijo que había intervenido en mi nombre, pero que no pudo cambiar la fecha, ni tampoco se le permitiría acompañarme a la sesión. Yo nunca en mi vida había dado un examen como voluntaria. Mi sistema es siempre darlo en segunda lista. Todo esto ocurrió cuatro días antes del examen y yo estaba muy asustada. Confirmé mi asistencia al Consejo y di el examen como voluntaria. Me presentaba muy bien, porque me iba bien en el ramo, pero ese día me quedé en blanco. Fue un desastre y obviamente, reprobé. Me puse a llorar. Quería tomar un bus e irme a la casa. Llamé a mi mamá y le conté solamente la parte del examen, porque la verdad es me culpé a mí misma de lo que estaba pasando. En la Facultad y el centro de alumnos me dieron a entender que yo había metido la pata, y entonces sentí que era culpable y que tenía que apechugar.

Con ese sentimiento, se enfrentó al tribunal presidido por el constitucionalista, eminencia en la materia, José Luis Cea e integrado por los profesores Álvaro Paúl, y Alejandra Ovalle, por la presidenta del Centro de Alumnos, Magdalena Lira, y la secretaria María Rosa Martínez. Marisol Peña, que también es titular del Consejo, se excusó se día participar.

Los integrantes del Consejo celebraban ese día el cumpleaños de José Luis Cea y le ofrecieron a Isidora que se comiera un pedazo de torta, antes de hacer sus descargos.

-Estaba frente a profesores muy importantes, que saben mucho. Llevé todos los antecedentes, el pantallazo del comentario, el correo que le mandé al profesor, y expliqué que mi opinión, sin insultos, la había expresado en un foro privado. Al profesor Cea, que era el de mayor edad, le costó mucho entender esto del grupo privado, pero me encontró la razón y dijo que no podían pasar sobre la libertad de expresión. Álvaro Paúl también dijo que no encontraba que fuera injuria, pero ahí la profesora Alejandra Valle dijo que sí era grave, porque con todas las acusaciones feministas se podía interpretar que el profesor Gonzalo Rojas era misógeno y que yo no me había expresado bien. La presidenta del centro de alumnos no dijo nada. Yo me puse muy nerviosa y entonces dije: “Ya bueno. Asumo mi culpa. Qué tengo que hacer. Quiero que esto termine, no puedo más”. Y Ahí me dijeron que como medida reparadora, Gonzalo Rojas, había sugerido que yo pidiera disculpas públicas. Yo respondí que era mala idea, que en el grupo de Facebook los alumnos no lo iban a tomar de buena forma. Llevo cuatro años ahí y sabía cómo iban a reaccionar. Pero me dieron que esa era la idea de Gonzalo Rojas y que él no aceptaría otra cosa. En el fondo me dijeron: es eso o nada. Y yo acepté.

Isidora tuvo que redactar una propuesta de disculpas, que entregó a Alejandra Valle y que ella aprobó después de consultarla con Rojas. Pero en el intertanto, la estudiante averiguó que el Consejo era una instancia mediadora, sin poder resolutivo, ni coercitivo, y decidió ignorar la sugerencia de retractación. En julio se fue de vacaciones de invierno y en agosto, cuando pensó que el tema estaba olvidado, la presidenta del Centro de Alumnos comenzó a enviarle mensajes de WhatsApp.

-Me dijo: “Acuérdate de lo que quedamos en el Consejo, porque Alejandra Valle me ha hinchado full y tienes que publicar las disculpas”. “Ya”, le dije yo, pero sabía que no estaba obligada, así que no lo hice. Después, me mandó un correo electrónico, siempre con la disculpa de la Alejandra Valle, y que es urgente, y ya no era “por fa”, sino: “Tienes que hacerlo”. Un día me agarró en el pasillo. Después, ya ni me atrevía a pasar por enfrente del centro de alumnos, porque me tenía chata. Fue tanta la presión, que al final claudiqué y lo hice.

La estudiante agrega que “hubiera preferido mil veces, ir a la oficina de Rojas y que me humillara ahí, porque para mí era más denigrante retractarme de algo que opinaba legítimamente, pero no. El quería que la humillación fuera pública”.

Como un acto de rebeldía sutil, pero que no pasó inadvertido para sus compañeros, Isidora Carmedil publicó su retractacción entre comillas:

“Pido disculpas públicas al profesor Gonzalo Rojas, por mi comentario en una publicación de Facebook de este mismo grupo sobre su cátedra, ya que no me expresé con las palabras correctas, lo cual se pudo haber malinterpretado, afectando así la imagen y la honra del profesor”.

Y entonces ardió Troya.

-Los alumnos lo tomaron pésimo. Me llamó gente que yo no conocía, incluso profesores, diciéndome que esto no podía ser, que era un atropello a mi libertad de expresión y era muy grave que la facultad lo hubiera respaldado, porque una cosa es que a un profesor le baje un ataque de ego, y otra, que la institución lo proteja. Muchos alumnos de otras facultades y de otras universidades, me dijeron: “Tienes que hacer algo, esto no puede quedar así. Si no lo haces por ti, hazlo por tus compañeros”. Ahí recién me di cuenta de que la víctima era yo. Llamé a mis papás y llorando les conté todo. En un principio, no lo entendieron y discutimos, pero ahora comprendieron y están de mi lado.

Un profesor de la Facultad, a condición de anonimato, afirma que la conducta de Rojas ha generado una división entre quienes lo apoyan y quienes consideran su conducta una especie de “Piñeragate”. “Él no era miembro de esa grupo. Usó un método de espionaje de los alumnos y luego la Facultad se lo acepta como prueba. ¡De Ripley!”

COLETAZOS DE LA TOMA FEMINISTA

Isidora contó a los delegados de curso, a la Federación de Estudiantes y a quien quiso escucharla la pesadilla que había vivido en esos meses. El caso motivó la redacción de una carta al rector Ignacio Sánchez firmada por delegados de todos los cursos que actualmente cursan Derecho y, en un hecho inédito, por más de 400 estudiantes de la carrera, de todas las tendencias políticas.

La carta denuncia que Isidora fue víctima de “reiteradas situaciones de hostigamiento y acoso por parte de ciertos alumnos y del propio profesor” y que éste, en un acto sin precedentes, la denunció ante el Consejo Ético y Disciplinario. “Aquí queremos destacar no solo la diferencia de poder entre acusador y acusado, sino el sometimiento de la alumna a la incertidumbre de un proceso que eventualmente pueda costarle incluso su carrera”, señalaba la carta. Según los firmantes, además, el Consejo actuó fuera de sus facultades al imponerle una sanción disciplinaria.

“Perpetuar los abusos de poder es también un actuar violento. Resulta indignante que en una facultad de Derecho se violen sistemáticamente las ‘garantías constitucionales’, aquellas entendidas como los ‘pilares de la comunidad’, incluyendo el debido proceso, la libertad de expresión y el respeto a la dignidad humana”, afirmaba la carta, que solicitó al rector sancionar al profesor Rojas y al Consejo Ético.

No fue la única reacción. Más de 200 estudiantes escribieron comentarios indignados en la página, muchos de ellos relatando sus propias experiencias con los profesores cuestionados, especialmente con Rojas.

Uno de ellos, estudiante de Periodismo en la Facultad de Comunicaciones, motivó la apertura de un segundo expediente contra el profesor. The Clinic conoce su testimonio y su nombre, pero dado que el estudiante no respondió nuestra solicitud de entrevista, no revelaremos su identidad. El caso es el siguiente:

Rojas es profesor de un ramo de formación general que tomó este alumno. En el relato de que hizo y que la FEUC denunció a la Secretaría General, el estudiante contó que después de la toma feminista el profesor comenzó a hacer insinuaciones sexistas a las alumnas y que luego bromeaba diciendo: “Ay perdón, es que ya no se les puede decir nada. Qué vuelvan los piropos. Soy abiertamente machista y lo que hicieron estas alumnas el fin de semana fue una atrocidad”, relató en una de sus declaraciones, conocidas por este medio.

El joven contó que los comentarios del profesor alteraron su estado de ánimo y que cuando el profesor dio la oportunidad de hacer comentarios a su clase, sintió la necesidad de intervenir.

-Dijo textualmente: “Si quieren mándeme a la cresta, pero nunca me ha pasado”. Yo levanté la mano y le dije que me parecía desubicado que se refiera al movimiento feminista de esa manera, porque son mis mismas compañeras las que están peleando por sus derechos y es una falta de respeto que se refiera así a las mujeres, enfrente de sus alumnas”.

Las estudiantes en la clase tomaron partido por el profesor y Rojas le dijo que si tenía quejas, las hiciera llegar al defensor de los alumnos de la universidad (Ombuds).

El estudiante abandonó esa clase, pero continuó en el ramo, entregando sus trabajos regularmente. Dos días antes del examen final, Rojas le informó que no estaba corrigiendo sus pruebas y que había pasado los antecedentes a disposición del Ombuds, cuyo papel es mediar por la buena convivencia al interior de la Universidad. El denunciado fue citado a dar explicaciones frente al consejero, el profesor José Ignacio González, que ya tenía correos y pantallazos de la denuncia de Rojas. “Yo le expliqué que el profesor abrió el espacio para que diéramos nuestra opinión y yo la di sin faltarle nunca el respeto”, contó. González le dijo que tenía razón, pero que para solucionar el problema tenía que pedirle disculpas públicas en un email a todos los alumnos del ramo, pues solo entonces corregiría sus trabajos. Como estaba en período de exámenes y no quería problemas, el joven hizo lo que se le pidió, pero según la denuncia de la FEUC, lo hizo porque se sintió obligado.

La denuncia contra Rojas por su comportamiento contra este alumno se encuentra actualmente en manos de la secretaría general de la Universidad, que conduce Marisol Peña.

Consultado al respecto el decano de la Facultad de Comunicaciones, Eduardo Arriagada, dijo que “los alumnos saben que en la Facultad tienen el apoyo que requieren. Estamos muy orgullosos tanto del profesionalismo como de la humanidad de los profesionales que los apoyan, tanto en la necesaria contención tras sus problemas como en la orientación para avanzar en las denuncias, cuando lo consideran. Estoy seguro de que la Secretaría General de la UC en estos momentos es una institucionalidad adecuada para garantizar sus derechos”.

LA “DEPURACIÓN”

Gonzalo Rojas llegó a la Universidad Católica como estudiante en 1971. Cursó simultáneamente Derecho e Historia. En 1976, se graduó de la primera carrera y en 1978, de la segunda. Fue becado por la propia universidad para continuar estudios de post grado en la Universidad de Navarra, en España, un reconocido baluarte del Opus Dei. Según señala su biografía oficial, regresó a esa casa de estudios en 1982, 1985 y 1987 para realizar cursos de “perfeccionamiento”.

Ya en 1975 fue contratado como tutor y asistente de Historia del Derecho. Luego se convirtió en profesor instructor y en 1986, ascendió a profesor auxiliar. En 1993, fue nombrado profesor titular, el máximo nivel que puede alcanzar un académico.

Aunque desde un comienzo ha hecho clases en otras universidades, Rojas es conocido por estudiantes de distintas generaciones, entrevistados por The Clinic, como uno de los pilares de la Facultad en uno de sus aspectos más sombríos: el control e injerencia en la dirección de la carrera los de los alumnos. “Adoctrinamiento” y “depuración”, es la palabra que usaron varios de nuestros entrevistados.

Aunque Rojas ha puesto ocasionalmente bajo su alero a un estudiante talentoso sin “pedigrí” social, se las ha arreglado históricamente para dejar en la sección de su ramo a estudiantes que selecciona según el abolengo de sus apellidos, los colegios de proveniencia y el prestigio de sus padres.

En esto, seguía los consejos que daba Jaime Guzmán en privado en cuanto a que a la Facultad de Derecho, que consideraba la más importante de esa universidad, había que atraer gente de “buena línea”.

Un exalumno, actualmente alto ejecutivo bancario, recuerda que por sus credenciales sociales fue seleccionado para Historia del Derecho con Rojas, cuando entró a primero, y que, como a todos, Rojas le asignó un “tutor”.

-El tutor era un alumno de cursos superiores que siempre era gremialista y hacía seguimiento de tus actividades. Rojas era muy sutil. No te ponía malas notas por opinar distinto a él, pero te hacía escribir ensayos sobre temas polémicos para saber cómo pensabas. Por ejemplo, sobre el golpe de Estado y te daba a leer libros sobre el Opus dei y después te preguntaba qué pensabas. A mí me mandó a decir con un compañero que me habían visto en una protesta y que a la universidad se iba a estudiar.

Iván Vidal, actualmente profesor de Derecho Penal en la Universidad Autónoma, relata que entró a la Escuela en la segunda mitad de los 80, proveniente del sur.

-Rojas era el primer punto de contacto con la Universidad. Se ubicaba en una sala por la que había que pasar después de matricularse y te guiaba sobre los ramos que tenías que tomar y con quién. Por mi aspecto físico y credenciales sociales ni siquiera me dio opción. Me anotó con el otro profesor, Enrique Brahm.

Vidal nunca olvidó otro encuentro significativo que tuvo con Rojas, en periodo de exámenes. Mientras esperaba su turno para rendir el examen oral de Fundamentos Filosóficos del Derecho (un ramo que no dictaba él), junto a un grupo de compañeras que sí estaban entre las protegidas de Rojas, escuchó su peculiar forma de preguntar por el resultado académico de los pupilos.

-Con ese estilo ampuloso suyo, les preguntó: “¿Cómo le ha ido a la gente?”. Y después de que ellas respondieron, preguntó: “¿Y al resto?”.

El exministro y exintendente Claudio Orrego también fue alumno de Rojas en primer año de Derecho, en 1985.

-Para ser justos, hay que decir que era buen profesor y muy ecuánime en las notas. Pero sí me llamó la atención una cosa: aunque en mi generación supuestamente la selección de ramos se hacía con un método computacional, casi todos los que veníamos de colegios particulares y teníamos algún abolengo en nuestras familias quedamos con Rojas. Nunca supe cómo lo hacían. Y, claro, él no escondía su preferencia política. Él formó a todos cuadros que luego se integraban a la Comisión Política de la UDI.

Orrego, militante demócratacristiano desde aquel entonces, se postuló como candidato a presidir el centro de alumnos de Derecho en 1987. La FEUC ya se había democratizado con la elección en 1984 de Tomás Jocelyn-Holt, pero en Derecho reinaba el gremialismo sin pausa desde 1967.

La disputa fue reñida. Cada bando sabía exactamente los votos con que contaba. La participación casi alcanzó el 100 por ciento de los estudiantes. Sólo cuatro se abstuvieron de participar.

-La lista gremialista la encabezaba Marcela Cubillos, quien iba con Mauricio Valdés y Francisco Estrada. A mí me acompañaban Esteban Montes y Andrés Bernasconi. Se produjo un empate. El estatuto decía que había que hacer la segunda vuelta a más tardar, dentro de los próximos quince días. En el centro de alumnos, aún en ejercicio, se produjo un debate y le pidieron a Gonzalo Rojas que los ayudara a interpretar el estatuto. El Consejo del Centro de alumnos, con Rodrigo Álvarez a la cabeza, y con el apoyo jurídico de Rojas, resolvió que el “espíritu” de la norma era que se votara cuando los alumnos estuvieran en clases regulares y el período de exámenes en que estábamos, según ellos, no era regular. Nosotros propusimos hacer la segunda vuelta el día del examen de Civil, que es cuando vendrían todos, y ellos dijeron que no, que había que aplazarlas hasta marzo. No solo eso, sino que además se permitiría que votaran los novatos y los egresados. Marcela Cubillos había renunciado, así que además la votación sería con otra lista. Con la asesoría de Rojas, ellos dijeron que era absolutamente válida una segunda vuelta ¡Con listas distintas y con universo electoral distinto! No me olvido de ese episodio, pues no entiendo cómo alguien podía justificar en una facultad de Derecho este atropello a las reglas básicas democráticas, teniendo, además, un reglamento explícito al respecto.

La lista de Orrego se marginó de esa segunda vuelta por considerar el proceso viciado y al fin se impuso en la elección de 1989, poco antes del triunfo de Aylwin.

-Esta era una facultad-club, en que los académicos, el órgano directivo de la facultad y el centro de alumnos eran del mismo grupo. Por supuesto, todos los que eran miembros del club, cien por ciento miembros, eran conservadores en lo religioso y en lo moral y de derecha en lo político. Si tú eras socialmente del mismo club, aunque pensaras distinto, igual te admitían. Yo no voy a desconocer de dónde provengo socialmente, pero, de verdad, cómo puede haber una universidad con ese nivel de elitismo, de sectarismo y de arbitrariedad-, afirma Orrego.

Un abogado que estuvo en el círculo más cercano Rojas, como uno de sus tutores, relata que llegó a Santiago a estudiar desde Provincia y aunque no tenía apellidos aristocráticos, Rojas lo escogió para su ramo. Él piensa que se confundió por su aspecto físico: rubio, blanco.

-Después me di cuenta de que había un sistema de depuración y que los más parecidos a mí, socialmente, estaban con Brahm. Rojas, en sus primeras clases, trataba de ubicarnos socialmente. Si los primeros apellidos no daban, pasaba a lo que él llamaba los apellidos “tercero” y “cuarto”. Es decir, que algún abuelo o abuela tuviera algo de abolengo. A mí me encontró uno parecido a un senador de derecha de ese entonces y me dio el sello de aceptado en la casta. Él procuraba que nos sintiéramos especiales por eso.

El profesional relata que el sistema de tutores que estableció era un modelo que copió de la Universidad de Navarra.

-El tutor que me tocó a mí me sugirió cambiarme de barrio, de la pensión donde vivía, para que me fuera más arriba. Rojas, por alguna razón, me puso bajo su protectorado y se preocupaba de que me alimentara bien. Como se enteró de que yo era hincha de la U igual que él, me agarró por ese tema. Me comentaba los partidos, los jugadores y yo le prestaba la Revista El Gráfico. Después que pasé primero, me designó como tutor de un alumno nuevo.

El abogado revela que el papel lo conflictuaba, porque no compartía los pensamientos de Rojas, pero trataba de ocultarlo, pues se había expuesto mucho en la secundaria.

-Yo tenía que reportarle todos los movimientos de mi tutelado, que tenía apellidos rancios, pero afortunadamente para mí, no siguió la carrera. Era un obsesivo en la vigilancia de los alumnos de su curso. A mí, por ejemplo, me hacía saber que conocía los libros que había pedido en la biblioteca, aunque fueran para otros ramos.

De acuerdo con la fuente, en segundo año ya no le pudo esconder sus preferencias políticas y se lo comunicó a Rojas antes de comenzar a participar en las acciones de la oposición.

La cercanía se rompió sin escándalo. Al egresar, relata, tuvo una revelación de la influencia de Rojas en el mundo exterior:

-Un día me llamó Herman Chadwick para ofrecerme trabajar en la oficina de su papá. Después entendí que debía el ofrecimiento a que figuraba todavía en alguna lista de los extutores de Rojas. La gente que estaba con él salía e iba cayendo donde él quería: algunos a la UDI, otros al Opus Dei.

EL DILEMA DE LA PUC

Otro ex alumno, de una generación post dictadura, que no cursó el ramo de Rojas pues entró en tercer año, por traslado de otra carrera, relata que “siempre me pareció un lugar muy raro. Muy segmentado socialmente. Incluso era visible que ciertas personas con un color de piel similar se sentaban juntos en la clase. Había un grupo de colegios confesionales (Tabancura, Los Andes) muy amigos entre sí que eran identificados como ‘la famiglia’ o ‘la casta’. Yo creo que esto puede ser muy frustrante para alumnos que quieren ser aceptados y tal vez ascender socialmente, porque se dan cuenta de que no los invitan”.

El constitucionalista Patricio Zapata, también alumni de Derecho en la PUC, recuerda que al ingresar lo detuvo Rojas para preguntarle con quién tomaría los ramos. Zapata Larraín contaba con los apellidos y colegio deseables por el profesor, pero el alumno insistió en ir con Brahm.

-“¿Y por qué no conmigo?”, me preguntó. Le eché la culpa a mi prima, Techi Larraín, del Club-, dice entre risas.

–“¿Estás seguro, seguro?”, me dijo. “Sí, seguro, seguro”, respondí.

“Zapata, profesor en la Facultad desde hace veinte años, comenta que él es “muy feliz haciendo clases” allí, porque un aspecto positivo del estilo Rojas y esa escuela es la cercanía que los profesores tienen con los alumnos y que no se da en otras facultades.

El problema, reconoce, es que esto “va asociado a formas premodernas, a veces medio feudales, machistas. Mi punto es cómo lograr, si se puede, romper esas prácticas del siglo XVIII y que la sociedad chilena ya no tolera, sin perder la vinculación con los alumnos”.

Respecto del conflicto de Rojas con sus alumnos, Zapata opina que, aún pensando en que el profesor y el Consejo Ético, hayan tenido las mejores intenciones, “el problema es que no logran captar la asimetría horripilante que existe entre un profesor titular, que lleva más de 30 años en la escuela, los profesores del Consejo, y una alumna de quinto año que todavía está sujeta a exámenes de grado. No entienden que obligar o perseguir a alguien para que se retracte es sancionatorio”.

Orrego y Zapata coinciden en que el caso Rojas es apenas un síntoma de la enfermedad de una Facultad que todavía funciona como un club, donde no sólo los alumnos, sino también los profesores están sometidos a importantes grados de arbitrariedad que no son aceptables en las universidades de las ligas internacionales con las que le gusta compararse.

Para muestra, un par de datos: el promedio de mujeres profesoras en la Universidad Católica bordea el 40 por ciento. En la Facultad de Derecho, no llega al 17 por ciento. Las contrataciones normalmente se resuelven “a dedo”; el año pasado recién se hizo el primer concurso. Tampoco existen criterios objetivos de carrera académica. Rojas, por ejemplo, obtuvo la titularidad a los 39 años, y Zapata, a pesar de sus pergaminos y años de docencia, sigue con grado de profesor “asociado adjunto”, un grado que no está a la altura de su trayectoria

El tema es una enorme piedra en el zapato del rector Sánchez, que va a partir con el análisis de las denuncias de los alumnos Isidora Cardemil y el estudiante de Comunicaciones en la Secretaría General, pero que nadie sabe cómo va a terminar. El propio Rojas ha anunciado que hará sus propias presentaciones ante la Universidad y en otras instancias. Dentro de poco habrá elección de decano y es posible que otros trapitos lavados en casa en la Facultad-Club salgan a la luz.

The Clinic intentó entrevistar al rector Sánchez, al decano de Derecho Carlos Frontaura y a Gonzalo Rojas y los tres declinaron responder nuestras preguntas.



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